martes, 18 de diciembre de 2018

LOS MACARRAS DE LA MORAL


¡Qué bien los definió Serrat!

Los hay de todos los gustos y colores, de todas las tallas, procedencias y escuelas. Desde la joven pareja líder del revivido estalinismo español que, transversales ellos como pocos, se van a vivir a su propio palacio de invierno a alumbrar a la vasta progenie, hasta el ínclito ex juez promotor de la justicia universal del que ha poco descubrimos que habría universalizado sobre todo sus fuentes de ingresos (por cierto, siguiendo la estela de su amigo el policía grabador, ambos compartiendo güisquis y despitotes con la fiscala/ministra adalid de la igualdad que en secreto ejerce de machista recalcitrante). Entre medias, apologetas yanquis de la reducción impositiva ejerciéndola contra legem, dictadorzuelos de opereta bufa pariendo hambrientos en váteres de oro, tertulianos y tertulianas de rancio abolengo y estercolero en usufructo, artistas del bufido y la pedrada que autodestruyen sus cuadros tras subastarlos a millón, ciudadanos todos al fin de este gran putiferio fin de fiesta.

Y todos pontificando, por supuesto. Yo el primero. Si no, de qué se me iba a ocurrir compartir estas reflexiones.

Pero no nos engañemos, que clases sigue habiendo. Por eso algunos nos limitamos a denunciar la incoherencia que evidencian tales comportamientos sin atrevernos a reeducar al personal y otros en cambio siguen repartiendo títulos y diciéndonos quién sí y quién no; aleccionándonos sobre cómo debemos pensar, a quién podemos votar o a dónde es preciso que nos dirijamos si no queremos parecer sospechosos de desviacionismo, de progresismo o de conservadurismo. Y una vez que un macarra de la moral excreta su consigna en cualquier medio o red de difusión, raro será que otros tres o cuatro no le secunden de inmediato, iniciando una cadena reactiva que descojónate de la de la fusión nuclear.

Y es ahí donde radica el problema, pues el virus nunca antes dispuso de condiciones tan propicias. Nunca antes se dio este apabullante exceso de voceros de lo que es justo y, al tiempo, nunca antes la pueril disertación pudo acomodarse así de fácil en tantas mentes obtusas. O sea, nunca antes tanto necio llegó tan alto y dispuso de altavoces tan potentes.

Y nunca antes tantos macarras de la moral alcanzaron la presidencia de algunos de los países más y menos importantes de este planeta (e incluso de alguna república baratariana -y barretiniana- aún por inventar). Nunca antes tantos hicieron tanto por tan poco y con tanto ahínco y encima fueron tan bien recompensados por ello.

Así que, como se habrían dicho de haberse conocido Mafalda y Antonio Flores -¡qué grandes los dos, aún tan pequeños!-: “que paren el mundo, que me bajo”, que “aquí no queda sitio para nadie”… Salvo -claro está- para los macarras de la moral.

Madrid, 18 de diciembre de 2018



sábado, 20 de octubre de 2018

OÍ HOY QUE ANDABA HUIDO

Oí hoy que andaba huido,
refugiado de sus miedos y sus causas,
como huye del amor quien fue amado
y luego herido.
Me dijeron que dejó todo y corrió
hacia un lugar allá lejos,
al fondo a la derecha,
justo antes del abismo,
entre la casa vieja
y el árbol del ahorcado.
Supe que se sentó a sentir el tiempo
pesando entre recuerdos sin pasado
el latir átono del tambor tundido,
el bramar bélico del vibrar valiente.
Y que en cuenco claro incontenido
buscó el reflejo afligido y flagelado,
el fragor furioso del fulgor fallido,
la frondosa frente del final infame.
Y entre cuento y cuento me contaron
que cayó al suelo como cae el ocaso,
como busca el olvido lo olvidado.
Y que en el suelo fue al fin urdido
por miríadas de raíces renacidas
de entre siglos de preguntas sin respuesta.

Madrid, 27 de junio de 2014



viernes, 27 de julio de 2018

MACARI



La retina marca exacta el lugar perdido en la memoria. Suele situarse abajo, algo a la derecha. Allí dicen los neuropsicólogos (o quienes sean que se ocupan de estudiar estas cosas) que es a donde tiende natural la mirada cuando recordamos. Y allí está, exactamente a 173º Sur, recordando.

Le conocí cuando el mundo estaba poblado por gigantes; y él era uno de ellos. Desde luego que no soy capaz de rememorar los primeros encuentros. Aunque él viviera en Barcelona y nosotros en Madrid, no dudo que haría por venir a conocer a su sobrino. Puede que yo fuera el sexto hijo de su hermana, pero era su única hermana. O más probable es que fueran mis padres quienes me llevaran a Barcelona o Sitges en la primera ocasión que tuvieran, para que mis abuelos me conocieran. Hacía años que no venían a Madrid y no iban a hacer una excepción conmigo. Y aprovecharía él también para hacerlo.

A partir de algún momento, quizás los 4 o 5 años, su imagen se me aparece ya con suficiente precisión. Y lo que desde allí a aquí se repite en mis propios recuerdos es siempre su mirada: inteligente y afable, viva y cálida. Habrán pasado varias décadas, se habrá blanqueado su cabello, arrugado su rostro, encorvado -aunque poco, siempre fue muy coqueto en la planta- su espalda, pero esa mirada sigue marcando su presencia. Y la de quienes tenemos la suerte de habitarla.

Esa mirada sigue buscando lo que importa. Y a él le importa la gente. Su curiosidad no ha sido derrotada por los años. La irradia hoy como lo hacía cuando le conocí. Como cuando siempre. Por eso resulta tan fácil compartir con él cualquier momento. Incluso los complicados. Y por eso le siguen buscando los amigos que aún le quedan, pocos de los de su edad, pero muchos de los que ha seguido haciendo, al amparo de esa misma naturalidad y simpatía que sigue prodigando a sus 89.

Siempre nos lo recuerda: cuando celebraron sus bodas de oro, en Sitges, el director del hotel que escogieron se asombró al comprobar que pedían un salón con capacidad para más de 100 comensales. "Es la primera vez que para unas bodas de oro me piden un espacio tan grande”, les dijo. Y añadió: “¿Cómo es que les quedan tantos amigos?” A lo que mi tío le aclaró: “Es que tenemos muchos amigos nuevos”.

50 años casados (entonces; hoy unos cuantos más) y todavía tontean, se piropean o se gastan bromas como si acabaran de enamorarse el uno del otro.

Mi tía -el espíritu indomable y torrencial a despecho de su menguada memoria corta y de no poder caminar desde hace años-, le dice “guapo” a la mínima. Y él le responde con una sonrisa galante para recordarle que la sigue amando. Aunque si coincide que salimos a comer a su restaurante preferido en Barcelona y una camarera nueva le mira demasiado -el azul de sus ojos sigue imposible de definir-, mi tía es capaz de sentirse tan celosa como cuando a los 20. Y de advertirle a la sorprendida camarera que Macari es “suyo” y no tiene nada que hacer. Y él la reprenderá por insolente, pero poco, porque en el fondo sabe que mi tía lo hace para que él sepa que sigue loca por él.

Por eso con ellos es fácil de entender el secreto: estar pendiente del otro como si no hubiera un mañana, como si el único mañana fuera hoy... Y ser consciente del inmenso regalo que es compartir la vida con alguien al que amas, de la misma inmensa suerte de haber podido conocer a esa persona y de que encima te haya escogido a ti también.

Así que gracias, tío, por permitirme habitar vuestra mirada y el inmenso amor que os derrocháis. Gracias a los dos por enseñarme que el camino lo trazamos cada día. Y que de nosotros solos depende a dónde nos lleve y lo que en él queramos aprender.

En algún lugar sobre España, 20 de julio de 2018.

domingo, 29 de abril de 2018

De fachas, rojos y otros vecinos


Jamás objetaré que le pongan el nombre de una calle a un actor o actriz. Tal vez sea porque de vez en cuando me subo a un escenario y asumo la piel de otro. Y eso me hace sentirme mucho más cerca de los demás que cuando no lo hago. Y me hace bien. Por eso puede que la noticia de la degradación a mero “facha” del almirante Cervera (héroe triste de la Guerra de Cuba) me haya cabreado, pero menos que si el nuevo titular de la placa callejera hubiera sido, pongamos el caso, el padrecito Stalin, con quien -creo- sí que no comparto ámbito identitario alguno.

Que conste que el personaje Rubianes, a veces, me parecía patético. Debe de ser porque eso de insultar en colectivo y desde lejos nunca lo he entendido. Si no queda más remedio que expulsar bilis, prefiero la distancia corta, que es la adecuada para las pasiones en general. Pero más allá de esa puntual divergencia, que le pongan el nombre de una calle de mi querida Barcelona al actor Rubianes me ofende tanto como que le pongan mi nombre al perro del vecino del sexto. Porque con ambos (perro y vecino) comparto un radical anticorporativismo y una sustancial empatía como ciudadanos de este planeta. Así que llamarnos igual, mientras nos podamos distinguir entre nosotros, me resultaría hasta gracioso (principalmente en su tercera acepción, “que se da gratuitamente”, pues así me entregaron nombre y apellidos mis padres).

E igualmente debe de ser por esa extraña manía mía de identificarme más con las muchas cosas que se pueden apreciar que con las que rechazo, que no acabo de entender por qué es necesario, para que Pepe Rubianes luzca en el callejero barcelonés, descabalgar del mismo al Almirante Cervera. Y menos aún si se quiere justificar en que era un “facha”. Pues, al margen de que esa condición ni siquiera pudiera predicarse de nadie fallecido en 1909, mucho antes del advenimiento del fascismo, y de que nadie me haya demostrado que Cervera no fuera un liberal de libro, sigo sin comprender que eso baste para cambiar un cromo por otro. Porque, cuando vuelvan a regir el Ayuntamiento de Barcelona los adversarios políticos de la vigente mayoría que allí gobierna, ¿estará justificado que le quiten la calle a Rubianes por ser “rojo”? ¿Es que esa condición, si acaso la tuviera, le impide ser recordado como actor desde algunas de las esquinas de la ciudad?

Debe de ser porque soy raro, sin duda, y me gusta pensar que pertenezco a un clan más amplio que la tribu en que me tocó nacer; un clan que valora al actor Rubianes y al marino Cervera al margen de sus ideas políticas e incluso de sus defectos personales; un clan que acepta al otro porque cada uno de sus miembros somos otro para los demás; un clan que dejó la caverna y salió a comprobar cómo eran las cosas, sin fiarse de las sombras proyectadas en la pared...

Jandía, Fuerteventura, 29 de abril de 2018


domingo, 15 de abril de 2018

ROTO


ROTO


El silencio ya se ha roto para siempre,
para todos los días que quedaban,
para todos los besos prometidos,
por cada uno de los dos que aún se amaban.

Hoy la duda se ha quebrado en rama seca
y la luz que asomaba yace inepta
en la oscuridad total de este naufragio
con que el silencio se ha roto para siempre.


Madrid, 26 de abril de 2014



Moonstone Beach, Cambria, California - Agosto de 2017

sábado, 3 de marzo de 2018

LA CASA DE LA COLINA


Dicen que vive en una finca apartada y que desde la ventana del salón se alcanza a ver, más allá de la colina, un inmenso campo de amapolas. Dicen que entre llantos y risas pasó su vida, hasta que los días consumieron sus energías y empezó a sentir cómo el centro de equilibrio de su cuerpo se desplazaba fuera de sí misma. Había sido joven y bella, sí, y –si lo meditaba un poco- de eso no hacía realmente tanto. Pero de aquel tiempo apenas le quedaba un eco vago y sordo de sueños henchidos y otros muertos. Un sueño que, en ocasiones, le parecía más real que los días que ahora tenía. Más verdadero que la soledad y el olvido. Más cierto que la angustia de saber que el fin estaba próximo, y que era absolutamente inevitable.

Sé que hubiera debido visitarla. No hubiera vencido su melancolía, ni la habría sacado de su ensimismamiento, pero habría cumplido con la promesa que le hice, cuando la última vez que la vi.

Ocurre empero que los hombres no sabemos el valor de la esperanza hasta que la vemos huyendo a galope tendido de los seres a quienes un día admiramos. Y entonces, casi siempre, suele ser ya demasiado tarde. Porque justo en ese momento, comprendemos que no hemos sabido embridarla de modo adecuado o, siendo del todo sinceros, que puede que hayamos sido nosotros quienes la espoleamos y fustigamos hasta desbocarla por completo.

Lo peor es que, aunque cueste identificar un instante concreto, en el fondo sí podemos advertir, desde la distancia, cómo empezamos a dejar que ocurriera. Los recuerdos no mienten tanto como creemos. O al menos, no suelen engañarnos en lo que se refiere a las decisiones que cambiaron nuestras vidas y, sobre todo, las que contribuyeron al cambio de las vidas de quienes nos rodearon; quiero decir, de quienes nos amaron. Somos nosotros los que nos empeñamos en disfrazarlos, repitiéndonos una y otra vez que las cosas no sucedieron como las rememoramos, que la vida que vivimos no fue ésa.

Pero eso hoy no cuenta. A primera hora de la mañana he recibido la noticia de que la casa de la colina había desaparecido consumida por un incendio atroz, tanto que el rojo de las amapolas apenas parecía una pequeña chispa lanzada contra el horizonte. Los bomberos no habrían llegado a tiempo por culpa de la lejanía del lugar. Pero eso era algo que ella había buscado también desde que decidió que aquél era el sitio adecuado para dejarse morir. Tal vez en el exacto momento en que comprendió que ni siquiera yo –su único nieto, el último familiar vivo que le quedaba- iba a volver a visitarla, excusado por aquel mar que nos separaba y por las muchas obligaciones que, cada vez que ella me insistía, brotaban por doquier a mi alrededor. Tal vez en el exacto momento en que entendió que aquella promesa que le hice cuando la última vez era también una culpa disfrazada, la justificación para poder salir huyendo a galope tendido de su lado, por abandonarla sin otra compañía que sus recuerdos, en brazos de unos sueños que ya no podían cumplirse.

Y en ese mismo instante he comprendido que las cosas siempre pueden suceder de otro modo. Y que nos debemos el esfuerzo de vivir junto a quienes nos aman y de amar a aquellos junto a quienes vivimos; aunque exista un mar de por medio y nos hayamos ubicado en una casa solitaria más allá de la colina.


sábado, 24 de febrero de 2018

PARA CUANDO UNO ESTÁ MUERTO Y NO LO SABE

PARA CUANDO UNO ESTÁ MUERTO Y NO LO SABE

Hubo un hombre que anunció su nacimiento
Por supuesto mucho antes de que fuera
Y algunos que lo oyeron se escamaron
Sorprendidos de tamaño atrevimiento.


Hubo un loco que entendió que estaban cuerdos
Los que andaban buscando en cada espera
La razón que les faltaba y que no hallaron,
El olvido que no había en sus recuerdos.


Hubo un niño que escaló por la ventana
Abierta desde antaño por los dueños
De los días, de las noches, de los sueños,
Y en su ascenso fue la tarde y la mañana,
El más grande de entre todos los pequeños.


Hubo un viejo que esperó que todo fuera
Ya por siempre lo que nunca fue su herida:
Bien nacida, bien hallada, bien venida,
Un camino claro y cierto en la quimera
Infinita de la muerte y de la vida.


Hubo tántos que no hubieron ya palabras:
Locos cuerdos, olvidados con memoria,
Dueños viejos de esperanzas sin historia,
Niños magos de ale-hop y abracadabras.


Y en todos los que hubo nos hubimos.
Puros versos de un poema inacabado.
Cuna, vida, muerte, adiós, olvido.




domingo, 8 de octubre de 2017

JO VULL

Jo vull una Catalunya lliure
Lliure de intoleràncias i de divisió
Lliure de bons i de mals
Lliure de insults i de assenyalaments

Jo vull una Catalunya oberta
Oberta al món, al mar i al cel
Oberta al temps que ha de venir
Oberta al temps que ha passat

Jo vull una Catalunya lliure
Lliure per a ser la Catalunya gran del nostres pares
Lliure per a ser el pont de platja de la Espanya diversa i il-lusionada
Lliura per avançar tots junts com fins ara, fins i tot més junts, si és possible

Jo vull una Catalunya sense por
Sense por al que diguin els altres
Sense por a la diferència
Sense por a ser germans

Jo vull una Catalunya lliure
Jo vull una Catalunya plena
Jo vull una Catalunya gran
Jo vull una Catalunya orgullosa
Per cinc-cents anys més d´unió
Jo vull la meva Espanya per sempre
Jo vull una Catalunya lliure
En una Espanya orgullosa



Madrid (el cos), per a Barcelona (el cor), 8 de octubre de 2017


viernes, 18 de agosto de 2017

Barcelona

BARCELONA


lucharé por la Barcelona mía 

lucharé por cada plaza y cada calle 

lucharé desde Montjuic al Tibidabo 

desde el Tramvia Blau hasta la Boquería lucharé 

la Pedrera y el Turó Park serán mis bases 

y Diagonal arriba vendrán mis tropas a rearmarme 

como cuando los sueños de mi infancia 

lucharé por los tiempos de mis padres 

y sus padres y los padres de éstos antes 

lucharé junto a las tardes de mis tíos en la guerra 

que ganamos y perdimos y vivieron 

los jueves sin clase, los días de alambre 

los recados y los bailes, los disfraces 

las pajaritas negras, los retales 

hechos de trozos de aire 

los exámenes perezosos que no sabían 

dónde encontrarles 

lucharé hasta sonsacarles las palabras 

que llenaron los silencios innombrables 

lucharé a brazo partido por recordarles 

que Barcelona es tan mía 

como lo fue de mis padres y abuelos 

y todos antes 

lucharé mientras mi voz tenga un suspiro 

y mi corazón, aún dañado, siga hablando 


ATM


miércoles, 31 de mayo de 2017

CONDENADOS

CONDENADOS

La cita que te iba a pedir caducó en mis labios
Como se marchita la flor que no se abre
Y deja que el viento del estío
Selle seco sus colores ya invisibles. 
Fue aquella palabra no dicha
Quien cautivó para siempre mi memoria
Y la encerró en la torre más alta
Del castillo en que aún vaga mi espíritu,
Espectro inevitable y desvaído.

Ante tu inmensidad refulgente, frente a tus ojos de esfinge,
Los míos claudicaron, incapaces, indolentes,
Y, como el mortal se postra ante los dioses,
Rehusaron verte entera y huyeron al caer la tarde,
Al abrigo de las sombras.

De entonces aquí todo fue ese momento,
Ese inevitable comprender que soy pasado
Y que el cielo que me estaba prometido
Yo mismo lo inferné sin juramento. 

Pues al cabo al fin hoy he entendido
Que la vida no presente ya no es vida
Y que estamos condenados al olvido.


Madrid, 10 de octubre de 2014

(Finalista del IV Certamen Umbral de Poesía – Valladolid, 2017)


sábado, 13 de mayo de 2017

TAL VEZ MAÑANA

Sé que no lo vais a entender. Sé que vais a pensar que me he vuelto loco o, los más generosos, que la presión ha sido demasiado fuerte y ha podido conmigo. Si no fuerais todos amigos míos, puede que dijerais que soy un caprichoso, un egoísta o simplemente un gilipollas. Tal vez consideréis que se trata de algo pasajero y que no hay de qué preocuparse, pues volveré pronto a entrar en razón. Algunos incluso puede que os digáis que me va a sentar bien, que me ayudará a valorar mejor la suerte que tengo, que podré regresar renacido como el fénix. Sé que en el fondo de cada uno de vosotros, es miedo lo que sentís; miedo empático, sí, pero miedo. Miedo a que tire mi vida por la borda. Miedo a que eso que se llama éxito coja la puerta y se vaya. Miedo a que tantos años de esfuerzo y dedicación, todo ese trabajo empleado en llegar aquí, haya sido al final inútil. Miedo a que me equivoque, sí. Ese miedo.

Pero sé que aún teméis más otra cosa. Sé que lo que os aterra es algo más complejo. Porque a mí también me ha aterrado todos estos años. Sé que lo que más miedo os da es que esté en lo cierto. Que esta locura mía sea la decisión más cuerda. Que renunciar a este mundo de éxitos y agasajos, de confort y de materialidad, sea lo más inteligente que uno puede hacer. Y que todos y cada uno de vosotros lo tengáis igualmente claro. Porque, en definitiva, sé que el miedo con que nos alimentamos desde que somos niños, el miedo a fracasar, es el principal fracaso de nuestras vidas.

Desde luego que, si no fuerais todos amigos míos, si no me conocierais, diríais que soy un imbécil. Y puede que lo sea, pero como diría el poeta, "imbécil soy, mas imbécil enamorado". No, no pongáis esa cara: no tengo ninguna aventura; sigo amando a Montse y ni se me ha pasado por la cabeza -bueno, alguna vez sí, pero como a todos, ¿no?- buscar el sabor del amor en otros lares. De eso ya supe antes de que nos comprometiéramos. Y sabéis que yo cumplo mis promesas.

Así que no os confundáis: mi amor no ha cambiado de dirección ni los 50 que estoy a punto de cumplir han desatado crisis hormonal alguna -o quizá sí, pero no de ese tipo-.

La cuestión es mucho más simple.  La cuestión es que quizá el éxito sea otra cosa. Y que vivir sea lo importante. ¡Qué tontería! Eso está claro. ¿Pero acaso buscar el éxito no es vivir? Pues depende de lo que estemos dispuestos a entregar a cambio. De que sólo arriesguemos para llegar a esa meta que un día nos fijamos y de que nos olvidemos de que el camino en sí es la gran oportunidad que se nos ha dado. Y que si el fin nos impide disfrutarlo, es que el fin hace tiempo que ha empezado.

Por eso hoy he decidido colgar la toga y descolgar las máscaras de tragedia y comedia (del teatro griego, no os asustéis), y la cámara, la pértiga y el foco del séptimo arte, y los lápices de colores de poeta, y la máquina de escribir (nada que ver con el triste teclado) de novelista antiguo y el metrónomo y la escuadra de dramaturgo y...



- Despierte Vd. haga el favor -la voz suena familiar, poderosa y cercana, por más que no sepa identificar cuál es su origen-. Al Tribunal le gustaría conocer las razones que sustentarían la pretensión de su cliente. ¿Podemos escuchar, pues, su alegato, o hemos de seguir esperando a que regrese Vd. de allá donde se encuentre?

Agito la cabeza, aún aturdido, mientras apresuro azorado una explicación:

-Disculpe Sr. Presidente; no sé qué me ha pasado... Tal vez que ayer acabara otra vista en la Sección Cuarta a las once de la noche y después de casi ocho horas ininterrumpidas. De verdad que lo lamento. En compensación, y para tranquilidad del Tribunal, seré breve: Para solicitar una sentencia absolutoria para mi patrocinado con todos los pronunciamientos favorables...

Definitivamente hoy no es aún el día. Tal vez mañana

viernes, 27 de enero de 2017

Todavía hay jueces en Berlín

Hoy he comprobado que todavía hay jueces en Berlín. Pero, por desgracia, no los del Gran Federico, que se solazaba de que la Justicia no fallara a su favor, sino de los de la mucho más oscura época que comenzó en 1933 y acabó un día de primavera de 1945. Sí, todavía hay jueces del Tercer Reich. Y están aquí, en España. (Preciso y rectifico ya de entrada: gentes que fueron jueces y pretenden volver a serlo en un mundo hipotético en que las botas de caña alta volvieran a imponerse a la Ley y los votos de unos -por el hecho de ser muchos- pudieran justificar la aniquilación de los derechos de los demás.)

Leo en El Mundo de hoy mismo la noticia de las afirmaciones vertidas por el ¿ex? juez Vidal en una conferencia de noviembre pasado y me alarmo. ¿Cómo no hacerlo? El ¿ex? juez Vidal, con su aspecto de figurante en algún entremés auroseculado, con su mirada perdida en la Babia catalana, advierte sin empacho de que la futura República catalana ya es un hecho -diferencial o no- en al menos tres aspectos concretos: tiene fichados a todos los ciudadanos (al haber obtenido -de un modo que se reconoce abiertamente ilegal- los datos fiscales de los catalanes), dispone de una unidad especial de los mossos d'escuadra preparada para el contraespionaje y conoce la ideología de cada uno de los 801 jueces que ejercen en Cataluña y sabe en consecuencia quiénes se irán y quiénes se quedarán cuando sea proclamado el nuevo Estado.

No sé con qué alarmarme más, la verdad. Pero como siempre hay que empezar por algo, hagámoslo por el principio. 

El ¿ex? juez dice que ya tienen -ellos, los adalides de la libertad del pueblo catalán, claro- los datos fiscales de todos y cada uno de los ciudadanos de ese mismo pueblo. No sé si tienen los míos -hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de catalanes desde al menos el s. XIII-, porque vivo en Madrid. Tampoco sé si me consideran un catalán cuya libertad deban tutelar (aunque tras la lectura de lo que aquí escribo -si es que el ¿ex? juez tiene interés en leerlo, lo que también dudo- sí tengo claro en qué lista de las suyas me situará). Pero lo tremendo, lo simplemente insoportable, es que se reconozca por el ¿ex? juez que los datos ya están en su poder y que los han conseguido quebrantando la Ley. Debiera el Sr. Vidal -si es que no lo estudió en su momento- recordar lo que dice el Código penal sobre el particular; aunque sólo sea por curiosidad y al margen de que tenga el ¿ex? juez igual de claro que su imaginario Tribunal Supremo catalán vaya al día siguiente de su constitución a descollonarse de las leyes del Estado español, empezando por las penales.

Lo segundo también es para nota (por cierto, que me asalta la terrible duda de saber cuál le pondrían al Sr. Vidal en la oposición que le permitió decidir sobre los derechos de los ciudadanos españoles durante los años en que lo hizo). Dice el ¿ex? juez que un estado no europeo está asesorando la formación de una unidad de los mossos en antiterrorismo y contraespionaje. ¡Qué intriga, pardiez! ¿Quién será el buen samaritano: Corea del Norte, Venezuela, Cuba...? Cualquiera de los tres, desde luego, sabe de contraespionaje, aunque no me resulta tan evidente que pudieran enseñar mucho en materia antiterrorista. Claro que en esto también puedo equivocarme. 

Y last but not least (anem, noi, que ja estem acabant), un mensaje muy claro: 801 jueces que ejercéis (Vd. no, claro, Sr. Vidal) en Cataluña: sabemos cómo pensáis, así que en la futura República catalana, es fácil: los que ya pensáis como debéis, seréis benvinguts; los demás, ya estáis marchándoos. Así, con dos collons y sin barretina. 

Si no fuera porque también decían que el Tercer Reich iba a durar mil años,  me preocuparía. Si no fuera porque los jueces del Tercer Reich firmaron miles de sentencias condenando a muerte a los enemigos del pueblo alemán, me despitotaría. Si no fuera porque amo profundamente la tierra de mis antepasados, donde siguen viviendo familiares y amigos a los que igualmente quiero, no escribiría estas líneas.

Ave Málaga-Madrid, 27 de enero de 2017.



viernes, 11 de noviembre de 2016

COHEN NIEVA

Un mismo amanecer y dos zarpazos al unísono. Despierto con las dos noticias desde la pantalla de mi móvil, en que suelo consultar la prensa nada más abrir los ojos. Es una de esas manías posmodernas que supongo comparto con millones de personas más. Me pregunto cuántas de ellas habrán experimentado la misma sensación esta mañana: la de haber perdido de golpe a dos personas que, aún sin conocerlas personalmente, entendía casi parte de mi familia, parte entrañable de mi vida.

Tampoco es -digámoslo sinceramente- que les hubiera seguido asiduamente ni degustado su obra con mínima continuidad. Del poeta canadiense por supuesto que había oído desde niño sus asombrosas canciones, desmechadas y vueltas a hilar a través de ese profundo timbre que desplegaba con su voz. Las escuchaba y volvía a escuchar cuando alguien las ponía, y las paladeaba mientras seguía haciendo lo que fuera que hacía. Pero jamás compré un disco suyo -cuando los discos aún se compraban- ni se me ocurrió ir a uno de sus conciertos. Y no me pregunten por qué, porque no les sabría decir; como tantas otras cosas que no hacemos y que sólo cobran sentido cuando ya no podemos hacerlas.

Del dramaturgo español, aún menos. Sólo fui consciente de su existencia a finales de los 80 (cuando, por cierto, como toda vida universitaria que se precie, la mía era un permanente ir y venir y entusiasmarse). Y lo hice apenas incidentalmente. Nunca acudí a ninguna representación de sus obras ni recuerdo haber leído una sola de ellas, aunque sí muchos de los artículos que publicaba, y prácticamente todos los aparecidos en los últimos años en La Razón, donde -desde la altísima atalaya de su lúcida longevidad- ajustaba cuentas con un pasado que evidenciaba que la fantasía literaria casi nunca supera a la realidad de la que se nutre. Leía y un mundo que parecía también mío se abría ante mí. Pero enseguida volvía a lo que tuviera que volver y punto.

No sé, pues, por qué, pero Leonard Cohen y Francisco Nieva, Francisco Nieva y Leonard Cohen, ocuparon en mi vida un mismo espacio común: el de los referentes líricos, sí, pero sobre todo, el de sentirlos cercanos sin apenas conocerlos. Eran como esos abuelos descubiertos a través de las fotos o las semblanzas de nuestros padres o tíos pero a los que, o bien nunca llegamos a tratar, o murieron cuando apenas éramos niños. Ambos vivían en esa parte de mi mente en que mezclamos leyenda y realidad, mito y conciencia. Y lo hacían sin que pueda explicar bien por qué; qué fue, en definitiva, lo que hizo que les abriera esa puerta. Lo cierto es que cualquier mención a sus personas, cualquier noticia o referencia que se cruzaba sobre cualquiera de ellos y su imagen se formaba con nitidez frente a mí como si los tuviera enfrente y me estuvieran mirando, callados y sin gesto alguno en el semblante, serenos y reflexivos, como si no necesitaran decir nada, pero al tiempo, como si quisieran decirme muchas cosas.

Por eso hoy al abrir la prensa en el móvil y ver las dos noticias casi seguidas, he comprendido por fin que efectivamente formaban ambos sin duda parte de mí y que, desapareciendo de aquí, algo de mí también ha de irse con ellos. Aunque sea sólo para que pueda encontrarlos de nuevo más adelante y decirles -ahora sí- todo eso que no les dije.


Madrid, 11 de noviembre de 2016.