domingo, 8 de octubre de 2017
JO VULL
viernes, 18 de agosto de 2017
Barcelona
BARCELONA
lucharé por la Barcelona mía
lucharé por cada plaza y cada calle
lucharé desde Montjuic al Tibidabo
desde el Tramvia Blau hasta la Boquería lucharé
la Pedrera y el Turó Park serán mis bases
y Diagonal arriba vendrán mis tropas a rearmarme
como cuando los sueños de mi infancia
lucharé por los tiempos de mis padres
y sus padres y los padres de éstos antes
lucharé junto a las tardes de mis tíos en la guerra
que ganamos y perdimos y vivieron
los jueves sin clase, los días de alambre
los recados y los bailes, los disfraces
las pajaritas negras, los retales
hechos de trozos de aire
los exámenes perezosos que no sabían
dónde encontrarles
lucharé hasta sonsacarles las palabras
que llenaron los silencios innombrables
lucharé a brazo partido por recordarles
que Barcelona es tan mía
como lo fue de mis padres y abuelos
y todos antes
lucharé mientras mi voz tenga un suspiro
y mi corazón, aún dañado, siga hablando
ATM
miércoles, 31 de mayo de 2017
CONDENADOS
CONDENADOS
Como se marchita la flor que no se abre
Y deja que el viento del estío
Selle seco sus colores ya invisibles.
Fue aquella palabra no dicha
Quien cautivó para siempre mi memoria
Y la encerró en la torre más alta
Del castillo en que aún vaga mi espíritu,
Espectro inevitable y desvaído.
Ante tu inmensidad refulgente, frente a tus ojos de esfinge,
Los míos claudicaron, incapaces, indolentes,
Y, como el mortal se postra ante los dioses,
Rehusaron verte entera y huyeron al caer la tarde,
Al abrigo de las sombras.
De entonces aquí todo fue ese momento,
Ese inevitable comprender que soy pasado
Y que el cielo que me estaba prometido
Yo mismo lo inferné sin juramento.
Pues al cabo al fin hoy he entendido
Que la vida no presente ya no es vida
Y que estamos condenados al olvido.
Madrid, 10 de octubre de 2014
(Finalista del IV Certamen Umbral de Poesía – Valladolid, 2017)
sábado, 13 de mayo de 2017
TAL VEZ MAÑANA
viernes, 27 de enero de 2017
Todavía hay jueces en Berlín
viernes, 11 de noviembre de 2016
COHEN NIEVA
Tampoco es -digámoslo sinceramente- que les hubiera seguido asiduamente ni degustado su obra con mínima continuidad. Del poeta canadiense por supuesto que había oído desde niño sus asombrosas canciones, desmechadas y vueltas a hilar a través de ese profundo timbre que desplegaba con su voz. Las escuchaba y volvía a escuchar cuando alguien las ponía, y las paladeaba mientras seguía haciendo lo que fuera que hacía. Pero jamás compré un disco suyo -cuando los discos aún se compraban- ni se me ocurrió ir a uno de sus conciertos. Y no me pregunten por qué, porque no les sabría decir; como tantas otras cosas que no hacemos y que sólo cobran sentido cuando ya no podemos hacerlas.
Del dramaturgo español, aún menos. Sólo fui consciente de su existencia a finales de los 80 (cuando, por cierto, como toda vida universitaria que se precie, la mía era un permanente ir y venir y entusiasmarse). Y lo hice apenas incidentalmente. Nunca acudí a ninguna representación de sus obras ni recuerdo haber leído una sola de ellas, aunque sí muchos de los artículos que publicaba, y prácticamente todos los aparecidos en los últimos años en La Razón, donde -desde la altísima atalaya de su lúcida longevidad- ajustaba cuentas con un pasado que evidenciaba que la fantasía literaria casi nunca supera a la realidad de la que se nutre. Leía y un mundo que parecía también mío se abría ante mí. Pero enseguida volvía a lo que tuviera que volver y punto.
No sé, pues, por qué, pero Leonard Cohen y Francisco Nieva, Francisco Nieva y Leonard Cohen, ocuparon en mi vida un mismo espacio común: el de los referentes líricos, sí, pero sobre todo, el de sentirlos cercanos sin apenas conocerlos. Eran como esos abuelos descubiertos a través de las fotos o las semblanzas de nuestros padres o tíos pero a los que, o bien nunca llegamos a tratar, o murieron cuando apenas éramos niños. Ambos vivían en esa parte de mi mente en que mezclamos leyenda y realidad, mito y conciencia. Y lo hacían sin que pueda explicar bien por qué; qué fue, en definitiva, lo que hizo que les abriera esa puerta. Lo cierto es que cualquier mención a sus personas, cualquier noticia o referencia que se cruzaba sobre cualquiera de ellos y su imagen se formaba con nitidez frente a mí como si los tuviera enfrente y me estuvieran mirando, callados y sin gesto alguno en el semblante, serenos y reflexivos, como si no necesitaran decir nada, pero al tiempo, como si quisieran decirme muchas cosas.
Por eso hoy al abrir la prensa en el móvil y ver las dos noticias casi seguidas, he comprendido por fin que efectivamente formaban ambos sin duda parte de mí y que, desapareciendo de aquí, algo de mí también ha de irse con ellos. Aunque sea sólo para que pueda encontrarlos de nuevo más adelante y decirles -ahora sí- todo eso que no les dije.
Madrid, 11 de noviembre de 2016.
lunes, 18 de julio de 2016
De toros, dragones y hombres
domingo, 29 de mayo de 2016
El loco del espejo
Hubo un tiempo en que al poeta se le exigió ser cronista de su época. El propio Neruda así llegó a epigrafiarlo. Y mucho antes, otros muchos también así lo entendieron. Podría decirse incluso que la poesía, en tanto composición rimada y ritmada, nació como crónica, legendaria o no, pero siempre apegada al hecho histórico o mitológico, sin disociarse de éste. La Iliada, desde esta perspectiva, sería poema al tiempo que crónica. Y el Cantar del Mío Cid. Y tantos otros.
Pero esa poesía, hoy, carece de sentido. Tanto como construir pirámides para enterrar a nuestros reyes. A lo mejor podríamos hacerlas de un modo más grandioso aún que hace 5000 años. Pero nos resultaría un ejercicio hueco, desnortado, tristemente artificioso.
Así también la poesía. Hoy rimar “Apolo” con “tesoro” o “Jimena” con “almena” puede ser un entretenimiento a lo Don Mendo. Puede incluso que ripiar el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de hace afortunadamente tanto fuera en su día un hit que ya lo quisieran para sí los más rabiosos de nuestros poetas actuales. O que los cantores de pendiente, peta y gibson les paul puedan ser llamados legítimamente poetas. Pero eso no será bastante para negar que la poesía y el hecho beben de distintas realidades y que el poeta, si quiere realmente ser honesto consigo mismo, ha de dejar a un lado razones programáticas y mecerse en los brazos de la palabra susurrada por el loco que habita el interior de nuestros deseos; el que sabe que detrás de un árbol azotado por el viento hay más verdad que en todos los diccionarios y enciclopedias; el que conoce el sabor del amanecer frente al mar o de la lluvia repentina en verano; el que sonríe cada vez que le preguntan por qué sonríe y llora cuando le inquieren por qué llora; el que sigue sin saber cómo empezó a amar ni cuál será el último día en su calendario. Ese loco que algún día nos miró desde el otro lado de un espejo cuando niños y nos cambió para siempre la perspectiva.
Madrid, 29 de mayo de 2016
sábado, 16 de enero de 2016
LA MOSCA, EL PASTEL Y EL REY DESNUDO
sábado, 12 de diciembre de 2015
EN MIS MANOS
El verbo de dolor y cicatrices
Que tu mano sanaba curandera.
En mis manos ardió toda quimera,
La noche de los sueños más felices,
Los ecos inasibles, las raíces
De todo lo que importa y lo que era
Creyeron que era arcilla y era lodo;
Soñaron que eran sueños y eran vanos
Reflejos de un pasado ya sin modo,
Espectros desvaídos y lejanos.
En mis manos estuvo el amor todo
Y todo se me ha ido de las manos.
Madrid, 9 de septiembre de 2015
sábado, 31 de octubre de 2015
SÉ QUE NO ESTÁIS AQUÍ
Hoy hace un día magnífico. Erguido frente a vuestra tumba, el sol calienta mi cara. Es el mismo sol que tanto disfrutabais, cada uno a vuestra manera. El mismo que iluminó vuestras mañanas y tardes en Barcelona, cuando os conocisteis y os enamorasteis. Y en Valencia, donde os dijeron que a papá podían quedarle meses de vida; donde decidisteis jugároslo todo a una carta, y ganasteis. Y en Madrid, donde construisteis vuestro hogar más duradero; donde nos criasteis a todos; donde nos visteis crecer y volar en busca de nuestros propios destinos.
Los pájaros trinan por doquier, ajenos a todo. ¡Y las cotorras! Os sorprendería saber cuántas se oyen, asilvestradas, en los árboles del cementerio y en los del parque cercano. Ha sido en los últimos años que la gente empezó a soltarlas aquí, no sé si por concederles la libertad que merecían o porque se habían cansado ya del capricho que les había llevado a comprarlas. Lo cierto es que son multitud, bandadas y bandadas, y, cuando se ponen a hablar, forman tal estruendo que nada más puede distinguirse. Sé que vuestros huesos no pueden oírlas. Por eso os lo cuento.
Desconozco cuánto han crecido los cipreses, pero cada vez los veo más imponentes, gigantescos pinceles verdes recortados contra el cielo. Hay algo en ellos de compasión humana, observándonos respetuosos y firmes. Supongo que por eso los escogen para los camposantos.
Una lagartija asoma por la rendija de una tumba vieja, a la que hace decenios que nadie trae ya flores. Se queda inmóvil unos segundos, al sol. Luego desaparece tan rápido como irrumpió en mi campo visual.
Si vuestros huesos pudieran ver todo esto... Pero sé que no pueden hacerlo. Y que no lo necesitan, porque el sol, los cipreses, las cotorras y hasta las lagartijas son ahora vosotros; que sois todo y estáis en todo. Y sé que allí permaneceréis; eternamente.
Madrid, 31 de octubre de 2015.
viernes, 29 de mayo de 2015
Rumbo final
Llevaban ya tres días manteniendo la distancia, conscientes ambos de que aún no era el momento. Tan pronto se avistaban, viraban de inmediato para volver a alejarse lo justo... y de nuevo a la derrota que, desde San Vicente, venían llevando en paralelo.
La historia venía de lejos, en cualquier caso. De mucho antes de que estuvieran a punto de abordarse justo frente al espolón de Sagres, donde las traicioneras corrientes pueden destrozar un barco sin apenas tocarlo; donde una noche sin luna y con algo de niebla, por muy marino que uno sea, es suficiente para que todo acabe en un segundo.
Ella fue la que maniobró primero, al sentir el cambio en la cadencia de las olas cortadas por su quilla. El apenas la vio sobrepasarle por babor, espectro surgido de las sombras, a escasas dos mangas, y desaparecer de nuevo en la bruma entrecortada y fría.
Aquello le bastó, en cualquier caso, aunque durante las siguientes horas, hasta la salida del sol, se preguntara una y otra vez si había sido real o sólo fruto de los juguetones espíritus del mar. Pero la mañana y la engañosa calma repentina que vino con ella, le abrieron al fin los ojos. Era cierto, no había sido un sueño fruto del cansancio, de las dos semanas de singladura en solitario, de los muchos días y noches anteriores en el mar, de los cientos de whiskies y ginebras y tequilas en los antros de todas las costas... No había sido una ilusión, la ansiada materialización de tantas historias oídas en interminables noches de guardia en cubierta o en el puente. No, era real. De hecho, ahora tenía claro que ella siempre había estado cerca, oteando sus trasluchadas, vigilando desde lejos cada uno de sus rumbos, manteniéndose cerca de los puertos en que atracaba... Ahora entendía muchas cosas: aquel chapoteo, siempre con el mismo ritmo, que nunca había sabido qué lo producía; las veces que se había despertado en mitad de la noche -tras oír lo que parecía un armonioso canto- a tiempo de evitar un bajío que no aparecía en las cartas o un mercante ruso o chino al que no le preocupaba partir en dos su barquito; los inexplicables cambios de rumbo que en otras ocasiones le habían salvado de un alcance seguro... Siempre había sido ella. Ahora lo sabía.
De hecho, también ahora entendía otras muchas cosas. Y, al hacerlo, una extraña mezcla de pudor y excitación le embargaban, al recordar cómo en cada una de las ocasiones en que había intentado llevar a bordo a alguna mujer, el casco empezaba a balancearse de modo inexplicable, aunque estuviera perfectamente fondeado o incluso atracado. Y cómo las más de las veces cesaba el balanceo en cuanto la mujer, mareada, le decía que mejor otro día.
Ahora lo sabía: siempre había sido ella... Y siempre por amor... Por más que le pareciera increíble, ella le había amado siempre. Y le esperaba... Y a él ya todo le resultaba demasiado largo, demasiado lento, demasiado tiempo…
El cielo comenzaba a oscurecerse de nuevo. Tras atravesar el ojo, se adentraba de lleno otra vez en la tormenta, sólo que la misma había ganado mucha fuerza en estas últimas horas y las olas empezaban a ser ciertamente imponentes. Ni siquiera a él, que las venía buscando con ahínco incluso desde antes de saber que ella existía, dejaban de asombrarle. Y eso que las había visto de todas las clases. Como cuando frente a la costa de Nueva Guinea, una solitaria de diez metros barrió longitudinal la Tansiquer, una vieja goleta de 50 pies y dos palos que había comprado en una subasta y con la que paseaba a adinerados turistas australianos. O la galerna fuerza nueve que casi acaba con el Zukullu aquel día de San Juan Nepomuceno de 1996.
Pero entonces no sabía que ella le esperaba y aún temía. Ahora, en cambio, tenía claro que su destino era ella y que el rumbo para alcanzarlo pasaba por un único sitio. Y hacia él apuntaba su proa.
De pronto la vio, justo en la cresta de una gran ola. Su cuerpo sobresalía desde la cintura, manteniéndose perfectamente erguido a pesar de las circunstancias. Y así pudo contemplarla por fin el tiempo suficiente para apreciar su hermosura. El cabello, larguísimo y abundante, le caía empapado por detrás de los hombros, dejando éstos y el cuello al descubierto, así como sus pechos, perfectos. Era una imagen turbadora, como las primeras que, cuando adolescente, buscaba en las portadas de las revistas de los quioscos. Pero al tiempo, había en ella algo que le transmitía una inmensa paz, el sosiego que tanto anhelaba.
Entonces le sonrió y, en la distancia, creyó ver que también sus ojos brillaban de emoción, que sus labios se entreabrían ligeramente y que todo su ser le decía que le amaba y que le amaría siempre. Y, sin dudarlo, se arrojó al agua para unirse a ella, justo en el mismo instante en que un violento golpe de mar levantaba su barco sobre el horizonte para lanzarlo acto seguido a la negra profundidad en que habitan sólo los fantasmas de los marinos que no supieron o no quisieron volver a tierra.
