sábado, 16 de febrero de 2013

CARPE DIEM


Una amiga, desde el otro lado del Atlántico, me recomendaba recién un interesante blog de frases de película (llamado precisamente así, tal cual, "Frases de película", lo que sin duda evita confusiones -y no como los que ponemos nombres como "Letras sobre el mar" y similares, para que la peña no tenga ni idea de qué van nuestros esfuerzos...-). Entre las citas cinematográficas del mismo, aparecía una de las varias memorables que se vierten en la interesante "El club de los poetas muertos"; a saber, cuando el normalmente sobreactuado pero siempre sorprendente Robin Williams -con su alter ego John Keating- recuerda a sus alumnos: "Les contaré un secreto: no leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana; y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería... son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos".




Pues bien, de esto, precisamente, es de lo que quería hablar. Porque ésa es la razón, sin duda. La de por qué la poesía es hoy más necesaria que nunca.


Hemos conquistado una enorme extensión de conocimientos, algunos verdaderamente inextricables para la mayoría de nosotros. Las máquinas que nuestro ingenio ha creado se desplazan a millones de kilómetros de nuestro planeta en busca de más respuestas y más preguntas. Nuestra ciencia se plantea regenerar tejidos que dejaron de existir hace miles de años para recuperar especies desde entonces extintas. Los edificios e infraestructuras que construimos desafiarían la comprensión de Newton hasta hacerle abjurar de su famosa Ley. Y todos esos avances se producen a una velocidad endiablada, auténtica progresión geométrica irrefrenable.


Pero, a pesar de ese espectacular desarrollo, nuestras almas y conciencias no han cambiado tanto. O no lo han hecho en lo que importa, afortunadamente -véase o léase a Eduard Punset, que lo explica soberanamente bien-. Por eso, seguimos enamorándonos casi igual que lo hacían nuestros antepasados hace cinco o diez mil años, nos sigue sobrecogiendo una noche sin luna ni nubes y tenemos el mismo respeto a la muerte que tenían quienes edificaron la Gran Pirámide de Keops o el acueducto de Segovia.

Y por eso la poesía sigue llegando al mismo centro de nuestras personas, a lo que llamamos alma quienes nos resistimos a creer que toda esta belleza sea el preludio de nada. Y arribados allí, a ese lugar donde seguimos siendo nada menos que simples seres humanos, versos libres y rimados, tercetos y metáforas, prosopopeyas o simples romances tocan y trastocan nuestros sentidos igual hoy que cuando Petrarca.

Otra amiga, en esta misma bitácora en que ahora os escribo,  lo señalaba de modo magistral y bien sencillo: la poesía es milagro creado sólo con palabras. Y milagro –añadiría yo- inmediatamente perceptible, sin necesidad de traducción alguna, por nuestro yo ancestral; el que heredamos de quienes pintaban bisontes en Altamira; el que sigue dilatando nuestras pupilas al contemplar la belleza de un paisaje; el mismo que nos hace preguntarnos por qué somos tan pequeños -a pesar de todas nuestras conquistas y avances- y por qué nos volvemos grandes cuando compartimos nuestra insignificancia con quienes amamos.

Por eso, porque las voces del pasado nos lo advierten como a los alumnos de Keating, aprovechemos el momento y dejemos que la poesía, la vida entera, corra por nuestras venas.

Madrid, 13 de febrero de 2013

lunes, 31 de diciembre de 2012

OUR TIME




What can a man do with his hands
When his feet are chained to the land
Where he was born in, where he'll die
And no one will allow him to fly?

How could a man see all the lights
That shine over us in the sky
If his eyes all the time are just down
Only watching the floor and its grounds?

Why not raise our souls and the night
Leave behind with its dark and its pain?
Why not feel simply brilliants and high
Like the Sun where we came from one day?

It is just our time: we will sight
What to do with our hands and our eyes.



Madrid, 30 de diciembre de 2012

martes, 18 de diciembre de 2012

Los mejores



No es un tópico; es un hecho: cuando los perdemos, el vacío es tan grande y la tristeza tan profunda que no nos deja otro consuelo que concluir que, efectivamente, siempre se van primero los mejores. Sólo así podemos intentar convencernos de que existe una razón última para algo tan inaceptable. Sólo así nuestra conciencia evita perderse para siempre entre las heridas abiertas del dolor.

Los psicólogos recomiendan ponerle nombre a la pérdida, verbalizarla, sacarla fuera, compartirla y, en definitiva, llorarla. Pero, ¿cómo, simplemente, explicarla? La fe lo intenta hacer señalando que nuestras limitaciones como seres humanos no impiden que al fallecer aflore nuestra alma inmortal y que, por ello, no importa tanto entender por qué mueren quienes amamos como saber que en realidad siguen y seguirán siempre vivos.

Y ciertamente sin fe ni psicología es difícil de comprender cómo el hombre puede soportar determinadas situaciones en que no podemos siquiera representarnos un límite al sufrimiento por la pérdida de alguien muy amado.

No es cuestión de poner ejemplos o supuestos concretos, pues en esta escala en que nos movemos, los números no tienen por qué seguir un determinado orden. No hay objetividad posible cuando de la muerte de quien queremos se trata. Pero sí es cierto que resulta más fácil dar consuelo a quien acaba de perder, por ejemplo, a alguien ya anciano que a quien le han privado de un ser muy querido que aún estaba en plena infancia. Porque, ¿qué se puede decir siquiera a quien acaba de perder a un hijo preadolescente en un estúpido accidente? ¿Cómo afrontar esa realidad sin que te tiemble la voz al hacerlo y sin que las palabras suenen tan absurdas como huecas?

Hay quien en esos momentos, movido por esa asombrosa fuerza interior del verdadero gigante, es capaz de compartir serenamente el dolor y canalizarlo para ayudar a quien acaba de sufrir tan duro golpe. Pero a la mayoría, tengamos hijos o no en esa edad, nos costará una enormidad asimilar el hecho y sólo podremos esbozar una mueca de apoyo, que aunque no bastará obviamente para calmar siquiera un punto el dolor, quizá ayude a traslucir que lo entendemos, que lo compartimos, que sí que esta vez podemos sentirnos indefensos juntos, vencido el pudor que desde pequeñitos nos imbuyen a no mostrar debilidad frente a los demás.

Y es entonces, ciertamente, cuando se comprende que nuestra estructura vital está plagada de apoyos absurdos y huérfana de otros pilares verdaderamente importantes. En muchos casos, como digo, por mera inercia de un entendimiento excesivamente rígido de lo que debe ser. En otros, paradojas de la vida, por precisamente todo lo contrario: la incapacidad para comprender que ninguno teníamos por qué haber sido y que, por ello, cada minuto en que estamos aquí es efectivamente un regalo que debemos aprovechar.

Como sin duda hizo Daniel. Como estoy seguro, Raúl y Eva, que sabréis seguir haciendo los dos; por más que ahora el día y el minuto y todo lo demás puedan parecer simplemente odiosos, vacíos y negros.


Madrid, 5 de diciembre de 2012

viernes, 23 de noviembre de 2012

EL MOJÓN DEL LOBO




Mi padre estuvo en Belchite, ese pueblo que aún hoy puede visitarse tal cual quedó tras los intensos combates que lo asolaron durante la Guerra Civil. Franco decidió que no se restaurase, según parece, para que a diferencia de esos tantos otros lugares de nuestra geografía que padecieron igualmente el horror de las bombas y los disparos, allí el olvido no fuera tan fácil.

Mi padre participó en aquella terrible batalla, aunque él siempre me dijera que no disparó un solo tiro. Y es posible que así fuera, pues su condición de capitán médico parece que no lo requería.

Le habían movilizado y asignado al Ejército del Este del General Pozas. Mi padre era ya médico en ejercicio cuando empezó la contienda y en dicha condición fue llevado al frente; por lo que sí, aunque luchara en Belchite, pudo perfectamente hacerlo con bisturíes, gasas, aguja e hilo de coser. Supongo que su especialidad de neurología no era demasiado valorada en aquellas circunstancias y que en definitiva era la medicina de campaña, herida y amputación la única para la que precisaban de sus servicios. Y es una lástima, porque si le hubieran dejado desarrollar su verdadera especialización -la psiquiatría entonces no era más que una subrama de la neurología-, a lo mejor hubiera podido ayudar a los distintos contendientes a no terminar de volverse locos. Pero si improbable resulta efectivamente que llegase a disparar algún tiro, más cuesta creer que le dejaran tratar a soldado, suboficial ni oficial alguno de las dolencias que aquel horror les producirían. Simplemente no me imagino que quienes llevaban a sus compatriotas a las trincheras y a la muerte contemplaran bien la idea de un psiquiatra que pudiera ayudarles a ver lo absurdo de esa situación.

Yo nací  muchos años después de aquello, pero el hombre que conocí no era desde luego de izquierdas. Y tampoco creo que lo hubiera sido antes. Simplemente vivía en Barcelona cuando estalló la Guerra. Y Barcelona era zona republicana, así que le movilizaron los de ese bando. Daba igual; en aquellos tiempos todos tenían que ser de una de las dos Españas machadianas. Y si no lo eras, te asignaban la que tocara y punto.

Aún conservo la sentencia que dictó el Consejo de Guerra franquista que le condenó. Para quien ama el Derecho, es una pura aberración, un ejemplo de autocomposición sin ningún sentido. Dice así:

"RESULTANDO: Que el procesado M.T.F., de profesión médico, de filiación política de derechas y de buena conducta privada y profesional, que al iniciarse el Glorioso Movimiento Nacional se encontraba prestando sus servicios profesionales en el Sanatorio de San Justo Desverne, continuando en dicho Sanatorio, donde socorrió y escondió a personas de derechas que allí se encontraban. Movilizado su reemplazo se incorporó a filas y por su profesión fue asimilado al grado de Teniente Médico con destino en un hospital de la retaguardia y con posterioridad ascendió a Capitán Médico siendo destinado a unidades del frente donde actuó como ayudante del Jefe de Sanidad de la 25 División roja. Se desconoce que haya tomado parte en hechos delictivos ni otra actuación que la puramente profesional.

"Y CONSIDERANDO: Que los hechos que se dejan relatados son constitutivos de un delito de auxilio para cometer la rebelión militar previsto y penado en el párrafo primero del art. 240 del Código de Justicia Militar y del que es responsable en concepto de autor el procesado.

"FALLAMOS: Que debemos condenar y condenamos al procesado M.T.F. a la pena de DOCE AÑOS Y UN DÍA DE RECLUSION MENOR, llevando consigo las accesorias legales correspondientes."

Afortunadamente la sentencia apenas se ejecutó. Mi padre tenía buenos amigos que intercedieron por él y pudo abandonar la cárcel a los pocos meses. Otros muchos no tuvieron esa suerte y fueron inmediatamente ejecutados o pasaron largas temporadas en prisión. Algunos eran los mismos que habían ejecutado antes a compatriotas del bando contrario. La mayoría, sin embargo, nada le debía al bando contrario. Unos y otros sufrieron el último acto devastador de aquella guerra fratricida.

Pero la memoria es falsa. Y más cuando la construyes con los recuerdos que has escuchado a otros. Por eso hoy me he acordado de Belchite, cuando navegando por la red me he topado con una página que narra y adjunta fotografías de una de las posiciones artilleras del ejército republicano en aquella batalla: la del Mojón del Lobo.

Mi padre me lo había contado ya cuando niño. Y como niño me había quedado grabado para siempre. Me había dicho que los zapadores republicanos habían agujereado la montaña para emplazar mejor los cañones y poder alcanzar con menos riesgo a los defensores nacionales del pueblo. Y me contó que los artilleros le provocaban incitándole a mirar a través de aquellas inmensas oquedades diciéndole: "Mira, mira, y verás cómo le damos al cabrón de tu primo".

Aquello, como digo, marcó mi mente infantil, que no entendía que alguien pudiese realmente regodearse como lo hacían aquellos hombres, a quienes mi imaginación pintaba con grandes bocas siniestras, abiertas como los agujeros de la montaña, por las que salían a borbotones sus carcajadas como inmensas bolas de fuego contra el indefenso primo de mi padre. Y a éste le veía aguantando firme el desafío de aquellos malnacidos, apretando los dientes y los puños por no poder evitar que apuntasen a su primo.

Años después, ya fallecido mi padre, leí en algún lado que efectivamente mi tío segundo había muerto en aquella batalla, fusil en mano, defendiendo la población de la que era Alcalde. Y aquella historia infantil, casi perdida de mi memoria, volvió a visitarme. Pero de nuevo el tiempo y las miles de cosas que nos obligamos a hacer agobiados con su transcurso hicieron que me olvidara de ello por segunda vez.

Hasta hoy, al ver las fotos en la web de aquellas inmensas cuevas y sus ventanas, las mismas que me describía mi padre cuando niño, las mismas que mi imaginación pintaba negras y oscuras, como si supiera que hasta el nombre de aquel lugar era siniestro. Y al contemplarlas, aquella lejana historia se ha presentado inquietante y desabrida. Porque sí que era cierto que en aquella guerra unos primos tenían que ver cómo los cañones apuntaban a otros primos. Y aguantar que las carcajadas de la muerte resonaran sin poder decir "¡Basta!, ¡dejad de apuntar y meteos el cañón por donde os quepa!". Porque sí que en Belchite, como en Brunete, como en casi cada pueblo de nuestra geografía, unos y otros españoles decidieron que otros y unos españoles eran el enemigo y que no merecían seguir viviendo. Lo que, dicho tal cual es, sigue hoy, setenta y cinco años después, resultando escalofriante. Como las ruinas de Belchite. Como las bocas del Mojón del Lobo.

Madrid, 23 de noviembre de 2012


Foto cortesía de Jaime Cinca Yago

domingo, 11 de noviembre de 2012

¡VIVA ZAPATA!



Tomadura de pelo sin complejos. Dos películas seguidas y recientes, una de puro estreno y otra casi, y con las dos se me ha quedado la misma cara de asombro, de casi ganas de agarrar al productor-director-guionista y amarrarlo a la butaca, con camisa de fuerza y pinzas en los párpados al estilo “naranja mecánica”, y obligarle a ver una y otra vez el producto que nos ha vendido. A ver si así entiende lo que digo y lo que siento.

Porque pase que una película sea mediocre o simplemente olvidable -de ésas tiene que haber suficientes, para que cuando llegue una verdaderamente buena, puedas deleitarte con ella-, pero lo que no tiene perdón de Dios, ni de Freud, ni de la madre de espectador alguno es que te perfore las pupilas y el tímpano para llenarte el cerebro de pura nada. Y eso es lo que tienen en común, a mis particulares ojos, los dos envases vacíos que acabo de adquirir en la feria permanente del cine: “Los juegos del hambre” y “Hotel Transilvania”.

Vamos con la primera… Sí, reconozco que la culpa es mía, porque con ese título ya debía imaginarme lo que venía detrás. Pero ya se sabe: noche víspera de festivo y los adolescentes de casa sin plan, así que había que aprovechar el momento, y acudir a una de las películas recientes más vistas no parecía tan mala elección. Y a partir de ahí, y una estética de inicio mínimamente interesante por orwelliana, el germen se autoinoculó y arraigó tan fuerte que me llevó hasta el final mismo de la historia esperando que en algún momento se nos redimiera de aquel espanto. Pero en vez de eso, el guión y la realización y los actores se empeñaron hasta el último instante en dejarme hundido en el sillón, con la boca inmensamente abierta de puro pasmo, incapaz de creer que era cierto que alguien hubiese podido poner en las salas de cine de todo el mundo miles y miles de copias de aquello.

La historia pretende ser absurda; y lo consigue desde el primer momento: en un futuro requeteconsumista y ultratecnológico, una docena de poblaciones malviven sin apenas comida ni recursos como castigo por haberse levantado en armas contra el Estado. De cada una de ellas, año tras año, se elige por sorteo a un chico y a una chica adolescentes para participar en un concurso televisivo en el que sólo puede quedar vivo uno de ellos para proclamarse vencedor. Y así a estos pobres cobayas –que como nuevo ejemplo de la indigencia mental del guión, se les denomina “tributos”-, se les ve correr, trepar a los árboles o acuchillarse unos a otros –esto último, afortunadamente, se ve menos-. Y el resto de la sociedad, que es el público que sigue atento el desarrollo del concurso –absurdo hasta el paroxismo en sus peinados, vestimentas y forma de expresarse-, emite grititos de excitación, alegría o enfado en función de lo que contempla.

Pero lo peor es que, junto a tales elementos –de por sí suficientemente patéticos, como puede verse-, el elaborador de la receta tampoco se preocupa de introducir la más mínima emoción ni sentido, ni de enmascarar ese absurdo con algún que otro detalle estético. Los protagonistas –la pareja de uno de los distritos- no se sabe si está buscando la hormona que desconocían tuvieran o simplemente una lentilla que se les ha caído en mitad del bosque. Los malos –que son todos y no sólo en sentido figurado- dan más pena que gloria. Y los efectos especiales son de videoclip de los ochenta. Vamos, una delicia que encima dura y dura como el conejito aquél del anuncio... Por eso cuando por fin acaba, el alivio no impide que te sigas preguntando una y mil veces quien ha hecho posible tal engendro y te propones firmemente buscar el momento en que vengarte de él -o ella- como se merece.

Respecto a “Hotel Transilvania”, debo ser más indulgente. Al fin y al cabo, se dirige a un público esencialmente infantil. Y la idea tiene algo de gracia: el pobre Conde Drácula se ha quedado viudo y cuida amoroso a su hijita hasta que ésta llega a la mayoría de edad de los vampiros -que como todo el mundo debiera conocer, se alcanza a los 118 años-. Y mientras le construye un bonito castillo al que acuden a hospedarse otros amigos monstruosos que pueden así esconderse y descansar de los despiadados humanos. Con ese argumento y la ilusión que siempre produce llevar al cine a tu hijita –ésta sí real-, allí que me planté, aún dolorido por los estragos de la película del día anterior.

Dos horas después, aún seguía buscando una risa sincera en mi interior. Mira que es difícil que unos dibujos animados sean inanimados, que parezcan no sólo artificiales, sino insulsos. Porque si algo se le presume a un dibujante, que no tiene por qué encorsetarse ante los límites de nuestra realidad tridimensional, es que puede recrear a su antojo cualquier cosa, estirarla o engordarla hasta hacer que resulte graciosa, tan ocurrente como un sapo en calzoncillos que vuelve a convertirse en el príncipe del cuento o en un ogro gruñón y bienintencionado que golpea con su inmensa tripa gomosa a los guardias del malvado de turno. Pero en “Hotel Transilvania” todo es medible, aprehensible, precedible, rutinario. Drácula se enfada cuando toca. Y cuando es tierno es tan tierno como un palo de algodón de azúcar ya chupado. Los monstruos son tan aburridos que se quedan dormidos frente a su imagen en el espejo y la trama se diluye antes de haber sido construida. Así que, ¡por favor, si queréis a vuestros hijos, sometedlos a una sesión de güija antes que llevarlos a ver ese anodinamiento absoluto! Ellos no lo entenderán al principio, pero os lo acabarán agradeciendo cuando crezcan un poquito.

En cualquier caso, la reflexión es inevitable: ¿qué hemos hecho para merecernos estas películas? ¿Dónde perdimos el norte y permitimos que nos vendieran unos productos tan deficientes? Con todos los medios y recursos de que se dispone hoy en día, ¿cómo se explica que puedan salir estos exabruptos baratos y vergonzosos? Y, sobre todo, ¿cuál es la razón de que puedan reproducirse como cucarachas las copias de estas películas y proyectarse por todo el planeta sin que nadie nos advierta de que ni siquiera llegan a la categoría de entretenimiento?

Quizá la culpa sea nuestra. O seguro. Porque al fin y al cabo lo que importa hoy en día es que en la sala puedas comerte un perrito-dos-salsas, o unas palomitas-sabor-jamón-ibérico, o que la pajita del refresco sea lo suficientemente larga para no tener que agacharte a absorberlo. Y nos hemos olvidado de que al cine le reservaron las musas el número mágico de las artes, igual que Dios creó el domingo al séptimo día para apreciar la belleza de su Creación.

Por eso, cuando la próxima vez alguien os intente atravesar la pupila y el tímpano con una película absurda y repugnante, levantaos y gritad bien alto “¡Viva Zapata!” y arrojad el perrito y las palomitas y la pajita telescópica contra la pantalla, hasta que el fundido en negro sea lo suficientemente multicolor para que Cukor y Hawks y Visconti se levanten de sus tumbas y os aplaudan a rabiar.

Madrid, 11 de noviembre de 2012