martes, 14 de agosto de 2012

El aire que te llene los pulmones

Alienta el aire que te llene los pulmones
Como el cielo que nos cubre te conceda
Pues en todos los lugares que hoy encuentres
Hallarás lo que otros ya no esperan
El recuerdo que en sus sueños solo queda.

Hoy es viernes, venidero y bienvenido.
Es Otoño, Verano y Primavera.
Como todos los pájaros que trinan
Como todos los amantes que se besan
El Invierno aún no tiene la respuesta.

Los susurros sólo sirven como imagen
Del regalo de estos muros y estas piedras
Foto alegre de quienes las hicieron
Paseándolas en aquella vez primera
En que fueron lo que ya por siempre fueran.

Tal murmullo inaudito aletargado
No quebranta el presente enamorado
En que nos mecemos impacientes
Ni reata los cabos desnudados
Que al viento del estío hemos lanzado
Jarcia arriba, corazón pudiente.

Todo ese ayer es aquí aún lejano
Y no eterno recuerdo encadenado.
Es risa imaginada o recreada
Y no resoplar de polvo viejo y olvidado
De corazón de terciopelo ajado
De poeta de luna enamorado.

Mas vendrá el día en que serás también pasado
Y luchará tu voz en las esquinas
De los muros que besaste y te besaron
De los vientos que bebiste y te lanzaron.

Y ese día serás todo sin ser nada
Mas que eco recogido y resonado
Foto alegre de este hoy que te es donado
Luz, murmullo, punto innominado.

Llena, pues, el aire que te quepa en los pulmones
Y que el viento de este viernes sea propicio.

Yale, 11 de agosto de 2012.




sábado, 4 de agosto de 2012

El día en que América no rezó hacia La Meca

La Historia, con frecuencia, tiene estas gracias. Un día, un país se dispone a ser una cosa y, ¡zas!, llega la Gran Señora y lo pasa al extremo opuesto. Vamos, que como en la famosa teoría del péndulo, los vuelcos en este tema son radicales o no son. De todos modos, este apotegma tampoco es patrimonio único de los pueblos, sino más bien extensión a estos del eterno juego del azar con nuestras vidas (¡qué bien visualizado por Wood Allen en la secuencia del anillo y la barandilla en Match Point!).

Porque, ¿acaso hay alguien entre nosotros que pueda decir que nunca ha influido la aleatoriedad en cuestiones trascendentales del devenir de su vida? ¿Alguien que no haya conocido a su pareja, por ejemplo, de pura casualidad? ¿Alguien que pueda explicar que fue siempre consecuencia perfectamente lógica de los acontecimientos precedentes cómo encontró su trabajo o por qué sus amigos son los que son?

Pero volvamos a la historia colectiva y a cómo un hecho puntual puede cambiar el futuro de pueblos enteros desde la raiz. Ejemplos aquí hay los que quieras: los 300 de las Termópilas -poco fidedigna, pero estupenda, por cierto, la película de Snyder- resistiendo contra pronóstico al mastodóntico invasor persa, Aníbal a punto de entrar en Roma que se vuelve a casa inesperadamente, César y su alea jacta est poniendo la puntilla a la República romana, la victoria de Constantino en el puente Milvio, Covadonga y Don Pelayo... ¡Y tántos otros! A veces -como puede verse-, es un continente entero el que cambia de destino. Y no sólo por hechos ocurridos en su suelo o próximos a él, ni siquiera durante el escaso periodo de tiempo que media entre un punto y otro de la caprichosa espiral del tiempo. No; hay ocasiones en que el devenir de todos los pueblos de un gran continente queda duraderamente forjado por acontecimientos puntuales ocurridos a miles de kilómetros de distancia, cientos de años antes de todo lo demás.

Dando un paso más, es perfectamente entendible que en España nos sintamos orgullosos de haber reunificado la historia del viejo y del nuevo mundo, hasta entonces corriendo en paralelo, prácticamente desconocidos el uno del otro -sí, Erik el Rojo puede que llegara a las costas del actual Canadá, pero no lo hizo para quedarse ni desde luego le importó una higa lo que después pasara con los habitantes de aquellas tierras-. Que los barcos, capitanes, pilotos y marineros que acompañaron a Colón en su primer viaje fueran también producto genuinamente made in Spain, que tras ellos llegaran miles más de compatriotas que explorarían toda América y que la Corona española dedicase ingentes recursos para la colonización, explica sin duda que hoy se hable español en la mayoría de los países del continente, entre otras muchas cosas.

Pero que con aquella bandera y aquellos hombres llegara igualmente la Cruz y no la media luna, y que por tanto hoy los americanos recen en Iglesias y no mirando a La Meca, no se debe sólo a los colonizadores que cruzaron el Océano o a la Reina Católica de Castilla que financió aquella empresa. Sí, ellos resultaron los agentes definitivos, pero casi tres siglos antes, en un pequeño enclave de Andalucía, otros hombres y otros reyes fueron quienes evitaron que la historia futura de América se conjugase en árabe.

El pasado 16 de julio, de hecho, se cumplieron 800 años de aquel momento decisivo para ambos mundos, el hispano y el americano. La batalla de las Navas de Tolosa fue realmente el punto de no retorno de la Reconquista por los cristianos, que, tras siglos de inexorable avance, habían visto como el Imperio almohade no solo les había detenido, sino que les había hecho retroceder de nuevo. En tal tesitura, las fuerzas coaligadas de Castilla, Navarra y Aragón, junto a un puñado de cruzados procedentes de otros reinos europeos, se enfrentaron y derrotaron al más numeroso ejercito del califa Al-Nasir, produciéndole tal volumen de bajas que los almohades jamas se recuperarían de ellas. De hecho, en las siguientes cuatro décadas, los cristianos acabarían reconquistando la practica totalidad de la Península, salvo el reino de Granada, que subsistiría doscientos más gracias a los tributos que satisfacía a Castilla, principalmente.

Aquella mañana de lunes, la historia se levantó de la cama y decidió que España, una España que ni siquiera entonces tenía ese nombre, sería definitivamente cristiana o no sería y que por muchos miles más que fueran los combatientes almohades, la gloria sería para los reyes de Castilla, Navarra y Aragón. Y por eso aquel día se decidió que América no rezara mirando a la Meca y que fuera exactamente lo que es hoy.

lunes, 30 de julio de 2012

TODAS LAS VIDAS ESTA VIDA


La vida es una noria
que gira cada día más deprisa: 
al cielo, hoy; mañana, vuelta a tierra;
buscando las raíces y las copas
que se mecen con sus hojas en la brisa;
olvidada de todo estruendo y toda guerra;
paladeando los hoyuelos de las rosas;
suave como el fulgor de una sonrisa
o retando al aire en su entereza,
de todos suya y de suya, propia,
armadura bruñida y guarecida
de lunas, soles y promesas.
 
Y entre todas las vidas, esta vida
te ha vivido cada verso y cada prosa
que escribieron tus deseos y tus penas,
tu saborear cada alegría,
tu despertarte al alba entre las sombras
y deslumbrarte de luz blanca azucena.

Esta vida que te diste en esta vida,
¿es la que debía o algo estorba?,
¿valía así vivirla o aún esperas
que te explique sus pasajes y sus sendas? 
 
Vana ilusión, duda torticera,
pues, si no fueras hoy, ¿qué hoy serías?,
¿cuánto habrías corrido sin tus piernas?,
¿cómo contarías las alondras
que hicieron de tus noches mediodías?,
¿seguirías creyendo en la belleza?,
¿soñarías con todas esas cosas
que desde niño te trajo la partida
que te juegas y te cantan y te anhelan?
 
 

sábado, 7 de julio de 2012

La última frontera (IV)


Seguimos caminando en silencio durante horas. La ligera brisa del noroeste del principio de la mañana fue rolando hasta convertirse en un cada vez más intenso lebeche, extraño desde luego para la época en que nos hallábamos. Como fuera que comenzaba a hacerse molesto, pues nuestro rumbo nos lo oponía casi de frente, decidimos detenernos junto a un sobresaliente conjunto de inmensos cantos graníticos, contra los que apoyamos las espaldas exhaustos mientras nos sentábamos.

Aunque habíamos encontrado algunos pequeños cursos de agua en que ir reponiendo el agua consumida de mi cantimplora, la marcha continuada nos había dejado un hambre atroz, así que saqué de mi zurrón tres trozos de tocino salado, algo de queso y seis galletas -todas mis reservas- y, junto a algunas almendras que llevaba Ta-Au-Ua, comimos disfrutando del descanso.  En silencio.

La comunicación entre nosotros seguía siendo necesariamente no verbal. En la semana que hacía que nos conocíamos, apenas había dado tiempo a que aprendiera yo cinco o seis conceptos en su idioma y ella otros tantos en el mío. Sin embargo, el mismo hecho de que mi misteriosa amada no conociera una sola palabra en latín confirmaba que había alcanzado mi destino, pues en los mares y costas que hasta ahora había recorrido -que eran por cierto también todos los conocidos- se manejaba desde luego la lengua del Imperio.

Por otro lado, y precisamente por mis muchas andanzas, había tenido oportunidad de escuchar multitud de lenguas y sonidos que, aunque desconocidas en su contenido, no eran en cambio ya extrañas a mis oídos. Frente a ello, los vocablos que emitía la dulce boca  de Ta-Au-Ua me resultaban por completo distintos a cualesquiera otros escuchados antes. Su silabeo resultaba del todo diferente  y contenía incluso sonidos que era incapaz de asociar con letra alguna. No es que fueran ásperos -al margen de que al modularlos los carnosos pero armoniosos labios de mi musa tampoco lo hubiera notado-, pero la contracción de algunos de ellos producía explosiones fonéticas para mí irreconocibles. Cinco años antes, tras ser arrastrado por una tempestad al doblar las columnas de Hércules, mi tripulación y yo llegamos a una aldea remota junto al gran desierto, poblada de altivos lugareños que apenas manejaban el latín. Eran de considerable estatura y lo oscuro de su piel contrastaba vívidamente con el muy claro color de sus cabellos y ojos. Allí permanecimos cerca de dos semanas, mientras reparábamos nuestra maltrecha nave. Pues bien, aunque no fueran identificables, algo había en la lengua de Ta-Au-Ua que me recordaba la que allí hablaban. Y tenía sentido que así fuera, pues si lo pensaba, aquélla era la tierra conocida más próxima a la que ahora hollaba.

Tras terminar nuestra última galleta, ofrecí a Ta mi cantimplora. Ella sonrió agradecida y bebió, devolviéndomela para que yo hiciera lo propio. El frescor del agua en mi garganta terminó de relajarme y, viendo que mi diosa también mostraba inclinación a ello, nos quedamos sin más dormidos, acurrucada su cabeza en mi hombro, mi brazo derecho cruzando su abdomen, venciéndonos sin más a la molicie más reparadora, solos sin importarnos, el uno junto al otro, felices.

Madrid, 6 de julio de 2012

lunes, 2 de julio de 2012

SOMOS ONCE



Y cuatro. Y diecisiete.

Somos un canario y un catalán y un madrileño y un burgalés.

Ellos marcaron ayer, sí, para asombrar al mundo; para escribir lo que nadie antes había escrito. Y con ellos, marcamos todos. Pero también somos cada uno de los demás que lo hicieron posible. Los que dieron los pases y dibujaron nuestra memoria para siempre; los que hicieron las paradas que cuando niños ya soñamos; los que defendieron impecables, limpios, como sólo los que aman lo que tienen saben hacer, y los que corrieron sin balón diciendo “aquí me tenéis”, “yo también juego con ellos”, “yo también soy ellos”.

Somos los que no se rindieron nunca, los que sufrieron las críticas -¿quién puede no hacerlo realmente?- y aceptaron que sólo desde la inmensa humildad de lo grande iban a poder acallarlas. Somos los que se abrazaron conscientes de que todos eran nosotros, de que todos éramos ellos. Somos senyeras y cruces de la Victoria sobre fondo azul. somos ikurriñas y banderas inventadas pero ciertas. Porque, sí, somos todo lo que queramos ser. Y somos un inmenso rojo y gualda y un hermoso escudo con dos columnas marcando que siempre se puede llegar más lejos, si nos lo proponemos.

Somos Goya y Velázquez, Manolete y el botafumeiro, el Teide y Formentor, Pizarro y Bailén, Picasso y Dalí, El Escorial y los últimos de Filipinas. Somos tres velas al viento rompiendo el Atlántico hacia el ocaso, donde nadie se atrevía a ir. Somos guerra y posguerra a dos velas y mucho estómago -vacío- con que aguantarlas. Somos paro y emigración, dolor del exilio, soledad y añoranza, pero siempre mirando al frente, como los que nos trajeron.

Y somos arrojo y pelea, limpia como la mañana o turbia entre el fango cuando toca, en las trincheras de Holanda o ante los holandeses en Sudáfrica. Somos, simplemente, padres y madres y hermanos. Y, sobre todo, somos hijos; de todos los que lucharon por hacernos hoy lo mejor de lo que fuimos.

Por eso, por recordarnos sencillos todo lo que somos, gracias a los once, a los cuatro, a las diecisiete, a los millones que hoy brillamos en el cielo en pleno día. Gracias por ser lo que somos.


Madrid, 2 de julio de 2012

sábado, 16 de junio de 2012

Romper amarras


Rompería, hoy, esas amarras
que nos atan la conciencia de ser libres.
Mataría los duelos
y los cisnes
que no supieron predecir que era Verano
y se lanzaron, solos, viento en mano,
en busca de otro Sur
en pleno mayo.

Quiero plantar etérea la semilla
del vuelo de tu falda en mi memoria;
arrebatar al aire toda excusa
y prenderme para siempre de tu escote.
Quiero  pisar la arena de tu playa
buceando sobre el filo de ese abismo
que nos quiere separar cada mañana;
arrostrar los peligros y batallas
que nos hacen ver en cada paso lo que vale;
y respirar en el cuenco de tus manos
hasta beberme enteros tus caprichos.

Y en todo y por todo despertarme,
como antaño, olvidado de quebrantos,
solo en tus ojos, los tuyos en los míos,
atravesados por la flecha y sus secretos,
las velas hacia el cielo,
capaces, fuertes, ciertos,
libres las amarras,
como sueño.




Madrid, 5 de junio de 2012

domingo, 3 de junio de 2012

Esa inmensa suerte



La memoria es una ramera traicionera que oculta sus sentimientos bajo capas y capas de maquillaje. Transforma tus errores en caprichos del destino. Agiganta tus aciertos hasta divinizarlos. Muta lo gris en plata y lo amarillo en oro. Y te alza por encima de ti mismo.

Así se explica lo que la sabiduría popular percibió desde que tuvimos uso de razón, los poetas cantaron ya hace siglos y la psicología describió muy posteriormente: que un mismo suceso siempre es recordado de modo distinto por quienes lo presencian, incluso si se trata de meros espectadores no afectados personalmente por las consecuencias del mismo. Y su variante: que la configuración del suceso en nuestra memoria varía igualmente con el transcurso del tiempo, llegando a integrar una vivencia muy alejada de la que realmente fue.

En la práctica cotidiana en los Tribunales de Justicia, tal máxima de experiencia se comprueba una y otra vez, hasta el punto de que muchas veces se observa a quien, sin tener realmente ningún interés en el pleito, narra un hecho pasado de un modo contrario al que el resto de las pruebas han configurado claramente, pero haciéndolo con tal convencimiento de su realidad que resulta evidente que cree que en verdad ocurrió así.

Con todo, ésa es la magia y la gracia, supongo, de nuestros recuerdos. Como la de todas las cosas que merecen la pena, que para llegar a ellas hay que quitarse todas las corazas con que nos hemos ido blindando a lo largo de la vida. Por eso, cuando desnudas tu pasado de mentiras y auto justificaciones, cuando quedas solo frente al espejo y te ves como eras pero más viejo, puedes llorar o reír, puedes amargarte o alborozarte, sentirás las más de las veces ese agridulce, frío y cálido sabor de la nostalgia o llevarás luto por todos los que se fueron yendo por el camino, los que despediste y los que no pudiste saludar antes de que se marcharan... Pero, sin duda, en ese momento, podrás decir que eres, sin disfraces, sin adornos, simplemente quien quisiste y pudiste ser. Y que tu vida, mejor o peor de lo que jamás imaginaste, fue y aún será única e irrepetible. Como todas las cosas que merecen la pena. Como la sonrisa de un niño tras pintarrajear un monigote. Como los besos que te daba tu madre al arroparte. Como el primer baño en la playa aquel Verano. Como los labios de aquella tu primera novia sin saberlo. Como los ojos bien abiertos de tu hijo recién nacido. Como la dolorosa ausencia de quien falta. Como el día que te arrojaron del paraíso. Como el que descubriste que nadie podía privarte de él. Como la luz naranja de aquella luna... 

Y en ese mismo instante, sólo entonces, comprenderás tu suerte; la inmensa suerte de haber sido.



miércoles, 23 de mayo de 2012

Tocar los huevos


Esta España ingrata y malparida es así. No se trata de libertad de expresión frente a respeto a los símbolos comunes. Tampoco de "progres" contra "carcas", derechas contra izquierdas ni primos contra primas. De hecho, aunque sea ésa la excusa, ni siquiera es realmente una cuestión de nacionalismo de extrarradio frente a centralismo homogeneizador. No, es algo mucho más sencillo y tan hispano (mal que les pese a quienes pretenden distanciarse del concepto) como Numancia o Viriato (lusitano hispano como el primero), don Pelayo o Covadonga, Jaume "el Conqueridor" o las Navas de Tolosa, Don Juan de Austria o Rocroi, el Almirante Blas de Lezo (guipuzcoano hispano como el que más) o Cádiz resistiendo al francés durante treinta meses, el "no pasarán" o Belchite... Vamos, que se trata simplemente de llevar la contraria, de convertir algo que todo el mundo da por supuesto exactamente en su contrario, de trastocar lo obvio en lo inesperado, de rebelarse contra todo y contra todos, de decirle en cada momento a los amos del mundo que aquí sólo mando yo y mis paisanos, que para eso somos de Almagro, o de Pasajes, o de Vilanova y la Geltrú o de donde nos salga de las narices. En definitiva, de tocar los huevos.


Porque, digo yo, a alguien se le ocurre cómo si no se tiene que llamar la propuesta que algunos de nuestros insignes castizos (de casta -claro está- política) nacionalistas de barretina, txapela y zueco, han realizado de pitar al himno y al Príncipe para la final de la Copa. ¿Pero qué Copa creen que iban a jugar los que ahora invocan como sus equipos cuando se apuntaron al principio del curso? ¿La "Copa Champiñón" del "Mario Kart", tal vez? Pues entonces, ¿a qué cuento viene protestar ahora contra el Rey en la persona de su hijo? Protéstale lo de pegar tiros a los pobres paquidermos, que ciertamente tiene poco pase a cualquier hora, pero menos aún con la que nos están dando de todos lados y a su edad. Pero... ¿pitarle al Príncipe en la final de la Copa del Rey? ¡Coño, es como pitarle al cura cuando en tu boda te pregunta si quieres a tu futur@ -inmediato, pero aun futur@- como espos@! ¡Si nadie te ha dicho que te cases! ... Lo has decidido tú solit@, ¿no?; pues entonces, coherencia, macho, y a apechugar con las consecuencias. Y los huevos te los tocas tú o se los tocas a tu pareja, si se deja y le gusta, pero no a los demás.



Pero se trata de eso, precisamente, de tocar los huevos, que ciertamente y los siglos lo demuestran, es lo que mejor sabemos hacer en esta maravillosa heterogeneidad que es España. Así que, como va en nuestra idiosincrasia, a pitar todo el mundo... Y que el borbón se entere de cómo es el país sobre el que -si ni la Merkel ni nuestros gobernantes acaban por fastidiarlo- algún día tendrá que reinar.

sábado, 12 de mayo de 2012

TA-AU-UA


“Ta-Au-Ua”. Supe que todo iba a ser distinto en el mismo momento en que me llevó la mano a su pecho y pronunció por vez primera aquellas tres sílabas que, casi susurradas, salieron sucesivas de su boca, mientras sus inmensos ojos verdes me confirmaban que así se llamaba. Nuestros cuerpos respiraban acompasados; sus pies acariciando los míos; mis labios apoyados en su frente. La intensidad con que nos habíamos amado en silencio aún se agolpaba en nuestras sienes y una sensación de profundo bienestar y complicidad nos envolvía. Nada tenía importancia más allá del calor que nuestros cuerpos disipaban y cómo retenerlo y evitar que con él se fuera para siempre la magia de aquel momento.

No había sabido hasta ahora su nombre, ni falta que me había hecho. Sin siquiera una palabra, la había conocido tan profundamente como se puede conocer a alguien después de una vida entera. Sus ojos me habían hablado más que los muchos libros que había leído; sus manos habían dibujado signos, hasta entonces completamente desconocidos, que condensaban en un solo trazo todos los significados importantes; su lengua y sus labios habían abierto mi entendimiento sin necesidad de emitir ningún sonido; su piel se había vuelto translúcida para permitirme ver a su través un mundo de maravillas infinitas.

Y todo había ocurrido en silencio. Sin preguntas. Sin respuestas. Sin reglas, compromisos ni acuerdos previos. Simplemente como iba surgiendo. Como íbamos decidiendo a cada paso que queríamos que fuera. Como nos demandaba cada caricia que nos regalábamos. Como nos apetecía.

Desde que abandonara la niñez, hacía ya muchos años, no había vuelto a sentir esa sensación de libertad, sorpresa y emoción al mismo tiempo. Era como si de nuevo persiguiera los peces plateados en las playas de mi infancia. Como tumbarme  otra vez al sol en la arena y reír las gracias de la pandilla... Volvía a tener nueve años. Y con ella. El mundo era perfecto y completo. Como cuando entonces.

-Vitelio -le dije despacio, llevando su palma igualmente a mi pecho-. Quinto Aulio Vitelio -completé deteniéndome en cada palabra.

Ella asintió en señal de entendimiento y repitió mi nombre y después el suyo, uniéndolos en una cadena silábica para siempre ya inquebrantable. Y me volvió a besar mientras, a lo lejos, un viento fresco comenzaba a desperezarse con el día, feliz de saberse recién nacido, consciente de que algo maravilloso había comenzado, aunque desconociera por completo de dónde había surgido ni lo que le esperase al caer de la tarde.