sábado, 24 de febrero de 2018

PARA CUANDO UNO ESTÁ MUERTO Y NO LO SABE

PARA CUANDO UNO ESTÁ MUERTO Y NO LO SABE

Hubo un hombre que anunció su nacimiento
Por supuesto mucho antes de que fuera
Y algunos que lo oyeron se escamaron
Sorprendidos de tamaño atrevimiento.


Hubo un loco que entendió que estaban cuerdos
Los que andaban buscando en cada espera
La razón que les faltaba y que no hallaron,
El olvido que no había en sus recuerdos.


Hubo un niño que escaló por la ventana
Abierta desde antaño por los dueños
De los días, de las noches, de los sueños,
Y en su ascenso fue la tarde y la mañana,
El más grande de entre todos los pequeños.


Hubo un viejo que esperó que todo fuera
Ya por siempre lo que nunca fue su herida:
Bien nacida, bien hallada, bien venida,
Un camino claro y cierto en la quimera
Infinita de la muerte y de la vida.


Hubo tántos que no hubieron ya palabras:
Locos cuerdos, olvidados con memoria,
Dueños viejos de esperanzas sin historia,
Niños magos de ale-hop y abracadabras.


Y en todos los que hubo nos hubimos.
Puros versos de un poema inacabado.
Cuna, vida, muerte, adiós, olvido.




domingo, 8 de octubre de 2017

JO VULL

Jo vull una Catalunya lliure
Lliure de intoleràncias i de divisió
Lliure de bons i de mals
Lliure de insults i de assenyalaments

Jo vull una Catalunya oberta
Oberta al món, al mar i al cel
Oberta al temps que ha de venir
Oberta al temps que ha passat

Jo vull una Catalunya lliure
Lliure per a ser la Catalunya gran del nostres pares
Lliure per a ser el pont de platja de la Espanya diversa i il-lusionada
Lliura per avançar tots junts com fins ara, fins i tot més junts, si és possible

Jo vull una Catalunya sense por
Sense por al que diguin els altres
Sense por a la diferència
Sense por a ser germans

Jo vull una Catalunya lliure
Jo vull una Catalunya plena
Jo vull una Catalunya gran
Jo vull una Catalunya orgullosa
Per cinc-cents anys més d´unió
Jo vull la meva Espanya per sempre
Jo vull una Catalunya lliure
En una Espanya orgullosa



Madrid (el cos), per a Barcelona (el cor), 8 de octubre de 2017


viernes, 18 de agosto de 2017

Barcelona

BARCELONA


lucharé por la Barcelona mía 

lucharé por cada plaza y cada calle 

lucharé desde Montjuic al Tibidabo 

desde el Tramvia Blau hasta la Boquería lucharé 

la Pedrera y el Turó Park serán mis bases 

y Diagonal arriba vendrán mis tropas a rearmarme 

como cuando los sueños de mi infancia 

lucharé por los tiempos de mis padres 

y sus padres y los padres de éstos antes 

lucharé junto a las tardes de mis tíos en la guerra 

que ganamos y perdimos y vivieron 

los jueves sin clase, los días de alambre 

los recados y los bailes, los disfraces 

las pajaritas negras, los retales 

hechos de trozos de aire 

los exámenes perezosos que no sabían 

dónde encontrarles 

lucharé hasta sonsacarles las palabras 

que llenaron los silencios innombrables 

lucharé a brazo partido por recordarles 

que Barcelona es tan mía 

como lo fue de mis padres y abuelos 

y todos antes 

lucharé mientras mi voz tenga un suspiro 

y mi corazón, aún dañado, siga hablando 


ATM


miércoles, 31 de mayo de 2017

CONDENADOS

CONDENADOS

La cita que te iba a pedir caducó en mis labios
Como se marchita la flor que no se abre
Y deja que el viento del estío
Selle seco sus colores ya invisibles. 
Fue aquella palabra no dicha
Quien cautivó para siempre mi memoria
Y la encerró en la torre más alta
Del castillo en que aún vaga mi espíritu,
Espectro inevitable y desvaído.

Ante tu inmensidad refulgente, frente a tus ojos de esfinge,
Los míos claudicaron, incapaces, indolentes,
Y, como el mortal se postra ante los dioses,
Rehusaron verte entera y huyeron al caer la tarde,
Al abrigo de las sombras.

De entonces aquí todo fue ese momento,
Ese inevitable comprender que soy pasado
Y que el cielo que me estaba prometido
Yo mismo lo inferné sin juramento. 

Pues al cabo al fin hoy he entendido
Que la vida no presente ya no es vida
Y que estamos condenados al olvido.


Madrid, 10 de octubre de 2014

(Finalista del IV Certamen Umbral de Poesía – Valladolid, 2017)


sábado, 13 de mayo de 2017

TAL VEZ MAÑANA

Sé que no lo vais a entender. Sé que vais a pensar que me he vuelto loco o, los más generosos, que la presión ha sido demasiado fuerte y ha podido conmigo. Si no fuerais todos amigos míos, puede que dijerais que soy un caprichoso, un egoísta o simplemente un gilipollas. Tal vez consideréis que se trata de algo pasajero y que no hay de qué preocuparse, pues volveré pronto a entrar en razón. Algunos incluso puede que os digáis que me va a sentar bien, que me ayudará a valorar mejor la suerte que tengo, que podré regresar renacido como el fénix. Sé que en el fondo de cada uno de vosotros, es miedo lo que sentís; miedo empático, sí, pero miedo. Miedo a que tire mi vida por la borda. Miedo a que eso que se llama éxito coja la puerta y se vaya. Miedo a que tantos años de esfuerzo y dedicación, todo ese trabajo empleado en llegar aquí, haya sido al final inútil. Miedo a que me equivoque, sí. Ese miedo.

Pero sé que aún teméis más otra cosa. Sé que lo que os aterra es algo más complejo. Porque a mí también me ha aterrado todos estos años. Sé que lo que más miedo os da es que esté en lo cierto. Que esta locura mía sea la decisión más cuerda. Que renunciar a este mundo de éxitos y agasajos, de confort y de materialidad, sea lo más inteligente que uno puede hacer. Y que todos y cada uno de vosotros lo tengáis igualmente claro. Porque, en definitiva, sé que el miedo con que nos alimentamos desde que somos niños, el miedo a fracasar, es el principal fracaso de nuestras vidas.

Desde luego que, si no fuerais todos amigos míos, si no me conocierais, diríais que soy un imbécil. Y puede que lo sea, pero como diría el poeta, "imbécil soy, mas imbécil enamorado". No, no pongáis esa cara: no tengo ninguna aventura; sigo amando a Montse y ni se me ha pasado por la cabeza -bueno, alguna vez sí, pero como a todos, ¿no?- buscar el sabor del amor en otros lares. De eso ya supe antes de que nos comprometiéramos. Y sabéis que yo cumplo mis promesas.

Así que no os confundáis: mi amor no ha cambiado de dirección ni los 50 que estoy a punto de cumplir han desatado crisis hormonal alguna -o quizá sí, pero no de ese tipo-.

La cuestión es mucho más simple.  La cuestión es que quizá el éxito sea otra cosa. Y que vivir sea lo importante. ¡Qué tontería! Eso está claro. ¿Pero acaso buscar el éxito no es vivir? Pues depende de lo que estemos dispuestos a entregar a cambio. De que sólo arriesguemos para llegar a esa meta que un día nos fijamos y de que nos olvidemos de que el camino en sí es la gran oportunidad que se nos ha dado. Y que si el fin nos impide disfrutarlo, es que el fin hace tiempo que ha empezado.

Por eso hoy he decidido colgar la toga y descolgar las máscaras de tragedia y comedia (del teatro griego, no os asustéis), y la cámara, la pértiga y el foco del séptimo arte, y los lápices de colores de poeta, y la máquina de escribir (nada que ver con el triste teclado) de novelista antiguo y el metrónomo y la escuadra de dramaturgo y...



- Despierte Vd. haga el favor -la voz suena familiar, poderosa y cercana, por más que no sepa identificar cuál es su origen-. Al Tribunal le gustaría conocer las razones que sustentarían la pretensión de su cliente. ¿Podemos escuchar, pues, su alegato, o hemos de seguir esperando a que regrese Vd. de allá donde se encuentre?

Agito la cabeza, aún aturdido, mientras apresuro azorado una explicación:

-Disculpe Sr. Presidente; no sé qué me ha pasado... Tal vez que ayer acabara otra vista en la Sección Cuarta a las once de la noche y después de casi ocho horas ininterrumpidas. De verdad que lo lamento. En compensación, y para tranquilidad del Tribunal, seré breve: Para solicitar una sentencia absolutoria para mi patrocinado con todos los pronunciamientos favorables...

Definitivamente hoy no es aún el día. Tal vez mañana

viernes, 27 de enero de 2017

Todavía hay jueces en Berlín

Hoy he comprobado que todavía hay jueces en Berlín. Pero, por desgracia, no los del Gran Federico, que se solazaba de que la Justicia no fallara a su favor, sino de los de la mucho más oscura época que comenzó en 1933 y acabó un día de primavera de 1945. Sí, todavía hay jueces del Tercer Reich. Y están aquí, en España. (Preciso y rectifico ya de entrada: gentes que fueron jueces y pretenden volver a serlo en un mundo hipotético en que las botas de caña alta volvieran a imponerse a la Ley y los votos de unos -por el hecho de ser muchos- pudieran justificar la aniquilación de los derechos de los demás.)

Leo en El Mundo de hoy mismo la noticia de las afirmaciones vertidas por el ¿ex? juez Vidal en una conferencia de noviembre pasado y me alarmo. ¿Cómo no hacerlo? El ¿ex? juez Vidal, con su aspecto de figurante en algún entremés auroseculado, con su mirada perdida en la Babia catalana, advierte sin empacho de que la futura República catalana ya es un hecho -diferencial o no- en al menos tres aspectos concretos: tiene fichados a todos los ciudadanos (al haber obtenido -de un modo que se reconoce abiertamente ilegal- los datos fiscales de los catalanes), dispone de una unidad especial de los mossos d'escuadra preparada para el contraespionaje y conoce la ideología de cada uno de los 801 jueces que ejercen en Cataluña y sabe en consecuencia quiénes se irán y quiénes se quedarán cuando sea proclamado el nuevo Estado.

No sé con qué alarmarme más, la verdad. Pero como siempre hay que empezar por algo, hagámoslo por el principio. 

El ¿ex? juez dice que ya tienen -ellos, los adalides de la libertad del pueblo catalán, claro- los datos fiscales de todos y cada uno de los ciudadanos de ese mismo pueblo. No sé si tienen los míos -hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de catalanes desde al menos el s. XIII-, porque vivo en Madrid. Tampoco sé si me consideran un catalán cuya libertad deban tutelar (aunque tras la lectura de lo que aquí escribo -si es que el ¿ex? juez tiene interés en leerlo, lo que también dudo- sí tengo claro en qué lista de las suyas me situará). Pero lo tremendo, lo simplemente insoportable, es que se reconozca por el ¿ex? juez que los datos ya están en su poder y que los han conseguido quebrantando la Ley. Debiera el Sr. Vidal -si es que no lo estudió en su momento- recordar lo que dice el Código penal sobre el particular; aunque sólo sea por curiosidad y al margen de que tenga el ¿ex? juez igual de claro que su imaginario Tribunal Supremo catalán vaya al día siguiente de su constitución a descollonarse de las leyes del Estado español, empezando por las penales.

Lo segundo también es para nota (por cierto, que me asalta la terrible duda de saber cuál le pondrían al Sr. Vidal en la oposición que le permitió decidir sobre los derechos de los ciudadanos españoles durante los años en que lo hizo). Dice el ¿ex? juez que un estado no europeo está asesorando la formación de una unidad de los mossos en antiterrorismo y contraespionaje. ¡Qué intriga, pardiez! ¿Quién será el buen samaritano: Corea del Norte, Venezuela, Cuba...? Cualquiera de los tres, desde luego, sabe de contraespionaje, aunque no me resulta tan evidente que pudieran enseñar mucho en materia antiterrorista. Claro que en esto también puedo equivocarme. 

Y last but not least (anem, noi, que ja estem acabant), un mensaje muy claro: 801 jueces que ejercéis (Vd. no, claro, Sr. Vidal) en Cataluña: sabemos cómo pensáis, así que en la futura República catalana, es fácil: los que ya pensáis como debéis, seréis benvinguts; los demás, ya estáis marchándoos. Así, con dos collons y sin barretina. 

Si no fuera porque también decían que el Tercer Reich iba a durar mil años,  me preocuparía. Si no fuera porque los jueces del Tercer Reich firmaron miles de sentencias condenando a muerte a los enemigos del pueblo alemán, me despitotaría. Si no fuera porque amo profundamente la tierra de mis antepasados, donde siguen viviendo familiares y amigos a los que igualmente quiero, no escribiría estas líneas.

Ave Málaga-Madrid, 27 de enero de 2017.



viernes, 11 de noviembre de 2016

COHEN NIEVA

Un mismo amanecer y dos zarpazos al unísono. Despierto con las dos noticias desde la pantalla de mi móvil, en que suelo consultar la prensa nada más abrir los ojos. Es una de esas manías posmodernas que supongo comparto con millones de personas más. Me pregunto cuántas de ellas habrán experimentado la misma sensación esta mañana: la de haber perdido de golpe a dos personas que, aún sin conocerlas personalmente, entendía casi parte de mi familia, parte entrañable de mi vida.

Tampoco es -digámoslo sinceramente- que les hubiera seguido asiduamente ni degustado su obra con mínima continuidad. Del poeta canadiense por supuesto que había oído desde niño sus asombrosas canciones, desmechadas y vueltas a hilar a través de ese profundo timbre que desplegaba con su voz. Las escuchaba y volvía a escuchar cuando alguien las ponía, y las paladeaba mientras seguía haciendo lo que fuera que hacía. Pero jamás compré un disco suyo -cuando los discos aún se compraban- ni se me ocurrió ir a uno de sus conciertos. Y no me pregunten por qué, porque no les sabría decir; como tantas otras cosas que no hacemos y que sólo cobran sentido cuando ya no podemos hacerlas.

Del dramaturgo español, aún menos. Sólo fui consciente de su existencia a finales de los 80 (cuando, por cierto, como toda vida universitaria que se precie, la mía era un permanente ir y venir y entusiasmarse). Y lo hice apenas incidentalmente. Nunca acudí a ninguna representación de sus obras ni recuerdo haber leído una sola de ellas, aunque sí muchos de los artículos que publicaba, y prácticamente todos los aparecidos en los últimos años en La Razón, donde -desde la altísima atalaya de su lúcida longevidad- ajustaba cuentas con un pasado que evidenciaba que la fantasía literaria casi nunca supera a la realidad de la que se nutre. Leía y un mundo que parecía también mío se abría ante mí. Pero enseguida volvía a lo que tuviera que volver y punto.

No sé, pues, por qué, pero Leonard Cohen y Francisco Nieva, Francisco Nieva y Leonard Cohen, ocuparon en mi vida un mismo espacio común: el de los referentes líricos, sí, pero sobre todo, el de sentirlos cercanos sin apenas conocerlos. Eran como esos abuelos descubiertos a través de las fotos o las semblanzas de nuestros padres o tíos pero a los que, o bien nunca llegamos a tratar, o murieron cuando apenas éramos niños. Ambos vivían en esa parte de mi mente en que mezclamos leyenda y realidad, mito y conciencia. Y lo hacían sin que pueda explicar bien por qué; qué fue, en definitiva, lo que hizo que les abriera esa puerta. Lo cierto es que cualquier mención a sus personas, cualquier noticia o referencia que se cruzaba sobre cualquiera de ellos y su imagen se formaba con nitidez frente a mí como si los tuviera enfrente y me estuvieran mirando, callados y sin gesto alguno en el semblante, serenos y reflexivos, como si no necesitaran decir nada, pero al tiempo, como si quisieran decirme muchas cosas.

Por eso hoy al abrir la prensa en el móvil y ver las dos noticias casi seguidas, he comprendido por fin que efectivamente formaban ambos sin duda parte de mí y que, desapareciendo de aquí, algo de mí también ha de irse con ellos. Aunque sea sólo para que pueda encontrarlos de nuevo más adelante y decirles -ahora sí- todo eso que no les dije.


Madrid, 11 de noviembre de 2016.


lunes, 18 de julio de 2016

De toros, dragones y hombres

Vaya por delante: no me gustan las corridas de toros; no las entiendo, ni veo en ellas nada artístico ni hermoso. Fui una sola vez a una, hace años -con la mucha fortuna de que, según los entendidos, fue una de las mejores de la historia reciente española- y me salí en el cuarto toro. Así que ya ven: de taurino, nada. Ni por dentro ni por fuera. Ni con Verónicas ni por chicuelinas. Los encierros, pase; pero matar toros en la plaza, decididamente no. 

Dicho esto, voy directo al grano: ¿qué clase de anormalidad evolutiva ha producido esa sorprendente chusma que, invocando una supuesta superioridad moral, se regodea con la muerte de un ser humano? ¿Cómo se explica que alguien que dice amar a los animales pueda excretar tamaño odio hacia otro animal -éste de la especie humana- que también muere en la plaza? Esas personas que escriben con tan hiriente furia sus miserables diatribas, ¿pueden acumular toda esa purulenta bilis en su cerebro sin que les estalle o piensan y dicen eso precisamente porque de tanto odiar hace tiempo que se les descompensó la cuestión mental?

Explíquenmelo, porque no lo entiendo. ¿De verdad alguien puede sentir todo eso y no merecer tratamiento psiquiátrico? ¿Por qué, entonces, andan sueltos? Si lo que dicen que les gustaría que pasara con otros toreros e incluso con sus familias pudieran llevarlo a cabo ellos mismos sin consecuencias, ¿no es razonable pensar que al menos algunos serían capaces de hacerlo por sí mismos? Sí, ya sé que en esa caterva no abundan precisamente los que se atreven y menos cuando eso exige estar frente al otro y no cómodamente escondido tras la pantalla sobre la que vomitan. Pero, aún con todo, si pudieran asegurarse la impunidad, ¿no cabe pensar que alguien capaz de desear tanto mal podría inflingirlo? Y eso, como en Minority Report, ¿no debiera ser suficiente para encerrar al individuo en una cómoda celda acolchada con vistas a una hermosa pradera con animales pastando?

Quizá tuviera razón el gran Marx -Groucho, obviamente, no el otro-, con aquello de que nunca pertenecería a un club que admitiera a alguien como él como socio. Porque, definitivamente, si en el mundo animal caben ejemplares como los que piensan y escriben esas cosas, quizá debiéramos pensar en migrar a alguno de los demás reinos, aunque sea al de los Ándalos, y dejar que Daenerys de la Tormenta nos consuele mientras sus dragones vuelan libres más allá del Mar Angosto.


domingo, 29 de mayo de 2016

El loco del espejo

La poesía no ha de ser veraz. La narrativa tampoco tiene por qué serlo, desde luego, pero en su mano está la opción de recrear una historia verdadera, de fabular por completo o de mezclar ficción y hechos ciertos. La poesía, por contra, tiene el deber de situarse al margen de los hechos. Al poeta le importa el hecho como a la mariposa el aire que la circunda: es únicamente un entorno, una circunstancia necesaria para que pueda desplegarse la belleza, las alas de colores y su danza, su deliciosa danza sin concierto. Pero el hecho no importa más allá de esa condición y, sobre todo, el hecho no debe condicionar en absoluto la expresión poética o, al menos, no debe orientar el alcance de una suerte de verdad poética.

Hubo un tiempo en que al poeta se le exigió ser cronista de su época. El propio Neruda así llegó a epigrafiarlo. Y mucho antes, otros muchos también así lo entendieron. Podría decirse incluso que la poesía, en tanto composición rimada y ritmada, nació como crónica, legendaria o no, pero siempre apegada al hecho histórico o mitológico, sin disociarse de éste. La Iliada, desde esta perspectiva, sería poema al tiempo que crónica. Y el Cantar del Mío Cid. Y tantos otros.

Pero esa poesía, hoy, carece de sentido. Tanto como construir pirámides para enterrar a nuestros reyes. A lo mejor podríamos hacerlas de un modo más grandioso aún que hace 5000 años. Pero nos resultaría un ejercicio hueco, desnortado, tristemente artificioso.

Así también la poesía. Hoy rimar “Apolo” con “tesoro” o “Jimena” con “almena” puede ser un entretenimiento a lo Don Mendo. Puede incluso que ripiar el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de hace afortunadamente tanto fuera en su día un hit que ya lo quisieran para sí los más rabiosos de nuestros poetas actuales. O que los cantores de pendiente, peta y gibson les paul puedan ser llamados legítimamente poetas. Pero eso no será bastante para negar que la poesía y el hecho beben de distintas realidades y que el poeta, si quiere realmente ser honesto consigo mismo, ha de dejar a un lado razones programáticas y mecerse en los brazos de la palabra susurrada por el loco que habita el interior de nuestros deseos; el que sabe que detrás de un árbol azotado por el viento hay más verdad que en todos los diccionarios y enciclopedias; el que conoce el sabor del amanecer frente al mar o de la lluvia repentina en verano; el que sonríe cada vez que le preguntan por qué sonríe y llora cuando le inquieren por qué llora; el que sigue sin saber cómo empezó a amar ni cuál será el último día en su calendario. Ese loco que algún día nos miró desde el otro lado de un espejo cuando niños y nos cambió para siempre la perspectiva.


Madrid, 29 de mayo de 2016




sábado, 16 de enero de 2016

LA MOSCA, EL PASTEL Y EL REY DESNUDO


Leer el último libro del último periodista ciclostil y darse cuenta de lo que crujen sus cuadernas es bien sencillo. La razón para la culpa y la culpa de la razón son evidentes: demasiada influencia de una sola fuente y demasiada complacencia con el sentido de la corriente. Es como la vieja fábula del rey desnudo, pero en el plan cutre que esta modernidad siglo XXI parece haber impuesto.

Me explico: me parece una auténtica estafa que el cronista oculte su condición de vocero. Incluso las grandes figuras del Medievo y la Edad Moderna dejaban a las claras por quién bebían los vientos, a quién se trataba de dejar bien aunque no lo mereciera y de quién en definitiva eran sus textos -y sus bolsillos- deudores eternos. Fuese el gran Hernando del Pulgar -cronista oficial de Castilla en tiempos de los Reyes Católicos- o el pequeño Silvestre rediseñando la “Crónica de Néstor” –menos conocida por nuestros lares, pero tanto o más divertida-, no había duda alguna de cuál era el plan que subyacía en sus obras. Allí el monarca bueno era tan bueno que el lector (o el oyente, pues lo normal es que el lector entonces fuera analfabeto), se iba a casa con las ideas suficientemente claras. Que luego, cuando se lo permitiera una pequeña holganza, se parase a pensar y se escamara de tanta bondad, ya era otra cosa. De hecho, gracias a esta falta de sutileza, se podía entender perfectamente por qué a veces (pocas, querido Watson), el rey bueno hacía cosas malas: porque le obligaban los malos, que si no…


Aquéllos eran cronistas a cara descubierta. Su verdad debía divertir y asombrar, pero dentro de unas reglas bien claras: a mi señor, todo; contra él, nada. Y el lector/espectador se divertía o asombraba, cuando la historia era buena, o tiraba berzas podridas al recitador o le molía a palos, cuando era un solemne tostón. Pero nadie se preguntaba si la fuente era fidedigna o no, ni si la narración hubiera sido distinta en manos de otro. Hubiera sido como cuestionar si la risa es caprichosa o el dolor indefectible.

Hoy en cambio la petulancia de creerse la fábula parte del propio escribidor, para quien no hay otra realidad que la que defiende, ni otro señor que su prisma vital. Son rehenes de su caminar por el mundo y de su entendimiento de que los buenos son siempre los que piensan como ellos y los malos los que ven las cosas de un modo distinto. Y hasta se jalean orgullosos de que, gracias a ellos, la sociedad pueda recibir una información plural y no quedar en manos del bando contrario. ¡Y ay del que pretenda ir por libre! Si no se incorpora a una de las corrientes imperantes, y a poco que eleve su voz sobre el discurso autorizado, será de inmediato señalado como sospechoso y condenado y ejecutado al mismo tiempo, que tales juicios es así como funcionan.

Lo malo es cuando, junto a atacar a los que exponen sus ideas sin colegiarse previamente, todas las corrientes se ponen de acuerdo en algo más y deciden que, en tal o cual cuestión, la verdad es única y así debe ser revelada. Porque, en esos casos, es al público al que se quiere convertir en brazo ejecutor de esa verdad revelada. Da igual de lo que se trate; una vez los portavoces oficiosos o los líderes de opinión de cada corriente, estén de acuerdo en ello, ya a nadie se le permitirá disentir, puesto que a nadie le será ofrecida hipótesis alternativa alguna y porque al que aun con todo la discurra, le será imposible siquiera compartirla. Y así, aunque el pastel sea en verdad una inmensa boñiga y huela como tal, a él deberemos acudir, so pena de que nos señalen todos con el dedo y el zumbido alrededor sea tan fuerte que acabemos volviéndonos locos.


Madrid, 16 de enero de 2016.

sábado, 12 de diciembre de 2015

EN MIS MANOS

EN MIS MANOS
(Sobre texto de José García Nieto)

En mis manos murió la primavera
El cielo que me diste sin matices,
El verbo de dolor y cicatrices
Que tu mano sanaba curandera.
En mis manos ardió toda quimera,
La noche de los sueños más felices,
Los ecos inasibles, las raíces
De todo lo que importa y lo que era
Creyeron que era arcilla y era lodo;
Soñaron que eran sueños y eran vanos
Reflejos de un pasado ya sin modo,
Espectros desvaídos y lejanos.
En mis manos estuvo el amor todo
Y todo se me ha ido de las manos.


Madrid, 9 de septiembre de 2015



sábado, 31 de octubre de 2015

SÉ QUE NO ESTÁIS AQUÍ

Sé que no estáis aquí. Sé que aquí sólo se hallan los huesos que un día arquitrabaron vuestros cuerpos; los que mansos obedecían cuando les mandabais correr, o sentarse, o asiros las manos, o besaros, o abrazarnos dulcemente al arroparnos cuando niños. Aquí únicamente quedan esos huesos; no vosotros. Lo sé.

Hoy hace un día magnífico. Erguido frente a vuestra tumba, el sol calienta mi cara. Es el mismo sol que tanto disfrutabais, cada uno a vuestra manera. El mismo que iluminó vuestras mañanas y tardes en Barcelona, cuando os conocisteis y os enamorasteis. Y en Valencia, donde os dijeron que a papá podían quedarle meses de vida; donde decidisteis jugároslo todo a una carta, y ganasteis. Y en Madrid, donde construisteis vuestro hogar más duradero; donde nos criasteis a todos; donde nos visteis crecer y volar en busca de nuestros propios destinos.

Los pájaros trinan por doquier, ajenos a todo. ¡Y las cotorras! Os sorprendería saber cuántas se oyen, asilvestradas, en los árboles del cementerio y en los del parque cercano. Ha sido en los últimos años que la gente empezó a soltarlas aquí, no sé si por concederles la libertad que merecían o porque se habían cansado ya del capricho que les había llevado a comprarlas. Lo cierto es que son multitud, bandadas y bandadas, y, cuando se ponen a hablar, forman tal estruendo que nada más puede distinguirse. Sé que vuestros huesos no pueden oírlas. Por eso os lo cuento.

Desconozco cuánto han crecido los cipreses, pero cada vez los veo más imponentes, gigantescos pinceles verdes recortados contra el cielo. Hay algo en ellos de compasión humana, observándonos respetuosos y firmes. Supongo que por eso los escogen para los camposantos.

Una lagartija asoma por la rendija de una tumba vieja, a la que hace decenios que nadie trae ya flores. Se queda inmóvil unos segundos, al sol. Luego desaparece tan rápido como irrumpió en mi campo visual.

Si vuestros huesos pudieran ver todo esto... Pero sé que no pueden hacerlo. Y que no lo necesitan, porque el sol, los cipreses, las cotorras y hasta las lagartijas son ahora vosotros; que sois todo y estáis en todo. Y sé que allí permaneceréis; eternamente.



Madrid, 31 de octubre de 2015. 


viernes, 29 de mayo de 2015

Rumbo final

Una línea difusa y apenas perceptible, como la mueca de un Dios juguetón… La tormenta había convertido en un todo cielo y mar, haciendo que el horizonte fuera una expectativa y no una visión. El hombre siguió atento, en cualquier caso. Tarde o temprano aparecería justo ahí. Ahora estaba seguro. Ella se dejaría ver de nuevo. Y esta vez sería la definitiva.

Llevaban ya tres días manteniendo la distancia, conscientes ambos de que aún no era el momento. Tan pronto se avistaban, viraban de inmediato para volver a alejarse lo justo... y de nuevo a la derrota que, desde San Vicente, venían llevando en paralelo.

La historia venía de lejos, en cualquier caso. De mucho antes de que estuvieran a punto de abordarse justo frente al espolón de Sagres, donde las traicioneras corrientes pueden destrozar un barco sin apenas tocarlo; donde una noche sin luna y con algo de niebla, por muy marino que uno sea, es suficiente para que todo acabe en un segundo. 

Ella fue la que maniobró primero, al sentir el cambio en la cadencia de las olas cortadas por su quilla. El apenas la vio sobrepasarle por babor, espectro surgido de las sombras, a escasas dos mangas, y desaparecer de nuevo en la bruma entrecortada y fría.

Aquello le bastó, en cualquier caso, aunque durante las siguientes horas, hasta la salida del sol, se preguntara una y otra vez si había sido real o sólo fruto de los juguetones espíritus del mar. Pero la mañana y la engañosa calma repentina que vino con ella, le abrieron al fin los ojos. Era cierto, no había sido un sueño fruto del cansancio, de las dos semanas de singladura en solitario, de los muchos días y noches anteriores en el mar, de los cientos de whiskies y ginebras y tequilas en los antros de todas las costas... No había sido una ilusión, la ansiada materialización de tantas historias oídas en interminables noches de guardia en cubierta o en el puente. No, era real. De hecho, ahora tenía claro que ella siempre había estado cerca, oteando sus trasluchadas, vigilando desde lejos cada uno de sus rumbos, manteniéndose cerca de los puertos en que atracaba... Ahora entendía muchas cosas: aquel chapoteo, siempre con el mismo ritmo, que nunca había sabido qué lo producía; las veces que se había despertado en mitad de la noche -tras oír lo que parecía un armonioso canto- a tiempo de evitar un bajío que no aparecía en las cartas o un mercante ruso o chino al que no le preocupaba partir en dos su barquito; los inexplicables cambios de rumbo que en otras ocasiones le habían salvado de un alcance seguro... Siempre había sido ella. Ahora lo sabía.

De hecho, también ahora entendía otras muchas cosas. Y, al hacerlo, una extraña mezcla de pudor y excitación le embargaban, al recordar cómo en cada una de las ocasiones en que había intentado llevar a bordo a alguna mujer, el casco empezaba a balancearse de modo inexplicable, aunque estuviera perfectamente fondeado o incluso atracado. Y cómo las más de las veces cesaba el balanceo en cuanto la mujer, mareada, le decía que mejor otro día.

Ahora lo sabía: siempre había sido ella... Y siempre por amor... Por más que le pareciera increíble, ella le había amado siempre. Y le esperaba... Y a él ya todo le resultaba demasiado largo, demasiado lento, demasiado tiempo…

El cielo comenzaba a oscurecerse de nuevo. Tras atravesar el ojo, se adentraba de lleno otra vez en la tormenta, sólo que la misma había ganado mucha fuerza en estas últimas horas y las olas empezaban a ser ciertamente imponentes. Ni siquiera a él, que las venía buscando con ahínco incluso desde antes de saber que ella existía, dejaban de asombrarle. Y eso que las había visto de todas las clases. Como cuando frente a la costa de Nueva Guinea, una solitaria de diez metros barrió longitudinal la Tansiquer, una vieja goleta de 50 pies y dos palos que había comprado en una subasta y con la que paseaba a adinerados turistas australianos. O la galerna fuerza nueve que casi acaba con el Zukullu aquel día de San Juan Nepomuceno de 1996.

Pero entonces no sabía que ella le esperaba y aún temía. Ahora, en cambio, tenía claro que su destino era ella y que el rumbo para alcanzarlo pasaba por un único sitio. Y hacia él apuntaba su proa.

De pronto la vio, justo en la cresta de una gran ola. Su cuerpo sobresalía desde la cintura, manteniéndose perfectamente erguido a pesar de las circunstancias. Y así pudo contemplarla por fin el tiempo suficiente para apreciar su hermosura. El cabello, larguísimo y abundante, le caía empapado por detrás de los hombros, dejando éstos y el cuello al descubierto, así como sus pechos, perfectos. Era una imagen turbadora, como las primeras que, cuando adolescente, buscaba en las portadas de las revistas de los quioscos. Pero al tiempo, había en ella algo que le transmitía una inmensa paz, el sosiego que tanto anhelaba.

Entonces le sonrió y, en la distancia, creyó ver que también sus ojos brillaban de emoción, que sus labios se entreabrían ligeramente y que todo su ser le decía que le amaba y que le amaría siempre. Y, sin dudarlo, se arrojó al agua para unirse a ella, justo en el mismo instante en que un violento golpe de mar levantaba su barco sobre el horizonte para lanzarlo acto seguido a la negra profundidad en que habitan sólo los fantasmas de los marinos que no supieron o no quisieron volver a tierra.


Madrid, 29 de mayo de 2015