Una línea difusa y apenas
perceptible, como la mueca de un Dios juguetón… La tormenta había convertido en
un todo cielo y mar, haciendo que el horizonte fuera una expectativa y no una
visión. El hombre siguió atento, en cualquier caso. Tarde o temprano aparecería
justo ahí. Ahora estaba seguro. Ella se dejaría ver de nuevo. Y esta vez sería
la definitiva.
Llevaban ya tres días manteniendo la distancia, conscientes ambos de que aún no
era el momento. Tan pronto se avistaban, viraban de inmediato para volver a
alejarse lo justo... y de nuevo a la derrota que, desde San Vicente, venían
llevando en paralelo.
La historia venía de lejos, en cualquier caso. De mucho antes de que estuvieran
a punto de abordarse justo frente al espolón de Sagres, donde las traicioneras
corrientes pueden destrozar un barco sin apenas tocarlo; donde una noche sin
luna y con algo de niebla, por muy marino que uno sea, es suficiente para que
todo acabe en un segundo.
Ella fue la que maniobró primero, al sentir el cambio en la cadencia de las
olas cortadas por su quilla. El apenas la vio sobrepasarle por babor, espectro
surgido de las sombras, a escasas dos mangas, y desaparecer de nuevo en la
bruma entrecortada y fría.
Aquello le bastó, en cualquier caso, aunque durante las siguientes horas, hasta
la salida del sol, se preguntara una y otra vez si había sido real o sólo fruto
de los juguetones espíritus del mar. Pero la mañana y la engañosa calma
repentina que vino con ella, le abrieron al fin los ojos. Era cierto, no había
sido un sueño fruto del cansancio, de las dos semanas de singladura en
solitario, de los muchos días y noches anteriores en el mar, de los cientos de whiskies
y ginebras y tequilas en los antros de todas las costas... No había sido una
ilusión, la ansiada materialización de tantas historias oídas en interminables
noches de guardia en cubierta o en el puente. No, era real. De hecho, ahora
tenía claro que ella siempre había estado cerca, oteando sus trasluchadas, vigilando
desde lejos cada uno de sus rumbos, manteniéndose cerca de los puertos en que
atracaba... Ahora entendía muchas cosas: aquel chapoteo, siempre con el mismo
ritmo, que nunca había sabido qué lo producía; las veces que se había
despertado en mitad de la noche -tras oír lo que parecía un armonioso canto- a
tiempo de evitar un bajío que no aparecía en las cartas o un mercante ruso o
chino al que no le preocupaba partir en dos su barquito; los inexplicables
cambios de rumbo que en otras ocasiones le habían salvado de un alcance
seguro... Siempre había sido ella. Ahora lo sabía.
De hecho, también ahora entendía otras muchas cosas. Y, al hacerlo, una extraña
mezcla de pudor y excitación le embargaban, al recordar cómo en cada una de las
ocasiones en que había intentado llevar a bordo a alguna mujer, el casco
empezaba a balancearse de modo inexplicable, aunque estuviera perfectamente
fondeado o incluso atracado. Y cómo las más de las veces cesaba el balanceo en
cuanto la mujer, mareada, le decía que mejor otro día.
Ahora lo sabía: siempre había sido ella... Y siempre por amor... Por más que le
pareciera increíble, ella le había amado siempre. Y le esperaba... Y a él ya
todo le resultaba demasiado largo, demasiado lento, demasiado tiempo…
El cielo comenzaba a oscurecerse de nuevo. Tras atravesar el ojo, se adentraba
de lleno otra vez en la tormenta, sólo que la misma había ganado mucha fuerza
en estas últimas horas y las olas empezaban a ser ciertamente imponentes. Ni
siquiera a él, que las venía buscando con ahínco incluso desde antes de saber
que ella existía, dejaban de asombrarle. Y eso que las había visto de todas las
clases. Como cuando frente a la costa de Nueva Guinea, una solitaria de diez
metros barrió longitudinal la Tansiquer,
una vieja goleta de 50 pies y dos palos que había comprado en una subasta y con
la que paseaba a adinerados turistas australianos. O la galerna fuerza nueve
que casi acaba con el Zukullu aquel
día de San Juan Nepomuceno de 1996.
Pero entonces no sabía que ella le esperaba y aún temía. Ahora, en cambio,
tenía claro que su destino era ella y que el rumbo para alcanzarlo pasaba por
un único sitio. Y hacia él apuntaba su proa.
De pronto la vio, justo en la cresta de una gran ola. Su cuerpo sobresalía
desde la cintura, manteniéndose perfectamente erguido a pesar de las
circunstancias. Y así pudo contemplarla por fin el tiempo suficiente para
apreciar su hermosura. El cabello, larguísimo y abundante, le caía empapado por
detrás de los hombros, dejando éstos y el cuello al descubierto, así como sus
pechos, perfectos. Era una imagen turbadora, como las primeras que, cuando
adolescente, buscaba en las portadas de las revistas de los quioscos. Pero al
tiempo, había en ella algo que le transmitía una inmensa paz, el sosiego que
tanto anhelaba.
Entonces le sonrió y, en la distancia, creyó ver que también sus ojos brillaban
de emoción, que sus labios se entreabrían ligeramente y que todo su ser le
decía que le amaba y que le amaría siempre. Y, sin dudarlo, se arrojó al agua
para unirse a ella, justo en el mismo instante en que un violento golpe de mar
levantaba su barco sobre el horizonte para lanzarlo acto seguido a la negra
profundidad en que habitan sólo los fantasmas de los marinos que no supieron o
no quisieron volver a tierra.
Madrid, 29 de mayo de
2015