sábado, 13 de mayo de 2017

TAL VEZ MAÑANA

Sé que no lo vais a entender. Sé que vais a pensar que me he vuelto loco o, los más generosos, que la presión ha sido demasiado fuerte y ha podido conmigo. Si no fuerais todos amigos míos, puede que dijerais que soy un caprichoso, un egoísta o simplemente un gilipollas. Tal vez consideréis que se trata de algo pasajero y que no hay de qué preocuparse, pues volveré pronto a entrar en razón. Algunos incluso puede que os digáis que me va a sentar bien, que me ayudará a valorar mejor la suerte que tengo, que podré regresar renacido como el fénix. Sé que en el fondo de cada uno de vosotros, es miedo lo que sentís; miedo empático, sí, pero miedo. Miedo a que tire mi vida por la borda. Miedo a que eso que se llama éxito coja la puerta y se vaya. Miedo a que tantos años de esfuerzo y dedicación, todo ese trabajo empleado en llegar aquí, haya sido al final inútil. Miedo a que me equivoque, sí. Ese miedo.

Pero sé que aún teméis más otra cosa. Sé que lo que os aterra es algo más complejo. Porque a mí también me ha aterrado todos estos años. Sé que lo que más miedo os da es que esté en lo cierto. Que esta locura mía sea la decisión más cuerda. Que renunciar a este mundo de éxitos y agasajos, de confort y de materialidad, sea lo más inteligente que uno puede hacer. Y que todos y cada uno de vosotros lo tengáis igualmente claro. Porque, en definitiva, sé que el miedo con que nos alimentamos desde que somos niños, el miedo a fracasar, es el principal fracaso de nuestras vidas.

Desde luego que, si no fuerais todos amigos míos, si no me conocierais, diríais que soy un imbécil. Y puede que lo sea, pero como diría el poeta, "imbécil soy, mas imbécil enamorado". No, no pongáis esa cara: no tengo ninguna aventura; sigo amando a Montse y ni se me ha pasado por la cabeza -bueno, alguna vez sí, pero como a todos, ¿no?- buscar el sabor del amor en otros lares. De eso ya supe antes de que nos comprometiéramos. Y sabéis que yo cumplo mis promesas.

Así que no os confundáis: mi amor no ha cambiado de dirección ni los 50 que estoy a punto de cumplir han desatado crisis hormonal alguna -o quizá sí, pero no de ese tipo-.

La cuestión es mucho más simple.  La cuestión es que quizá el éxito sea otra cosa. Y que vivir sea lo importante. ¡Qué tontería! Eso está claro. ¿Pero acaso buscar el éxito no es vivir? Pues depende de lo que estemos dispuestos a entregar a cambio. De que sólo arriesguemos para llegar a esa meta que un día nos fijamos y de que nos olvidemos de que el camino en sí es la gran oportunidad que se nos ha dado. Y que si el fin nos impide disfrutarlo, es que el fin hace tiempo que ha empezado.

Por eso hoy he decidido colgar la toga y descolgar las máscaras de tragedia y comedia (del teatro griego, no os asustéis), y la cámara, la pértiga y el foco del séptimo arte, y los lápices de colores de poeta, y la máquina de escribir (nada que ver con el triste teclado) de novelista antiguo y el metrónomo y la escuadra de dramaturgo y...



- Despierte Vd. haga el favor -la voz suena familiar, poderosa y cercana, por más que no sepa identificar cuál es su origen-. Al Tribunal le gustaría conocer las razones que sustentarían la pretensión de su cliente. ¿Podemos escuchar, pues, su alegato, o hemos de seguir esperando a que regrese Vd. de allá donde se encuentre?

Agito la cabeza, aún aturdido, mientras apresuro azorado una explicación:

-Disculpe Sr. Presidente; no sé qué me ha pasado... Tal vez que ayer acabara otra vista en la Sección Cuarta a las once de la noche y después de casi ocho horas ininterrumpidas. De verdad que lo lamento. En compensación, y para tranquilidad del Tribunal, seré breve: Para solicitar una sentencia absolutoria para mi patrocinado con todos los pronunciamientos favorables...

Definitivamente hoy no es aún el día. Tal vez mañana

viernes, 27 de enero de 2017

Todavía hay jueces en Berlín

Hoy he comprobado que todavía hay jueces en Berlín. Pero, por desgracia, no los del Gran Federico, que se solazaba de que la Justicia no fallara a su favor, sino de los de la mucho más oscura época que comenzó en 1933 y acabó un día de primavera de 1945. Sí, todavía hay jueces del Tercer Reich. Y están aquí, en España. (Preciso y rectifico ya de entrada: gentes que fueron jueces y pretenden volver a serlo en un mundo hipotético en que las botas de caña alta volvieran a imponerse a la Ley y los votos de unos -por el hecho de ser muchos- pudieran justificar la aniquilación de los derechos de los demás.)

Leo en El Mundo de hoy mismo la noticia de las afirmaciones vertidas por el ¿ex? juez Vidal en una conferencia de noviembre pasado y me alarmo. ¿Cómo no hacerlo? El ¿ex? juez Vidal, con su aspecto de figurante en algún entremés auroseculado, con su mirada perdida en la Babia catalana, advierte sin empacho de que la futura República catalana ya es un hecho -diferencial o no- en al menos tres aspectos concretos: tiene fichados a todos los ciudadanos (al haber obtenido -de un modo que se reconoce abiertamente ilegal- los datos fiscales de los catalanes), dispone de una unidad especial de los mossos d'escuadra preparada para el contraespionaje y conoce la ideología de cada uno de los 801 jueces que ejercen en Cataluña y sabe en consecuencia quiénes se irán y quiénes se quedarán cuando sea proclamado el nuevo Estado.

No sé con qué alarmarme más, la verdad. Pero como siempre hay que empezar por algo, hagámoslo por el principio. 

El ¿ex? juez dice que ya tienen -ellos, los adalides de la libertad del pueblo catalán, claro- los datos fiscales de todos y cada uno de los ciudadanos de ese mismo pueblo. No sé si tienen los míos -hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de catalanes desde al menos el s. XIII-, porque vivo en Madrid. Tampoco sé si me consideran un catalán cuya libertad deban tutelar (aunque tras la lectura de lo que aquí escribo -si es que el ¿ex? juez tiene interés en leerlo, lo que también dudo- sí tengo claro en qué lista de las suyas me situará). Pero lo tremendo, lo simplemente insoportable, es que se reconozca por el ¿ex? juez que los datos ya están en su poder y que los han conseguido quebrantando la Ley. Debiera el Sr. Vidal -si es que no lo estudió en su momento- recordar lo que dice el Código penal sobre el particular; aunque sólo sea por curiosidad y al margen de que tenga el ¿ex? juez igual de claro que su imaginario Tribunal Supremo catalán vaya al día siguiente de su constitución a descollonarse de las leyes del Estado español, empezando por las penales.

Lo segundo también es para nota (por cierto, que me asalta la terrible duda de saber cuál le pondrían al Sr. Vidal en la oposición que le permitió decidir sobre los derechos de los ciudadanos españoles durante los años en que lo hizo). Dice el ¿ex? juez que un estado no europeo está asesorando la formación de una unidad de los mossos en antiterrorismo y contraespionaje. ¡Qué intriga, pardiez! ¿Quién será el buen samaritano: Corea del Norte, Venezuela, Cuba...? Cualquiera de los tres, desde luego, sabe de contraespionaje, aunque no me resulta tan evidente que pudieran enseñar mucho en materia antiterrorista. Claro que en esto también puedo equivocarme. 

Y last but not least (anem, noi, que ja estem acabant), un mensaje muy claro: 801 jueces que ejercéis (Vd. no, claro, Sr. Vidal) en Cataluña: sabemos cómo pensáis, así que en la futura República catalana, es fácil: los que ya pensáis como debéis, seréis benvinguts; los demás, ya estáis marchándoos. Así, con dos collons y sin barretina. 

Si no fuera porque también decían que el Tercer Reich iba a durar mil años,  me preocuparía. Si no fuera porque los jueces del Tercer Reich firmaron miles de sentencias condenando a muerte a los enemigos del pueblo alemán, me despitotaría. Si no fuera porque amo profundamente la tierra de mis antepasados, donde siguen viviendo familiares y amigos a los que igualmente quiero, no escribiría estas líneas.

Ave Málaga-Madrid, 27 de enero de 2017.



viernes, 11 de noviembre de 2016

COHEN NIEVA

Un mismo amanecer y dos zarpazos al unísono. Despierto con las dos noticias desde la pantalla de mi móvil, en que suelo consultar la prensa nada más abrir los ojos. Es una de esas manías posmodernas que supongo comparto con millones de personas más. Me pregunto cuántas de ellas habrán experimentado la misma sensación esta mañana: la de haber perdido de golpe a dos personas que, aún sin conocerlas personalmente, entendía casi parte de mi familia, parte entrañable de mi vida.

Tampoco es -digámoslo sinceramente- que les hubiera seguido asiduamente ni degustado su obra con mínima continuidad. Del poeta canadiense por supuesto que había oído desde niño sus asombrosas canciones, desmechadas y vueltas a hilar a través de ese profundo timbre que desplegaba con su voz. Las escuchaba y volvía a escuchar cuando alguien las ponía, y las paladeaba mientras seguía haciendo lo que fuera que hacía. Pero jamás compré un disco suyo -cuando los discos aún se compraban- ni se me ocurrió ir a uno de sus conciertos. Y no me pregunten por qué, porque no les sabría decir; como tantas otras cosas que no hacemos y que sólo cobran sentido cuando ya no podemos hacerlas.

Del dramaturgo español, aún menos. Sólo fui consciente de su existencia a finales de los 80 (cuando, por cierto, como toda vida universitaria que se precie, la mía era un permanente ir y venir y entusiasmarse). Y lo hice apenas incidentalmente. Nunca acudí a ninguna representación de sus obras ni recuerdo haber leído una sola de ellas, aunque sí muchos de los artículos que publicaba, y prácticamente todos los aparecidos en los últimos años en La Razón, donde -desde la altísima atalaya de su lúcida longevidad- ajustaba cuentas con un pasado que evidenciaba que la fantasía literaria casi nunca supera a la realidad de la que se nutre. Leía y un mundo que parecía también mío se abría ante mí. Pero enseguida volvía a lo que tuviera que volver y punto.

No sé, pues, por qué, pero Leonard Cohen y Francisco Nieva, Francisco Nieva y Leonard Cohen, ocuparon en mi vida un mismo espacio común: el de los referentes líricos, sí, pero sobre todo, el de sentirlos cercanos sin apenas conocerlos. Eran como esos abuelos descubiertos a través de las fotos o las semblanzas de nuestros padres o tíos pero a los que, o bien nunca llegamos a tratar, o murieron cuando apenas éramos niños. Ambos vivían en esa parte de mi mente en que mezclamos leyenda y realidad, mito y conciencia. Y lo hacían sin que pueda explicar bien por qué; qué fue, en definitiva, lo que hizo que les abriera esa puerta. Lo cierto es que cualquier mención a sus personas, cualquier noticia o referencia que se cruzaba sobre cualquiera de ellos y su imagen se formaba con nitidez frente a mí como si los tuviera enfrente y me estuvieran mirando, callados y sin gesto alguno en el semblante, serenos y reflexivos, como si no necesitaran decir nada, pero al tiempo, como si quisieran decirme muchas cosas.

Por eso hoy al abrir la prensa en el móvil y ver las dos noticias casi seguidas, he comprendido por fin que efectivamente formaban ambos sin duda parte de mí y que, desapareciendo de aquí, algo de mí también ha de irse con ellos. Aunque sea sólo para que pueda encontrarlos de nuevo más adelante y decirles -ahora sí- todo eso que no les dije.


Madrid, 11 de noviembre de 2016.


lunes, 18 de julio de 2016

De toros, dragones y hombres

Vaya por delante: no me gustan las corridas de toros; no las entiendo, ni veo en ellas nada artístico ni hermoso. Fui una sola vez a una, hace años -con la mucha fortuna de que, según los entendidos, fue una de las mejores de la historia reciente española- y me salí en el cuarto toro. Así que ya ven: de taurino, nada. Ni por dentro ni por fuera. Ni con Verónicas ni por chicuelinas. Los encierros, pase; pero matar toros en la plaza, decididamente no. 

Dicho esto, voy directo al grano: ¿qué clase de anormalidad evolutiva ha producido esa sorprendente chusma que, invocando una supuesta superioridad moral, se regodea con la muerte de un ser humano? ¿Cómo se explica que alguien que dice amar a los animales pueda excretar tamaño odio hacia otro animal -éste de la especie humana- que también muere en la plaza? Esas personas que escriben con tan hiriente furia sus miserables diatribas, ¿pueden acumular toda esa purulenta bilis en su cerebro sin que les estalle o piensan y dicen eso precisamente porque de tanto odiar hace tiempo que se les descompensó la cuestión mental?

Explíquenmelo, porque no lo entiendo. ¿De verdad alguien puede sentir todo eso y no merecer tratamiento psiquiátrico? ¿Por qué, entonces, andan sueltos? Si lo que dicen que les gustaría que pasara con otros toreros e incluso con sus familias pudieran llevarlo a cabo ellos mismos sin consecuencias, ¿no es razonable pensar que al menos algunos serían capaces de hacerlo por sí mismos? Sí, ya sé que en esa caterva no abundan precisamente los que se atreven y menos cuando eso exige estar frente al otro y no cómodamente escondido tras la pantalla sobre la que vomitan. Pero, aún con todo, si pudieran asegurarse la impunidad, ¿no cabe pensar que alguien capaz de desear tanto mal podría inflingirlo? Y eso, como en Minority Report, ¿no debiera ser suficiente para encerrar al individuo en una cómoda celda acolchada con vistas a una hermosa pradera con animales pastando?

Quizá tuviera razón el gran Marx -Groucho, obviamente, no el otro-, con aquello de que nunca pertenecería a un club que admitiera a alguien como él como socio. Porque, definitivamente, si en el mundo animal caben ejemplares como los que piensan y escriben esas cosas, quizá debiéramos pensar en migrar a alguno de los demás reinos, aunque sea al de los Ándalos, y dejar que Daenerys de la Tormenta nos consuele mientras sus dragones vuelan libres más allá del Mar Angosto.


domingo, 29 de mayo de 2016

El loco del espejo

La poesía no ha de ser veraz. La narrativa tampoco tiene por qué serlo, desde luego, pero en su mano está la opción de recrear una historia verdadera, de fabular por completo o de mezclar ficción y hechos ciertos. La poesía, por contra, tiene el deber de situarse al margen de los hechos. Al poeta le importa el hecho como a la mariposa el aire que la circunda: es únicamente un entorno, una circunstancia necesaria para que pueda desplegarse la belleza, las alas de colores y su danza, su deliciosa danza sin concierto. Pero el hecho no importa más allá de esa condición y, sobre todo, el hecho no debe condicionar en absoluto la expresión poética o, al menos, no debe orientar el alcance de una suerte de verdad poética.

Hubo un tiempo en que al poeta se le exigió ser cronista de su época. El propio Neruda así llegó a epigrafiarlo. Y mucho antes, otros muchos también así lo entendieron. Podría decirse incluso que la poesía, en tanto composición rimada y ritmada, nació como crónica, legendaria o no, pero siempre apegada al hecho histórico o mitológico, sin disociarse de éste. La Iliada, desde esta perspectiva, sería poema al tiempo que crónica. Y el Cantar del Mío Cid. Y tantos otros.

Pero esa poesía, hoy, carece de sentido. Tanto como construir pirámides para enterrar a nuestros reyes. A lo mejor podríamos hacerlas de un modo más grandioso aún que hace 5000 años. Pero nos resultaría un ejercicio hueco, desnortado, tristemente artificioso.

Así también la poesía. Hoy rimar “Apolo” con “tesoro” o “Jimena” con “almena” puede ser un entretenimiento a lo Don Mendo. Puede incluso que ripiar el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de hace afortunadamente tanto fuera en su día un hit que ya lo quisieran para sí los más rabiosos de nuestros poetas actuales. O que los cantores de pendiente, peta y gibson les paul puedan ser llamados legítimamente poetas. Pero eso no será bastante para negar que la poesía y el hecho beben de distintas realidades y que el poeta, si quiere realmente ser honesto consigo mismo, ha de dejar a un lado razones programáticas y mecerse en los brazos de la palabra susurrada por el loco que habita el interior de nuestros deseos; el que sabe que detrás de un árbol azotado por el viento hay más verdad que en todos los diccionarios y enciclopedias; el que conoce el sabor del amanecer frente al mar o de la lluvia repentina en verano; el que sonríe cada vez que le preguntan por qué sonríe y llora cuando le inquieren por qué llora; el que sigue sin saber cómo empezó a amar ni cuál será el último día en su calendario. Ese loco que algún día nos miró desde el otro lado de un espejo cuando niños y nos cambió para siempre la perspectiva.


Madrid, 29 de mayo de 2016




sábado, 16 de enero de 2016

LA MOSCA, EL PASTEL Y EL REY DESNUDO


Leer el último libro del último periodista ciclostil y darse cuenta de lo que crujen sus cuadernas es bien sencillo. La razón para la culpa y la culpa de la razón son evidentes: demasiada influencia de una sola fuente y demasiada complacencia con el sentido de la corriente. Es como la vieja fábula del rey desnudo, pero en el plan cutre que esta modernidad siglo XXI parece haber impuesto.

Me explico: me parece una auténtica estafa que el cronista oculte su condición de vocero. Incluso las grandes figuras del Medievo y la Edad Moderna dejaban a las claras por quién bebían los vientos, a quién se trataba de dejar bien aunque no lo mereciera y de quién en definitiva eran sus textos -y sus bolsillos- deudores eternos. Fuese el gran Hernando del Pulgar -cronista oficial de Castilla en tiempos de los Reyes Católicos- o el pequeño Silvestre rediseñando la “Crónica de Néstor” –menos conocida por nuestros lares, pero tanto o más divertida-, no había duda alguna de cuál era el plan que subyacía en sus obras. Allí el monarca bueno era tan bueno que el lector (o el oyente, pues lo normal es que el lector entonces fuera analfabeto), se iba a casa con las ideas suficientemente claras. Que luego, cuando se lo permitiera una pequeña holganza, se parase a pensar y se escamara de tanta bondad, ya era otra cosa. De hecho, gracias a esta falta de sutileza, se podía entender perfectamente por qué a veces (pocas, querido Watson), el rey bueno hacía cosas malas: porque le obligaban los malos, que si no…


Aquéllos eran cronistas a cara descubierta. Su verdad debía divertir y asombrar, pero dentro de unas reglas bien claras: a mi señor, todo; contra él, nada. Y el lector/espectador se divertía o asombraba, cuando la historia era buena, o tiraba berzas podridas al recitador o le molía a palos, cuando era un solemne tostón. Pero nadie se preguntaba si la fuente era fidedigna o no, ni si la narración hubiera sido distinta en manos de otro. Hubiera sido como cuestionar si la risa es caprichosa o el dolor indefectible.

Hoy en cambio la petulancia de creerse la fábula parte del propio escribidor, para quien no hay otra realidad que la que defiende, ni otro señor que su prisma vital. Son rehenes de su caminar por el mundo y de su entendimiento de que los buenos son siempre los que piensan como ellos y los malos los que ven las cosas de un modo distinto. Y hasta se jalean orgullosos de que, gracias a ellos, la sociedad pueda recibir una información plural y no quedar en manos del bando contrario. ¡Y ay del que pretenda ir por libre! Si no se incorpora a una de las corrientes imperantes, y a poco que eleve su voz sobre el discurso autorizado, será de inmediato señalado como sospechoso y condenado y ejecutado al mismo tiempo, que tales juicios es así como funcionan.

Lo malo es cuando, junto a atacar a los que exponen sus ideas sin colegiarse previamente, todas las corrientes se ponen de acuerdo en algo más y deciden que, en tal o cual cuestión, la verdad es única y así debe ser revelada. Porque, en esos casos, es al público al que se quiere convertir en brazo ejecutor de esa verdad revelada. Da igual de lo que se trate; una vez los portavoces oficiosos o los líderes de opinión de cada corriente, estén de acuerdo en ello, ya a nadie se le permitirá disentir, puesto que a nadie le será ofrecida hipótesis alternativa alguna y porque al que aun con todo la discurra, le será imposible siquiera compartirla. Y así, aunque el pastel sea en verdad una inmensa boñiga y huela como tal, a él deberemos acudir, so pena de que nos señalen todos con el dedo y el zumbido alrededor sea tan fuerte que acabemos volviéndonos locos.


Madrid, 16 de enero de 2016.

sábado, 12 de diciembre de 2015

EN MIS MANOS

EN MIS MANOS
(Sobre texto de José García Nieto)

En mis manos murió la primavera
El cielo que me diste sin matices,
El verbo de dolor y cicatrices
Que tu mano sanaba curandera.
En mis manos ardió toda quimera,
La noche de los sueños más felices,
Los ecos inasibles, las raíces
De todo lo que importa y lo que era
Creyeron que era arcilla y era lodo;
Soñaron que eran sueños y eran vanos
Reflejos de un pasado ya sin modo,
Espectros desvaídos y lejanos.
En mis manos estuvo el amor todo
Y todo se me ha ido de las manos.


Madrid, 9 de septiembre de 2015



sábado, 31 de octubre de 2015

SÉ QUE NO ESTÁIS AQUÍ

Sé que no estáis aquí. Sé que aquí sólo se hallan los huesos que un día arquitrabaron vuestros cuerpos; los que mansos obedecían cuando les mandabais correr, o sentarse, o asiros las manos, o besaros, o abrazarnos dulcemente al arroparnos cuando niños. Aquí únicamente quedan esos huesos; no vosotros. Lo sé.

Hoy hace un día magnífico. Erguido frente a vuestra tumba, el sol calienta mi cara. Es el mismo sol que tanto disfrutabais, cada uno a vuestra manera. El mismo que iluminó vuestras mañanas y tardes en Barcelona, cuando os conocisteis y os enamorasteis. Y en Valencia, donde os dijeron que a papá podían quedarle meses de vida; donde decidisteis jugároslo todo a una carta, y ganasteis. Y en Madrid, donde construisteis vuestro hogar más duradero; donde nos criasteis a todos; donde nos visteis crecer y volar en busca de nuestros propios destinos.

Los pájaros trinan por doquier, ajenos a todo. ¡Y las cotorras! Os sorprendería saber cuántas se oyen, asilvestradas, en los árboles del cementerio y en los del parque cercano. Ha sido en los últimos años que la gente empezó a soltarlas aquí, no sé si por concederles la libertad que merecían o porque se habían cansado ya del capricho que les había llevado a comprarlas. Lo cierto es que son multitud, bandadas y bandadas, y, cuando se ponen a hablar, forman tal estruendo que nada más puede distinguirse. Sé que vuestros huesos no pueden oírlas. Por eso os lo cuento.

Desconozco cuánto han crecido los cipreses, pero cada vez los veo más imponentes, gigantescos pinceles verdes recortados contra el cielo. Hay algo en ellos de compasión humana, observándonos respetuosos y firmes. Supongo que por eso los escogen para los camposantos.

Una lagartija asoma por la rendija de una tumba vieja, a la que hace decenios que nadie trae ya flores. Se queda inmóvil unos segundos, al sol. Luego desaparece tan rápido como irrumpió en mi campo visual.

Si vuestros huesos pudieran ver todo esto... Pero sé que no pueden hacerlo. Y que no lo necesitan, porque el sol, los cipreses, las cotorras y hasta las lagartijas son ahora vosotros; que sois todo y estáis en todo. Y sé que allí permaneceréis; eternamente.



Madrid, 31 de octubre de 2015. 


viernes, 29 de mayo de 2015

Rumbo final

Una línea difusa y apenas perceptible, como la mueca de un Dios juguetón… La tormenta había convertido en un todo cielo y mar, haciendo que el horizonte fuera una expectativa y no una visión. El hombre siguió atento, en cualquier caso. Tarde o temprano aparecería justo ahí. Ahora estaba seguro. Ella se dejaría ver de nuevo. Y esta vez sería la definitiva.

Llevaban ya tres días manteniendo la distancia, conscientes ambos de que aún no era el momento. Tan pronto se avistaban, viraban de inmediato para volver a alejarse lo justo... y de nuevo a la derrota que, desde San Vicente, venían llevando en paralelo.

La historia venía de lejos, en cualquier caso. De mucho antes de que estuvieran a punto de abordarse justo frente al espolón de Sagres, donde las traicioneras corrientes pueden destrozar un barco sin apenas tocarlo; donde una noche sin luna y con algo de niebla, por muy marino que uno sea, es suficiente para que todo acabe en un segundo. 

Ella fue la que maniobró primero, al sentir el cambio en la cadencia de las olas cortadas por su quilla. El apenas la vio sobrepasarle por babor, espectro surgido de las sombras, a escasas dos mangas, y desaparecer de nuevo en la bruma entrecortada y fría.

Aquello le bastó, en cualquier caso, aunque durante las siguientes horas, hasta la salida del sol, se preguntara una y otra vez si había sido real o sólo fruto de los juguetones espíritus del mar. Pero la mañana y la engañosa calma repentina que vino con ella, le abrieron al fin los ojos. Era cierto, no había sido un sueño fruto del cansancio, de las dos semanas de singladura en solitario, de los muchos días y noches anteriores en el mar, de los cientos de whiskies y ginebras y tequilas en los antros de todas las costas... No había sido una ilusión, la ansiada materialización de tantas historias oídas en interminables noches de guardia en cubierta o en el puente. No, era real. De hecho, ahora tenía claro que ella siempre había estado cerca, oteando sus trasluchadas, vigilando desde lejos cada uno de sus rumbos, manteniéndose cerca de los puertos en que atracaba... Ahora entendía muchas cosas: aquel chapoteo, siempre con el mismo ritmo, que nunca había sabido qué lo producía; las veces que se había despertado en mitad de la noche -tras oír lo que parecía un armonioso canto- a tiempo de evitar un bajío que no aparecía en las cartas o un mercante ruso o chino al que no le preocupaba partir en dos su barquito; los inexplicables cambios de rumbo que en otras ocasiones le habían salvado de un alcance seguro... Siempre había sido ella. Ahora lo sabía.

De hecho, también ahora entendía otras muchas cosas. Y, al hacerlo, una extraña mezcla de pudor y excitación le embargaban, al recordar cómo en cada una de las ocasiones en que había intentado llevar a bordo a alguna mujer, el casco empezaba a balancearse de modo inexplicable, aunque estuviera perfectamente fondeado o incluso atracado. Y cómo las más de las veces cesaba el balanceo en cuanto la mujer, mareada, le decía que mejor otro día.

Ahora lo sabía: siempre había sido ella... Y siempre por amor... Por más que le pareciera increíble, ella le había amado siempre. Y le esperaba... Y a él ya todo le resultaba demasiado largo, demasiado lento, demasiado tiempo…

El cielo comenzaba a oscurecerse de nuevo. Tras atravesar el ojo, se adentraba de lleno otra vez en la tormenta, sólo que la misma había ganado mucha fuerza en estas últimas horas y las olas empezaban a ser ciertamente imponentes. Ni siquiera a él, que las venía buscando con ahínco incluso desde antes de saber que ella existía, dejaban de asombrarle. Y eso que las había visto de todas las clases. Como cuando frente a la costa de Nueva Guinea, una solitaria de diez metros barrió longitudinal la Tansiquer, una vieja goleta de 50 pies y dos palos que había comprado en una subasta y con la que paseaba a adinerados turistas australianos. O la galerna fuerza nueve que casi acaba con el Zukullu aquel día de San Juan Nepomuceno de 1996.

Pero entonces no sabía que ella le esperaba y aún temía. Ahora, en cambio, tenía claro que su destino era ella y que el rumbo para alcanzarlo pasaba por un único sitio. Y hacia él apuntaba su proa.

De pronto la vio, justo en la cresta de una gran ola. Su cuerpo sobresalía desde la cintura, manteniéndose perfectamente erguido a pesar de las circunstancias. Y así pudo contemplarla por fin el tiempo suficiente para apreciar su hermosura. El cabello, larguísimo y abundante, le caía empapado por detrás de los hombros, dejando éstos y el cuello al descubierto, así como sus pechos, perfectos. Era una imagen turbadora, como las primeras que, cuando adolescente, buscaba en las portadas de las revistas de los quioscos. Pero al tiempo, había en ella algo que le transmitía una inmensa paz, el sosiego que tanto anhelaba.

Entonces le sonrió y, en la distancia, creyó ver que también sus ojos brillaban de emoción, que sus labios se entreabrían ligeramente y que todo su ser le decía que le amaba y que le amaría siempre. Y, sin dudarlo, se arrojó al agua para unirse a ella, justo en el mismo instante en que un violento golpe de mar levantaba su barco sobre el horizonte para lanzarlo acto seguido a la negra profundidad en que habitan sólo los fantasmas de los marinos que no supieron o no quisieron volver a tierra.


Madrid, 29 de mayo de 2015


sábado, 14 de marzo de 2015

Porque sí que importa

No hay mayor necio que el que es capaz de creerse sus propias mentiras. Ni mayor sinvergonzonería que predicar lo contrario a lo que se hace en privado. De lo uno y de lo otro estamos, por desgracia, bien sufridos en nuestra vieja España, aunque no más que en el resto de este hermoso planeta que se nos ha dado.

La crisis de los últimos años -cruel como todas las crisis, especialmente para con los más necesitados-, ha puesto al descubierto con gran escándalo a una panda de embaucadores que han venido disponiendo de nuestras esperanzas al tiempo que se llenaban los bolsillos del gabán. Políticos deshonestos al margen de siglas, reguladores que preferirían cacarear que todo iba bien a cumplir con su cometido, periodistas con el carnet en la boca y la barriga convenientemente alimentada, sátrapas de comunidad autónoma o de feria de pueblo, imanes, curas y rabinos que olvidaron que Dios sí les necesitaba...

En el fragor de la dura vida cotidiana de estos años críticos, muchos se han visto así tentados de mandar todo a la mierda; de meter a todos en un mismo cesto, sin distinguir las manzanas podridas de las sanas, y de convencerse de que el único remedio frente a la injusticia es la revolución (ya, ya sé que hoy no la llaman así, pero es que hoy pocas cosas son llamadas por su nombre).

Y ahí tenemos a Syriza. Y ahí tenemos a Podemos. Y ahí tenemos a Pegida. Y ahí al Frente Nacional...

Sin embargo, parece simplemente increíble que, con lo que llevamos ya de historia, no nos importen las evidentes similitudes del momento con lo que ocurría en nuestra vieja Europa en los primeros años treinta del siglo pasado. Por más que algunos me tilden de profeta de mal agüero y otros de anacrónico oportunista, ahí están; incluso para los simpatizantes de unos y otros radicalismos.

El panorama en 1932 era sencillo: tras tres años de una crisis económica tan dura como esta última, en Alemania se celebraban elecciones en el marco de la llamada República de Weimar, cuyo crédito entre la ciudadanía era claramente escaso. La casta entonces era la misma a la que hoy se quiere identificar por algunos: la de quienes venían alternándose en el Gobierno desde el final de la Gran Guerra, la que había sido incapaz -se decía, igual que se dice ahora- de pensar en el pueblo en vez de en sus intereses partidistas. Fue en ese caldo y con ese discurso en el que surgió, se alimentó y creció imparable el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de Adolf Hitler. Desde el principio quiso distanciarse de los otros, los del régimen, los muy caducos y corruptos políticos de Weimar. Y a fe que lo consiguió.

En las elecciones de julio de 1932, el Partido Nazi resultó el más votado, con el 38% de los votos, aunque sin llegar a la mayoría absoluta en el Reichstag. Desde ahí, y con un aparente respeto exquisito a las leyes de la República, Hitler fue desmontando desde dentro esa misma democracia que le había legitimado hasta convertir Alemania en uno de los totalitarismos más infames de la Historia. Así que ni golpe de estado ni estado imperfecto. De una República democrática puede surgir igualmente la dictadura más feroz.

Un ejemplo casi tan vivo que no querer usarlo sí sería demagogia es el venezolano. Con diferencias, claro, porque allí el desmontaje de las estructuras democráticas no ha terminado aún. Pero un parlamento donde la oposición ha sido prácticamente borrada, una Justicia que encarcela sospechosamente a los líderes de esa oposición, una policía bolivariana que dispara a niños de 15 años y un Presidente cuyos discursos siempre claman contra Imperios antagonistas, suena demasiado a totalitarismo como para no serlo.

Y claro, también está el caso ruso, ecuación perfecta de la perfecta ingenuidad de quienes creyeron que la caída del muro bastaba para acabar con 80 años de casta revolucionaria. Allí, desde luego, sigue habiendo elecciones con la periodicidad marcada por la Ley. Y con esa misma periodicidad, allí ganan siempre los mismos que ya lo hacían cuando había un único partido.

Así que no es necesaria en verdad revolución alguna. No hace falta tomar las armas para acabar con nuestras democracias. Basta simplemente con que nos convenzamos de que nuestro voto puede ser entregado a quienes, por muchos adornos que les pongamos, quieren el poder legitimador de las urnas sólo para poder guardarlas en el armario o, en el mejor de los casos, para que en lo sucesivo no se puedan llenar si no es con lo que nos digan ellos, los cruzados de la moral política, los que quieren que seamos necios y nos creamos que cada una de sus mentiras son el único bálsamo frente a las de los que les precedieron.




viernes, 28 de noviembre de 2014

La sombra que nos sigue

Nuestras vidas se construyen a base de instantes rotos, instantes en que la continuidad se detiene y nos dejan, de repente, mirándonos por dentro. Entonces dejamos de ser gotas arrastradas por la corriente, granos de arena que el viento desplaza aquí o allá y podemos tomar consciencia de qué somos realmente y, lo más importante, qué queremos hacer con lo que somos.

Puede ser por cualquier causa: el cielo que rompe repentinamente a llover, una cara desconocida en la multitud que nos hace recordar algo que habíamos olvidado, el reflejo del sol en una pared... Cada día nos brinda distintas oportunidades. Normalmente nuestras permanentes ocupaciones las vuelven imperceptibles, indiferentes; pero a veces, sólo a veces, por razones desconocidas, el tiempo se detiene justo ahí, a punto de que salgamos del ensimismamiento del día a día y, como Saulos derribados por el rayo, oigamos esa voz interior que nos dice que somos más, mucho más.

Hoy ese relámpago ha iluminado el cielo justo frente a mí y me ha descabalgado. Ha sido efectivamente sólo un momento, apenas una nachapopiana décima de segundo, pero ha bastado. Porque nada más caer a tierra, del mismo golpe ha surgido la pregunta y la respuesta: ¿por qué corres si la sombra que te persigue es sólo eso? Y me he dado cuenta de que era cierto, de que la urgencia que me impongo en tantas cosas casi siempre carece de sentido, como lo hace preocuparnos por nuestra sombra.

Porque, vamos a ver, si la sombra es nuestra y nace de una decisión libre de avanzar hacia la luz, ningún sentido tiene que nos asustemos o agobiemos con ella. Y si la sombra no es nuestra, entonces no depende de lo que hagamos que se mantenga o no y, desde luego, dejará de seguirnos más pronto que tarde.

Sin embargo, nos movemos por la vida como si nuestra sombra fuera más importante que nosotros mismos. Miramos permanentemente hacia atrás para ver si ahí sigue. Lo que hicimos, los errores pasados e incluso los aciertos son referencia permanente a la que nos agarramos, olvidando que sólo quien se atreve puede equivocarse o acertar y que, como avisan las gestoras de fondos, aciertos pasados no garantizan éxitos futuros.

Supongo que la ciencia tendrá una explicación. Tal vez se trate de un instrumento evolutivo para evitar cometer los mismos errores, para aprender de nuestro pasado y no repetir lo que hicimos mal. Si es así, algo debe andar mal calibrado, pues por mucho que nos fijemos en nuestra sombra, la experiencia señala que hay errores que somos capaces de reproducir hasta la saciedad.

O quizás sea un marcador genético procedente de los tiempos en que aún no éramos los amos del planeta, cuando debíamos mirar constantemente hacia atrás para ver si nos acechaba algún depredador. De ser así, sólo habría que preguntarse qué leones, lobos y osos son los que hoy nos asustan.

De todos modos, tengo la impresión de que, sea cual sea la causa, correr perseguidos por nuestras sombras es algo que podemos evitar. Nos debemos mucho más de lo que hemos hecho, de lo que hemos sido. Nos debemos nada menos que el presente, el nuestro y el de quienes nos rodean, éstos sí de carne, hueso y alma y no meros contornos oscuros perfilados en el suelo sobre el que pisamos. Y en ese presente, correr no es en modo alguno la mejor opción, so pena de convertirlo a su vez en un pasado imperfecto que nos persiga allá adonde vayamos.

Así que, con Platón, Antonio Vega o Robin Williams, carpe diem, amigo, carpe diem... Y que el viento de este día sea propicio.



Madrid, 27 de noviembre de 2014.


jueves, 6 de noviembre de 2014

No hay flores ya para Amalia

Las letras de su nombre apenas se distinguen. Cuando me fijé en ellas por vez primera, sí se leían perfectamente. Con esa tipografía romántica propia de la época, en su lápida, con nitidez, se mostraba orgulloso y rotundo: "Amalia".

Es curioso que en apenas estas dos décadas hayan pasado a ser casi ilegibles. Prefiero no atribuirme ninguna responsabilidad en ello, pero es cierto que a veces no he podido evitar pisar su lápida para poder maniobrar mejor a la hora de colocar las flores que cada noviembre llevo a la tumba de mis padres. Ambas son colindantes y sin apenas separación, por lo que en ocasiones resulta necesario auparme sobre el sepulcro de Amalia. Tal vez con ello mis zapatos han depositado algún hongo o similar sobre la vieja piedra de su lápida. Lo cierto es que el mármol, que se veía aún claro tras enterrar a mi madre y que seguía prácticamente igual tres años después, cuando mi padre, ha ido tornando a un gris ceniciento y moteado en que se confunden espacios vacíos, letras y números. Hoy, de hecho, ya casi ni distinguía las fechas que daban cuenta de la corta vida de Amalia: 1868-1887. ¡Dieciocho años, diecinueve a lo sumo!

Por supuesto que no tengo idea de cuál fue la causa de su fallecimiento. Por no saber, no sé ni su apellido, que pareció no importarle a quien encargó aquella lápida. Quizá no hiciera falta. O tal vez sí. Os aseguro en cualquier caso que ningún apellido, por sonoro que fuera, tendría para mí tanta fuerza como el solo nombre de pila de aquella joven. “Amalia” se me aparece como el único posible. ¿Acaso habría otro más adecuado? Difícilmente.

Me la imagino conversando, de pie, con algún apuesto caballero, en algún baile de la época: elegante vestido verde oscuro, los hombros al aire, guantes largos de raso gris azulado y los dedos sujetando un abanico cerrado, mientras en la otra mano, su carnet de baile -un hermoso trabajo en marfil- se halla repleto de nombres.

Amalia sería sin duda hermosa. Tendría un largo cabello cobrizo perfectamente recogido en un moño alto, sujeto con varios pasadores de perlas, dejando libre media coleta lo justo para que su extremo curvado apuntase a su tentadora nuca desnuda. Y sus ojos, verdes y profundos como el valle tras la tormenta, mirarían vivaces en busca del joven que, al fondo del salón, aún no le habría requerido de baile. Ese joven que, con mal disimulo, la llevaba observando desde que entrara.

No sé si llegarían a hablarse finalmente. Ni si él le declararía su amor incondicional y eterno mientras de fondo se oía la música de la orquesta. Pero hoy me he imaginado que sí; que fueron inmensamente felices, aunque sólo fuera aquella noche, huyendo en la calesa juntos, ajenos a murmuraciones, dejando que el cochero les llevase por las sendas del buen parque del Retiro, despacio, mientras palomos, vencejos, sapos y ranas llenaban de sonidos la noche de aquella primavera tardía…

Luego he vuelto a este 2014, tan lejano, para advertir que en todo este tiempo nunca he visto flores sobre la tumba de Amalia. Ni sobre ninguna otra cuya última anotación empezase por 18. He visto incluso cómo algunos sepulcros, que en mis primeras visitas a mis padres estaban siempre llenos de crisantemos, claveles o dalias, han ido quedándose poco a poco en despoblado, a medida que iban a su vez perdiéndose -supongo- las memorias que los sustentaban.

Porque sin duda la tumba de Amalia en su día debió también estar cubierta de flores: las de la pasión arrebatada de aquel joven, las del dolor inenarrable de sus padres, las de todos o algunos de quienes la conocieron y amaron... Pero la memoria de los seres humanos es sólo un poco más larga que sus vidas, y hoy, irremisiblemente, de la de Amalia sólo queda la que apenas se distingue en la desgastada lápida de su tumba.



Madrid, 3-4 de noviembre de 2014. 


sábado, 11 de octubre de 2014

SIEMPRE

SIEMPRE


Y seguirás a mi lado, siempre,
cuando mire al cielo y te vea en cada estrella,
cuando cante el pájaro en primavera
o en la lluvia que me moje dulcemente;
tu aliento me envolverá con cada brisa
y tu voz restallará con cada ola;
sobre el mugir de la tierra te harás risa
y en todos los campos, amapola.
Y sonreirán los niños tu sonrisa;
no dejará tu sol de acariciarme;
te llenarás de blanco en cada luna,
y aún el silencio callará para escucharte
acunar una nana en cada cuna;
me mirarán tus ojos, dos luceros;
me abrazará tu amor en cada abrazo;
será tu paz la estrella de mi faro
y tu imagen, la cara de mi espejo;
no añoraré los días que se fueron,
pues viviré los sueños en presente,
dibujando con tus huellas el sendero
que proyecta tu semblante sonriente;
serás tren, árbol, lejanía,
horizonte de esperanzas renacidas,
roca frente al mar embravecida
o ternura amaneciente amanecida;
batirán tus alas tristezas y amarguras,
convirtiendo en remolinos mis derrotas;
atravesaremos juntos la espesura
y anidarán en tu pelo las gaviotas.
Y volverás a ser cada mañana,
cada tarde, cada noche, cada estela,
cada barco, cada cielo, cada vela,
cada parque, cada rincón, cada ventana;
me llevarás en volandas de la vida
y del amor a las praderas
donde serán razón nuestras quimeras
y brotará una flor de cada herida.
Hasta que un día, tal vez en primavera,
cuando mi tiempo haya colmado su medida,
me llamarán a tu encuentro las estrellas
y no habrá llanto, ni dolor, ni despedidas.
Y siempre te querré.

Eternamente.


De "El sembrador de sueños", Alfonso Trallero, ed. Bubok, 2010.