sábado, 16 de enero de 2016

LA MOSCA, EL PASTEL Y EL REY DESNUDO


Leer el último libro del último periodista ciclostil y darse cuenta de lo que crujen sus cuadernas es bien sencillo. La razón para la culpa y la culpa de la razón son evidentes: demasiada influencia de una sola fuente y demasiada complacencia con el sentido de la corriente. Es como la vieja fábula del rey desnudo, pero en el plan cutre que esta modernidad siglo XXI parece haber impuesto.

Me explico: me parece una auténtica estafa que el cronista oculte su condición de vocero. Incluso las grandes figuras del Medievo y la Edad Moderna dejaban a las claras por quién bebían los vientos, a quién se trataba de dejar bien aunque no lo mereciera y de quién en definitiva eran sus textos -y sus bolsillos- deudores eternos. Fuese el gran Hernando del Pulgar -cronista oficial de Castilla en tiempos de los Reyes Católicos- o el pequeño Silvestre rediseñando la “Crónica de Néstor” –menos conocida por nuestros lares, pero tanto o más divertida-, no había duda alguna de cuál era el plan que subyacía en sus obras. Allí el monarca bueno era tan bueno que el lector (o el oyente, pues lo normal es que el lector entonces fuera analfabeto), se iba a casa con las ideas suficientemente claras. Que luego, cuando se lo permitiera una pequeña holganza, se parase a pensar y se escamara de tanta bondad, ya era otra cosa. De hecho, gracias a esta falta de sutileza, se podía entender perfectamente por qué a veces (pocas, querido Watson), el rey bueno hacía cosas malas: porque le obligaban los malos, que si no…


Aquéllos eran cronistas a cara descubierta. Su verdad debía divertir y asombrar, pero dentro de unas reglas bien claras: a mi señor, todo; contra él, nada. Y el lector/espectador se divertía o asombraba, cuando la historia era buena, o tiraba berzas podridas al recitador o le molía a palos, cuando era un solemne tostón. Pero nadie se preguntaba si la fuente era fidedigna o no, ni si la narración hubiera sido distinta en manos de otro. Hubiera sido como cuestionar si la risa es caprichosa o el dolor indefectible.

Hoy en cambio la petulancia de creerse la fábula parte del propio escribidor, para quien no hay otra realidad que la que defiende, ni otro señor que su prisma vital. Son rehenes de su caminar por el mundo y de su entendimiento de que los buenos son siempre los que piensan como ellos y los malos los que ven las cosas de un modo distinto. Y hasta se jalean orgullosos de que, gracias a ellos, la sociedad pueda recibir una información plural y no quedar en manos del bando contrario. ¡Y ay del que pretenda ir por libre! Si no se incorpora a una de las corrientes imperantes, y a poco que eleve su voz sobre el discurso autorizado, será de inmediato señalado como sospechoso y condenado y ejecutado al mismo tiempo, que tales juicios es así como funcionan.

Lo malo es cuando, junto a atacar a los que exponen sus ideas sin colegiarse previamente, todas las corrientes se ponen de acuerdo en algo más y deciden que, en tal o cual cuestión, la verdad es única y así debe ser revelada. Porque, en esos casos, es al público al que se quiere convertir en brazo ejecutor de esa verdad revelada. Da igual de lo que se trate; una vez los portavoces oficiosos o los líderes de opinión de cada corriente, estén de acuerdo en ello, ya a nadie se le permitirá disentir, puesto que a nadie le será ofrecida hipótesis alternativa alguna y porque al que aun con todo la discurra, le será imposible siquiera compartirla. Y así, aunque el pastel sea en verdad una inmensa boñiga y huela como tal, a él deberemos acudir, so pena de que nos señalen todos con el dedo y el zumbido alrededor sea tan fuerte que acabemos volviéndonos locos.


Madrid, 16 de enero de 2016.

sábado, 12 de diciembre de 2015

EN MIS MANOS

EN MIS MANOS
(Sobre texto de José García Nieto)

En mis manos murió la primavera
El cielo que me diste sin matices,
El verbo de dolor y cicatrices
Que tu mano sanaba curandera.
En mis manos ardió toda quimera,
La noche de los sueños más felices,
Los ecos inasibles, las raíces
De todo lo que importa y lo que era
Creyeron que era arcilla y era lodo;
Soñaron que eran sueños y eran vanos
Reflejos de un pasado ya sin modo,
Espectros desvaídos y lejanos.
En mis manos estuvo el amor todo
Y todo se me ha ido de las manos.


Madrid, 9 de septiembre de 2015



sábado, 31 de octubre de 2015

SÉ QUE NO ESTÁIS AQUÍ

Sé que no estáis aquí. Sé que aquí sólo se hallan los huesos que un día arquitrabaron vuestros cuerpos; los que mansos obedecían cuando les mandabais correr, o sentarse, o asiros las manos, o besaros, o abrazarnos dulcemente al arroparnos cuando niños. Aquí únicamente quedan esos huesos; no vosotros. Lo sé.

Hoy hace un día magnífico. Erguido frente a vuestra tumba, el sol calienta mi cara. Es el mismo sol que tanto disfrutabais, cada uno a vuestra manera. El mismo que iluminó vuestras mañanas y tardes en Barcelona, cuando os conocisteis y os enamorasteis. Y en Valencia, donde os dijeron que a papá podían quedarle meses de vida; donde decidisteis jugároslo todo a una carta, y ganasteis. Y en Madrid, donde construisteis vuestro hogar más duradero; donde nos criasteis a todos; donde nos visteis crecer y volar en busca de nuestros propios destinos.

Los pájaros trinan por doquier, ajenos a todo. ¡Y las cotorras! Os sorprendería saber cuántas se oyen, asilvestradas, en los árboles del cementerio y en los del parque cercano. Ha sido en los últimos años que la gente empezó a soltarlas aquí, no sé si por concederles la libertad que merecían o porque se habían cansado ya del capricho que les había llevado a comprarlas. Lo cierto es que son multitud, bandadas y bandadas, y, cuando se ponen a hablar, forman tal estruendo que nada más puede distinguirse. Sé que vuestros huesos no pueden oírlas. Por eso os lo cuento.

Desconozco cuánto han crecido los cipreses, pero cada vez los veo más imponentes, gigantescos pinceles verdes recortados contra el cielo. Hay algo en ellos de compasión humana, observándonos respetuosos y firmes. Supongo que por eso los escogen para los camposantos.

Una lagartija asoma por la rendija de una tumba vieja, a la que hace decenios que nadie trae ya flores. Se queda inmóvil unos segundos, al sol. Luego desaparece tan rápido como irrumpió en mi campo visual.

Si vuestros huesos pudieran ver todo esto... Pero sé que no pueden hacerlo. Y que no lo necesitan, porque el sol, los cipreses, las cotorras y hasta las lagartijas son ahora vosotros; que sois todo y estáis en todo. Y sé que allí permaneceréis; eternamente.



Madrid, 31 de octubre de 2015. 


viernes, 29 de mayo de 2015

Rumbo final

Una línea difusa y apenas perceptible, como la mueca de un Dios juguetón… La tormenta había convertido en un todo cielo y mar, haciendo que el horizonte fuera una expectativa y no una visión. El hombre siguió atento, en cualquier caso. Tarde o temprano aparecería justo ahí. Ahora estaba seguro. Ella se dejaría ver de nuevo. Y esta vez sería la definitiva.

Llevaban ya tres días manteniendo la distancia, conscientes ambos de que aún no era el momento. Tan pronto se avistaban, viraban de inmediato para volver a alejarse lo justo... y de nuevo a la derrota que, desde San Vicente, venían llevando en paralelo.

La historia venía de lejos, en cualquier caso. De mucho antes de que estuvieran a punto de abordarse justo frente al espolón de Sagres, donde las traicioneras corrientes pueden destrozar un barco sin apenas tocarlo; donde una noche sin luna y con algo de niebla, por muy marino que uno sea, es suficiente para que todo acabe en un segundo. 

Ella fue la que maniobró primero, al sentir el cambio en la cadencia de las olas cortadas por su quilla. El apenas la vio sobrepasarle por babor, espectro surgido de las sombras, a escasas dos mangas, y desaparecer de nuevo en la bruma entrecortada y fría.

Aquello le bastó, en cualquier caso, aunque durante las siguientes horas, hasta la salida del sol, se preguntara una y otra vez si había sido real o sólo fruto de los juguetones espíritus del mar. Pero la mañana y la engañosa calma repentina que vino con ella, le abrieron al fin los ojos. Era cierto, no había sido un sueño fruto del cansancio, de las dos semanas de singladura en solitario, de los muchos días y noches anteriores en el mar, de los cientos de whiskies y ginebras y tequilas en los antros de todas las costas... No había sido una ilusión, la ansiada materialización de tantas historias oídas en interminables noches de guardia en cubierta o en el puente. No, era real. De hecho, ahora tenía claro que ella siempre había estado cerca, oteando sus trasluchadas, vigilando desde lejos cada uno de sus rumbos, manteniéndose cerca de los puertos en que atracaba... Ahora entendía muchas cosas: aquel chapoteo, siempre con el mismo ritmo, que nunca había sabido qué lo producía; las veces que se había despertado en mitad de la noche -tras oír lo que parecía un armonioso canto- a tiempo de evitar un bajío que no aparecía en las cartas o un mercante ruso o chino al que no le preocupaba partir en dos su barquito; los inexplicables cambios de rumbo que en otras ocasiones le habían salvado de un alcance seguro... Siempre había sido ella. Ahora lo sabía.

De hecho, también ahora entendía otras muchas cosas. Y, al hacerlo, una extraña mezcla de pudor y excitación le embargaban, al recordar cómo en cada una de las ocasiones en que había intentado llevar a bordo a alguna mujer, el casco empezaba a balancearse de modo inexplicable, aunque estuviera perfectamente fondeado o incluso atracado. Y cómo las más de las veces cesaba el balanceo en cuanto la mujer, mareada, le decía que mejor otro día.

Ahora lo sabía: siempre había sido ella... Y siempre por amor... Por más que le pareciera increíble, ella le había amado siempre. Y le esperaba... Y a él ya todo le resultaba demasiado largo, demasiado lento, demasiado tiempo…

El cielo comenzaba a oscurecerse de nuevo. Tras atravesar el ojo, se adentraba de lleno otra vez en la tormenta, sólo que la misma había ganado mucha fuerza en estas últimas horas y las olas empezaban a ser ciertamente imponentes. Ni siquiera a él, que las venía buscando con ahínco incluso desde antes de saber que ella existía, dejaban de asombrarle. Y eso que las había visto de todas las clases. Como cuando frente a la costa de Nueva Guinea, una solitaria de diez metros barrió longitudinal la Tansiquer, una vieja goleta de 50 pies y dos palos que había comprado en una subasta y con la que paseaba a adinerados turistas australianos. O la galerna fuerza nueve que casi acaba con el Zukullu aquel día de San Juan Nepomuceno de 1996.

Pero entonces no sabía que ella le esperaba y aún temía. Ahora, en cambio, tenía claro que su destino era ella y que el rumbo para alcanzarlo pasaba por un único sitio. Y hacia él apuntaba su proa.

De pronto la vio, justo en la cresta de una gran ola. Su cuerpo sobresalía desde la cintura, manteniéndose perfectamente erguido a pesar de las circunstancias. Y así pudo contemplarla por fin el tiempo suficiente para apreciar su hermosura. El cabello, larguísimo y abundante, le caía empapado por detrás de los hombros, dejando éstos y el cuello al descubierto, así como sus pechos, perfectos. Era una imagen turbadora, como las primeras que, cuando adolescente, buscaba en las portadas de las revistas de los quioscos. Pero al tiempo, había en ella algo que le transmitía una inmensa paz, el sosiego que tanto anhelaba.

Entonces le sonrió y, en la distancia, creyó ver que también sus ojos brillaban de emoción, que sus labios se entreabrían ligeramente y que todo su ser le decía que le amaba y que le amaría siempre. Y, sin dudarlo, se arrojó al agua para unirse a ella, justo en el mismo instante en que un violento golpe de mar levantaba su barco sobre el horizonte para lanzarlo acto seguido a la negra profundidad en que habitan sólo los fantasmas de los marinos que no supieron o no quisieron volver a tierra.


Madrid, 29 de mayo de 2015


sábado, 14 de marzo de 2015

Porque sí que importa

No hay mayor necio que el que es capaz de creerse sus propias mentiras. Ni mayor sinvergonzonería que predicar lo contrario a lo que se hace en privado. De lo uno y de lo otro estamos, por desgracia, bien sufridos en nuestra vieja España, aunque no más que en el resto de este hermoso planeta que se nos ha dado.

La crisis de los últimos años -cruel como todas las crisis, especialmente para con los más necesitados-, ha puesto al descubierto con gran escándalo a una panda de embaucadores que han venido disponiendo de nuestras esperanzas al tiempo que se llenaban los bolsillos del gabán. Políticos deshonestos al margen de siglas, reguladores que preferirían cacarear que todo iba bien a cumplir con su cometido, periodistas con el carnet en la boca y la barriga convenientemente alimentada, sátrapas de comunidad autónoma o de feria de pueblo, imanes, curas y rabinos que olvidaron que Dios sí les necesitaba...

En el fragor de la dura vida cotidiana de estos años críticos, muchos se han visto así tentados de mandar todo a la mierda; de meter a todos en un mismo cesto, sin distinguir las manzanas podridas de las sanas, y de convencerse de que el único remedio frente a la injusticia es la revolución (ya, ya sé que hoy no la llaman así, pero es que hoy pocas cosas son llamadas por su nombre).

Y ahí tenemos a Syriza. Y ahí tenemos a Podemos. Y ahí tenemos a Pegida. Y ahí al Frente Nacional...

Sin embargo, parece simplemente increíble que, con lo que llevamos ya de historia, no nos importen las evidentes similitudes del momento con lo que ocurría en nuestra vieja Europa en los primeros años treinta del siglo pasado. Por más que algunos me tilden de profeta de mal agüero y otros de anacrónico oportunista, ahí están; incluso para los simpatizantes de unos y otros radicalismos.

El panorama en 1932 era sencillo: tras tres años de una crisis económica tan dura como esta última, en Alemania se celebraban elecciones en el marco de la llamada República de Weimar, cuyo crédito entre la ciudadanía era claramente escaso. La casta entonces era la misma a la que hoy se quiere identificar por algunos: la de quienes venían alternándose en el Gobierno desde el final de la Gran Guerra, la que había sido incapaz -se decía, igual que se dice ahora- de pensar en el pueblo en vez de en sus intereses partidistas. Fue en ese caldo y con ese discurso en el que surgió, se alimentó y creció imparable el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de Adolf Hitler. Desde el principio quiso distanciarse de los otros, los del régimen, los muy caducos y corruptos políticos de Weimar. Y a fe que lo consiguió.

En las elecciones de julio de 1932, el Partido Nazi resultó el más votado, con el 38% de los votos, aunque sin llegar a la mayoría absoluta en el Reichstag. Desde ahí, y con un aparente respeto exquisito a las leyes de la República, Hitler fue desmontando desde dentro esa misma democracia que le había legitimado hasta convertir Alemania en uno de los totalitarismos más infames de la Historia. Así que ni golpe de estado ni estado imperfecto. De una República democrática puede surgir igualmente la dictadura más feroz.

Un ejemplo casi tan vivo que no querer usarlo sí sería demagogia es el venezolano. Con diferencias, claro, porque allí el desmontaje de las estructuras democráticas no ha terminado aún. Pero un parlamento donde la oposición ha sido prácticamente borrada, una Justicia que encarcela sospechosamente a los líderes de esa oposición, una policía bolivariana que dispara a niños de 15 años y un Presidente cuyos discursos siempre claman contra Imperios antagonistas, suena demasiado a totalitarismo como para no serlo.

Y claro, también está el caso ruso, ecuación perfecta de la perfecta ingenuidad de quienes creyeron que la caída del muro bastaba para acabar con 80 años de casta revolucionaria. Allí, desde luego, sigue habiendo elecciones con la periodicidad marcada por la Ley. Y con esa misma periodicidad, allí ganan siempre los mismos que ya lo hacían cuando había un único partido.

Así que no es necesaria en verdad revolución alguna. No hace falta tomar las armas para acabar con nuestras democracias. Basta simplemente con que nos convenzamos de que nuestro voto puede ser entregado a quienes, por muchos adornos que les pongamos, quieren el poder legitimador de las urnas sólo para poder guardarlas en el armario o, en el mejor de los casos, para que en lo sucesivo no se puedan llenar si no es con lo que nos digan ellos, los cruzados de la moral política, los que quieren que seamos necios y nos creamos que cada una de sus mentiras son el único bálsamo frente a las de los que les precedieron.




viernes, 28 de noviembre de 2014

La sombra que nos sigue

Nuestras vidas se construyen a base de instantes rotos, instantes en que la continuidad se detiene y nos dejan, de repente, mirándonos por dentro. Entonces dejamos de ser gotas arrastradas por la corriente, granos de arena que el viento desplaza aquí o allá y podemos tomar consciencia de qué somos realmente y, lo más importante, qué queremos hacer con lo que somos.

Puede ser por cualquier causa: el cielo que rompe repentinamente a llover, una cara desconocida en la multitud que nos hace recordar algo que habíamos olvidado, el reflejo del sol en una pared... Cada día nos brinda distintas oportunidades. Normalmente nuestras permanentes ocupaciones las vuelven imperceptibles, indiferentes; pero a veces, sólo a veces, por razones desconocidas, el tiempo se detiene justo ahí, a punto de que salgamos del ensimismamiento del día a día y, como Saulos derribados por el rayo, oigamos esa voz interior que nos dice que somos más, mucho más.

Hoy ese relámpago ha iluminado el cielo justo frente a mí y me ha descabalgado. Ha sido efectivamente sólo un momento, apenas una nachapopiana décima de segundo, pero ha bastado. Porque nada más caer a tierra, del mismo golpe ha surgido la pregunta y la respuesta: ¿por qué corres si la sombra que te persigue es sólo eso? Y me he dado cuenta de que era cierto, de que la urgencia que me impongo en tantas cosas casi siempre carece de sentido, como lo hace preocuparnos por nuestra sombra.

Porque, vamos a ver, si la sombra es nuestra y nace de una decisión libre de avanzar hacia la luz, ningún sentido tiene que nos asustemos o agobiemos con ella. Y si la sombra no es nuestra, entonces no depende de lo que hagamos que se mantenga o no y, desde luego, dejará de seguirnos más pronto que tarde.

Sin embargo, nos movemos por la vida como si nuestra sombra fuera más importante que nosotros mismos. Miramos permanentemente hacia atrás para ver si ahí sigue. Lo que hicimos, los errores pasados e incluso los aciertos son referencia permanente a la que nos agarramos, olvidando que sólo quien se atreve puede equivocarse o acertar y que, como avisan las gestoras de fondos, aciertos pasados no garantizan éxitos futuros.

Supongo que la ciencia tendrá una explicación. Tal vez se trate de un instrumento evolutivo para evitar cometer los mismos errores, para aprender de nuestro pasado y no repetir lo que hicimos mal. Si es así, algo debe andar mal calibrado, pues por mucho que nos fijemos en nuestra sombra, la experiencia señala que hay errores que somos capaces de reproducir hasta la saciedad.

O quizás sea un marcador genético procedente de los tiempos en que aún no éramos los amos del planeta, cuando debíamos mirar constantemente hacia atrás para ver si nos acechaba algún depredador. De ser así, sólo habría que preguntarse qué leones, lobos y osos son los que hoy nos asustan.

De todos modos, tengo la impresión de que, sea cual sea la causa, correr perseguidos por nuestras sombras es algo que podemos evitar. Nos debemos mucho más de lo que hemos hecho, de lo que hemos sido. Nos debemos nada menos que el presente, el nuestro y el de quienes nos rodean, éstos sí de carne, hueso y alma y no meros contornos oscuros perfilados en el suelo sobre el que pisamos. Y en ese presente, correr no es en modo alguno la mejor opción, so pena de convertirlo a su vez en un pasado imperfecto que nos persiga allá adonde vayamos.

Así que, con Platón, Antonio Vega o Robin Williams, carpe diem, amigo, carpe diem... Y que el viento de este día sea propicio.



Madrid, 27 de noviembre de 2014.


jueves, 6 de noviembre de 2014

No hay flores ya para Amalia

Las letras de su nombre apenas se distinguen. Cuando me fijé en ellas por vez primera, sí se leían perfectamente. Con esa tipografía romántica propia de la época, en su lápida, con nitidez, se mostraba orgulloso y rotundo: "Amalia".

Es curioso que en apenas estas dos décadas hayan pasado a ser casi ilegibles. Prefiero no atribuirme ninguna responsabilidad en ello, pero es cierto que a veces no he podido evitar pisar su lápida para poder maniobrar mejor a la hora de colocar las flores que cada noviembre llevo a la tumba de mis padres. Ambas son colindantes y sin apenas separación, por lo que en ocasiones resulta necesario auparme sobre el sepulcro de Amalia. Tal vez con ello mis zapatos han depositado algún hongo o similar sobre la vieja piedra de su lápida. Lo cierto es que el mármol, que se veía aún claro tras enterrar a mi madre y que seguía prácticamente igual tres años después, cuando mi padre, ha ido tornando a un gris ceniciento y moteado en que se confunden espacios vacíos, letras y números. Hoy, de hecho, ya casi ni distinguía las fechas que daban cuenta de la corta vida de Amalia: 1868-1887. ¡Dieciocho años, diecinueve a lo sumo!

Por supuesto que no tengo idea de cuál fue la causa de su fallecimiento. Por no saber, no sé ni su apellido, que pareció no importarle a quien encargó aquella lápida. Quizá no hiciera falta. O tal vez sí. Os aseguro en cualquier caso que ningún apellido, por sonoro que fuera, tendría para mí tanta fuerza como el solo nombre de pila de aquella joven. “Amalia” se me aparece como el único posible. ¿Acaso habría otro más adecuado? Difícilmente.

Me la imagino conversando, de pie, con algún apuesto caballero, en algún baile de la época: elegante vestido verde oscuro, los hombros al aire, guantes largos de raso gris azulado y los dedos sujetando un abanico cerrado, mientras en la otra mano, su carnet de baile -un hermoso trabajo en marfil- se halla repleto de nombres.

Amalia sería sin duda hermosa. Tendría un largo cabello cobrizo perfectamente recogido en un moño alto, sujeto con varios pasadores de perlas, dejando libre media coleta lo justo para que su extremo curvado apuntase a su tentadora nuca desnuda. Y sus ojos, verdes y profundos como el valle tras la tormenta, mirarían vivaces en busca del joven que, al fondo del salón, aún no le habría requerido de baile. Ese joven que, con mal disimulo, la llevaba observando desde que entrara.

No sé si llegarían a hablarse finalmente. Ni si él le declararía su amor incondicional y eterno mientras de fondo se oía la música de la orquesta. Pero hoy me he imaginado que sí; que fueron inmensamente felices, aunque sólo fuera aquella noche, huyendo en la calesa juntos, ajenos a murmuraciones, dejando que el cochero les llevase por las sendas del buen parque del Retiro, despacio, mientras palomos, vencejos, sapos y ranas llenaban de sonidos la noche de aquella primavera tardía…

Luego he vuelto a este 2014, tan lejano, para advertir que en todo este tiempo nunca he visto flores sobre la tumba de Amalia. Ni sobre ninguna otra cuya última anotación empezase por 18. He visto incluso cómo algunos sepulcros, que en mis primeras visitas a mis padres estaban siempre llenos de crisantemos, claveles o dalias, han ido quedándose poco a poco en despoblado, a medida que iban a su vez perdiéndose -supongo- las memorias que los sustentaban.

Porque sin duda la tumba de Amalia en su día debió también estar cubierta de flores: las de la pasión arrebatada de aquel joven, las del dolor inenarrable de sus padres, las de todos o algunos de quienes la conocieron y amaron... Pero la memoria de los seres humanos es sólo un poco más larga que sus vidas, y hoy, irremisiblemente, de la de Amalia sólo queda la que apenas se distingue en la desgastada lápida de su tumba.



Madrid, 3-4 de noviembre de 2014. 


sábado, 11 de octubre de 2014

SIEMPRE

SIEMPRE


Y seguirás a mi lado, siempre,
cuando mire al cielo y te vea en cada estrella,
cuando cante el pájaro en primavera
o en la lluvia que me moje dulcemente;
tu aliento me envolverá con cada brisa
y tu voz restallará con cada ola;
sobre el mugir de la tierra te harás risa
y en todos los campos, amapola.
Y sonreirán los niños tu sonrisa;
no dejará tu sol de acariciarme;
te llenarás de blanco en cada luna,
y aún el silencio callará para escucharte
acunar una nana en cada cuna;
me mirarán tus ojos, dos luceros;
me abrazará tu amor en cada abrazo;
será tu paz la estrella de mi faro
y tu imagen, la cara de mi espejo;
no añoraré los días que se fueron,
pues viviré los sueños en presente,
dibujando con tus huellas el sendero
que proyecta tu semblante sonriente;
serás tren, árbol, lejanía,
horizonte de esperanzas renacidas,
roca frente al mar embravecida
o ternura amaneciente amanecida;
batirán tus alas tristezas y amarguras,
convirtiendo en remolinos mis derrotas;
atravesaremos juntos la espesura
y anidarán en tu pelo las gaviotas.
Y volverás a ser cada mañana,
cada tarde, cada noche, cada estela,
cada barco, cada cielo, cada vela,
cada parque, cada rincón, cada ventana;
me llevarás en volandas de la vida
y del amor a las praderas
donde serán razón nuestras quimeras
y brotará una flor de cada herida.
Hasta que un día, tal vez en primavera,
cuando mi tiempo haya colmado su medida,
me llamarán a tu encuentro las estrellas
y no habrá llanto, ni dolor, ni despedidas.
Y siempre te querré.

Eternamente.


De "El sembrador de sueños", Alfonso Trallero, ed. Bubok, 2010.


lunes, 28 de julio de 2014

¿H@Y ALGUIEN AHÍ? Creación y redes#PorAmorAlArte

La multiplicación exponencial de plataformas, canales y expositores que han propiciado en la última década las nuevas tecnologías y en especial internet ha permitido una importante difusión a cientos de miles de creadores, que en otro tiempo hubiera sido inimaginable. Hoy blogs, hashtags, posts, SMS, whats y demás encuadres digitales permiten transmitir instantáneamente casi cualquier tipo de obra y hacerlo a miles de destinatarios al mismo tiempo. Y todo sin la menor necesidad de invertir en costosas campañas publicitarias ni de desarrollar complejos planes de mercadotecnia.

Esa es, desde luego, la teoría, reforzada en ocasiones por noticias de alto impacto, como el encumbramiento repentino de tal cantautor vía Youtube o las millonarias visitas a la página de ese bloguero hasta ayer desconocido.

La realidad, sin embargo, no siempre es tan sencilla. Y a lo mejor no debe de serlo.
              
Ciertamente, varios son los problemas a que ha de enfrentarse este impresionante aumento de la oferta. El primero, el hecho de que la demanda, aunque también haya crecido de modo considerable, no lo ha hecho al mismo ritmo. Puede que hoy se lea más, se escuché más música y se contemple más obra gráfica, audiovisual y pictórica que nunca, pero aún no basta para absorber el volumen de creaciones por minuto que se vuelcan en el mundo digital. Si sólo nos dedicáramos al consumo cultural, puede que en algún momento se alcanzara un punto de equilibrio, pero como tenemos que repartir nuestro tiempo con otras actividades...

Por otra parte, el mismo crecimiento geométrico de las obras al alcance de todos, así como de la posibilidad de que todos accedan fácilmente a nuestras creaciones ha provocado un indudable efecto llamada. En esta sociedad escaparatista en que nos movemos, ver que otros hacen lo que tú también crees que sabes hacer, y que lo vuelcan en la red con tal facilidad, es sin duda un acicate de primer orden para que te lances confiado a ese vacío. De modo que, exagerando sólo un poquito, nos podemos estar dirigiendo a un horizonte en que haya tantos lectores como escritores, tantos espectadores como artistas anónimos de vídeos caseros, tantos pintores como paisajes y retratados y figurantes pueblan nuestro planeta. No es que eso sea malo -difícilmente puede serlo que los seres humanos desarrollemos nuestras inquietudes artísticas-, pero no cabe duda que dificulta que nuestra obra, indiferenciada de otras miles o millones, alcance una mínima difusión.

Así que estamos exactamente en el punto en que quizá debiéramos preguntarnos si la eclosión digital ha cambiado el paradigma; si de la unívoca cultura de masas hemos pasado a un escenario en que no es tan importante el número de personas que acceden directamente a nuestra obra, como la capacidad de que, a través de ellas, el hecho cultural prosiga en una suerte de creación colectiva y evolutiva. Y no es que se trate de algo definitivamente nuevo: siempre hubo escuelas, autorías conjuntas e influencia de unos creadores en otros; desde los bisontes de Altamira a los cubistas, pasando por los juglares del mester o los talleres sapi afroportugueses. El arte y la cultura, de hecho, son influjo, impresión y redefinición constantes; desde los albores de nuestra especie. La dimensión trascendental de toda creación puede verse así mejor colmatada, al pasar a formar parte de las nuevas obras derivadas.


La cuestión a plantear resulta pues otra: ¿cómo compatibilizar un espacio cultural tan amplio con una audiencia o difusión que en el 99% de las creaciones resulta irrisoria? Y su consecuencia: ¿cabe mantener el interés de los creadores si no existe eso que hoy llaman "visibilidad de resultados"?

Si lo formulamos en términos puramente mercantilistas, no creo que la respuesta sea satisfactoria. Pero si acudimos de nuevo a los orígenes, el asunto cambia. Porque nuestros ancestros, cuando se lanzaron a pintar bisontes en Altamira, no creo que pensaran en multitudes expectantes por contemplarlos, ni en derechos de explotación algunos. Y quien o quienes pasaron a la posteridad con el nombre de Homero, a la hora de contar la historia de Aquiles y Héctor y Ulises, tampoco son de imaginar buscándose un buen agente. Y a pesar de eso, ¡qué sería de todo lo posterior sin ellos!


Así que no nos perdamos entre tamaña maraña digital y sigamos pintando, escribiendo, esculpiendo, componiendo o rodando; por si hay alguien ahí afuera a quien le guste lo que hacemos. Y porque, lo haya o no, seremos sin duda mejores y más felices haciéndolo.

Madrid, 28 de julio de 2014

lunes, 23 de junio de 2014

DE VICTORIAS Y DERROTAS

La victoria y la derrota valen nada cuando se olvida que, un minuto antes de acabar, ninguno somos dueños más que de nuestras esperanzas y nuestra actitud ante ellas. Los hay que buscan en los arcones del azar las causas para su desconsuelo. Y quienes por el contrario sólo ven con la lupa gigante del entusiasmo recién recompensado y creen que todo lo alcanzado es gracias únicamente a su esfuerzo o al de su equipo.

Difícil no sentirse así, aunque sea sólo un momento. Ése en el que decenas de personas a tu alrededor -personas que podrías ser tú, o tu hermano, o tu hijo-, encuentran la alegría o el abatimiento que produce este deporte tan impredecible como intenso.

Hace ahora un mes, como madridista, viví en Lisboa la emoción y la inmensa alegría de "La Décima". Aunque la mayoría de los que me rodeaban eran también seguidores del Madrid, había también algún/alguna atlético/atlética. Nada más marcar Ramos el gol del empate, exploté de alegría, sí, y me abracé a unos y otras, como si nos conociéramos de siempre, como si aquel momento tan anhelado nos convirtiera para siempre en camaradas. Pero tras el júbilo inicial, miré a la aficionada atlética que tenía enfrente e intenté consolarla, animarla. Sabía cómo se sentía: todos los que amamos este deporte y vibramos con un equipo, lo sabemos. Y sabía que ese sentimiento que ella experimentaba, lo que debían estar viviendo la mayoría de seguidores del Atlético en ese momento, era muy muy parecido al que veníamos experimentando los madridistas hasta un minuto antes, justo hasta que Ramos se alzó sobre la defensa adversaria y cabeceó inapelable hasta el fondo de la red.

Comprendí en definitiva que en aquel instante, tan distinto para ella y para mí, éramos sin embargo más iguales que nunca. Y por eso su tristeza, envés puro de mi alegría, no me era indiferente. No podía serlo. Y con la de ella, la de todos los atléticos, amigos o no, conocidos o desconocidos...

Disfruté enormemente cada segundo que pasó a continuación. El segundo gol de Bale y el tercero de Marcelo. El penalti y la exhibición de abdomen de Ronaldo -por más que su competitividad y esfuerzo se lo pudieran merecer- sinceramente me sobraron. Después, durante algunas horas, siguió la fiesta en Lisboa y la incontenible euforia de lo vivido. Pero en mi corazón y en mi memoria, persistió la imagen del abatimiento de aquella aficionada; recordándome que la victoria y la derrota que cuentan son las que aprendemos, las que nos ayudan a ser mejores, las que nos permiten entender que en este deporte, como en todo, lo importante es no perder de vista la pelota; y seguir teniendo ganas de jugarla.

Hace cinco días, como español, tuve que aplicarme esa misma máxima tras la prematura eliminación de la selección en el Mundial de Brasil. Para entonces ya tenía casi ultimada esta entrada; pero el dios de las letras jugaba conmigo a que no me diera cuenta de que no podía publicarla todavía. O simplemente quería darme la oportunidad de que el círculo se cerrara y los ojos de aquella aficionada fueran efectivamente los míos.

Así que, ahora sí: sigamos teniendo esperanza y actitud, en la victoria y en la derrota. Porque es sólo un juego, desde luego, pero a todos, alguna vez, la vida nos pone a correr detrás de una pelota; así que mejor tener claro que lo importante es querer jugarla y hacerlo del modo más hermoso posible.

Madrid, 23 de junio de 2014

domingo, 27 de abril de 2014

¡HASTA QUE NOS ENCONTREMOS EN LA CASA GRANDE, MAESTRO!

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo... Aún recuerdo sin mucho esfuerzo el impactante comienzo de "Crónica de una muerte anunciada", de Gabriel García Márquez, la primera frase que leí de él y con que la que capturó para siempre mi atención.

Debía tener yo entonces 13 o 14 años y aunque no fuera un devorador de libros, sí había leído ya los suficientes como para desarrollar un mínimo criterio literario. Por eso aún soy capaz de revivir la turbación que aquellas palabras me provocaron. Nadie hasta entonces me había hecho ver tan claramente que el misterio y la tensión de una novela podían no ser tan importantes como el lenguaje con que estaba escrita y la potencia evocadora de cada oración.

Es cierto que, en mi inagotable ambición infantil y juvenil, en mi impulsiva ansiedad por conocer, ya me había atrevido con obras sin duda inadecuadas para mi edad, como "Las Bucólicas" y "La Eneida" de Virgilio o la "Orestiada" de Esquilo, pero para entonces mi principal objeto de consumo eran las novelas de misterio y aventuras, antiguas, modernas y contemporáneas. Y en ellas, la tradición más absoluta y unánime imponía desconocer el desenlace de la historia hasta el mismo final de la lectura. Por eso aquella osada ruptura de lo establecido con que principiaba la novela de García Márquez me provocaba tanto y, como a miles de lectores, me ponía frente a la misma cuaderna del artificio, invitándome a contemplarlo cual era desde el principio. Un mismo idioma para un lenguaje por completo nuevo.

Después vino ya "Cien años de soledad". Me sorprendo aún al recordar cómo lo hallé perdido en una de las estanterías de mi casa. No pregunté entonces -a esa edad las cosas que luego importan no lo hacen tanto- quién entre mis padres y hermanos lo había dejado allí, quién lo había comprado ni quién lo había leído. No recuerdo si ya estaba desencuadernado cuando lo encontré o acabó así tras pasar por mis manos, pero sí tengo fresca aquella portada de diseño finosesentero con rectangulitos azules -¿o eran morados?- sobre fondo blanco. Leí y leí sin parar y desaparecí del resto del mundo, visitando lugares que jamás hubiera pensado pudieran existir, descuadernando cada rincón de mi mente para dejar que la misma volara por entre los Buendía como si fuera uno más de ellos.

Cuando terminé aquel libro, pensé que nunca más podría leer ningún otro, ni escribir nada que pudiera tener algún sentido. Lo primero, afortunadamente, lo superé. De lo segundo intento aún recuperarme.

De hecho, poco tiempo después devoraba “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca” y “Los funerales de la mamá grande” y, convencido de que aquello no podía ser obra de un solo hombre, me lancé frenético a por todo lo que oliera a literatura hispanoamericana. Y llegué a Rulfo, a Borges, a Fuentes y hasta a Padilla.

Después, las aguas se calmaron. Me hice adulto, supongo, y con ello, las sensaciones trocaron en emociones y las emociones exigieron más tiempo para ser asimiladas, menos intensidad para no desbordar los límites de un corazón y un cerebro finitos. Y dejé de leer a García Márquez.

Por eso hoy no quiero llorar su muerte. Sería un plañir fariseo y antojadizo. Pero sí quiero recordar, porque sin García Márquez, probablemente, ni yo ni muchos otros seríamos como somos. Así que descanse en paz, Maestro, y, si puede, aparézcasenos de vez en cuando. Y si no, guárdenos un sitio bonito en la Casa Grande, junto a una ventana con vistas donde poder fumarnos una buena pipa y charlar mientras la tarde va cayendo.


Madrid, 27 de abril de 2014.


martes, 25 de marzo de 2014

DE HEROES Y PATRIOTAS

 


Dicen que ya no quedan héroes en España; ni patriotas. De hecho, dicen que ambos conceptos están desfasados, gastados por el abuso que de los mismos se hizo no hace tanto, derrotados por el sitio al que, de modo sistemático, han sido sometidos desde entonces. Dicen que hablar hoy de heroísmo, de patriotismo, queda sólo para los fachas recalcitrantes o para los abuelos y sus batallitas.

Pero España sigue necesitando héroes. Y patriotas. Todas las naciones vivas los precisan. Sólo los países extintos no los requieren. La Atenas de Pericles, la Roma de Trajano.... Los que tuvieron entonces, entonces se agotaron. Serán recordados y servirán de estímulo y ejemplo, pero para otras naciones; no para las patrias que forjaron sus caracteres. Por eso alguien dijo alguna vez: "desgraciada la tierra que necesita héroes"; porque es más fácil vivir en la memoria que ganarte el pan de cada día. Y en esta España que se quiere por algunos que se extinga, resulta a veces verdaderamente difícil aspirar a esa heroicidad cotidiana; la de ser simplemente lo mejor que podamos ser. Y la de estar orgullosos de intentarlo, dispuestos a levantarnos tras cada caída.

Por eso, y por los muchos errores que cada héroe español comete cada día, homenajear hoy a Adolfo Suárez, con todos sus defectos, con todos sus desaciertos, tiene pleno sentido, porque a menos que queramos dar la razón a quienes dicen que España ha muerto, seguirá habiendo héroes en nuestra vieja Nación. Y patriotas.

Madrid, 24 de marzo de 2014
 
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jueves, 20 de febrero de 2014

LOS RECUERDOS DESAHUCIADOS

LOS RECUERDOS DESAHUCIADOS



Vivir sin recuerdos, ¿qué sería?
¿Esperar la vida que ya fuimos
O trazar caminos que recorrimos
En la tarde silenciosa y opacada?
¿Dónde irían los besos que despertaron
Los momentos ya por siempre eternizados?
¿Cómo nos llamarían los amigos
Que dejamos atrás aquel verano,
Las amantes escondidas en los rincones
De aquella playa virgen y buscona?
¿Cuántos vinos vendrían a rescatarnos
De ese olvido asesino y malhadado?
¿Quiénes se beberían las lágrimas de azúcar
Con que abrimos las puertas del pecado,
Los días de dátiles allá en lo alto
Frente al Mervellé y Loquillo al lado,
O en el Parque del Oeste triste y solitario
Sin la última rubia
Que vino a probar
El asiento de atrás?
¿Cuál viento tensaría los obenques
Del velero aquél con que abordamos
El galeón perdido en el Mar de los Sargazos?
¿Cuándo decidiríamos celebrar
Nuestro vigésimo quinto aniversario?
¿Por qué nos iba a importar
Que lo olvidaras?
Y cada una de las vidas que regalamos,
¿Qué valdrían ya
Entre todos los recuerdos desahuciados?




Barcelona, 2 de febrero de 2014