sábado, 14 de marzo de 2015

Porque sí que importa

No hay mayor necio que el que es capaz de creerse sus propias mentiras. Ni mayor sinvergonzonería que predicar lo contrario a lo que se hace en privado. De lo uno y de lo otro estamos, por desgracia, bien sufridos en nuestra vieja España, aunque no más que en el resto de este hermoso planeta que se nos ha dado.

La crisis de los últimos años -cruel como todas las crisis, especialmente para con los más necesitados-, ha puesto al descubierto con gran escándalo a una panda de embaucadores que han venido disponiendo de nuestras esperanzas al tiempo que se llenaban los bolsillos del gabán. Políticos deshonestos al margen de siglas, reguladores que preferirían cacarear que todo iba bien a cumplir con su cometido, periodistas con el carnet en la boca y la barriga convenientemente alimentada, sátrapas de comunidad autónoma o de feria de pueblo, imanes, curas y rabinos que olvidaron que Dios sí les necesitaba...

En el fragor de la dura vida cotidiana de estos años críticos, muchos se han visto así tentados de mandar todo a la mierda; de meter a todos en un mismo cesto, sin distinguir las manzanas podridas de las sanas, y de convencerse de que el único remedio frente a la injusticia es la revolución (ya, ya sé que hoy no la llaman así, pero es que hoy pocas cosas son llamadas por su nombre).

Y ahí tenemos a Syriza. Y ahí tenemos a Podemos. Y ahí tenemos a Pegida. Y ahí al Frente Nacional...

Sin embargo, parece simplemente increíble que, con lo que llevamos ya de historia, no nos importen las evidentes similitudes del momento con lo que ocurría en nuestra vieja Europa en los primeros años treinta del siglo pasado. Por más que algunos me tilden de profeta de mal agüero y otros de anacrónico oportunista, ahí están; incluso para los simpatizantes de unos y otros radicalismos.

El panorama en 1932 era sencillo: tras tres años de una crisis económica tan dura como esta última, en Alemania se celebraban elecciones en el marco de la llamada República de Weimar, cuyo crédito entre la ciudadanía era claramente escaso. La casta entonces era la misma a la que hoy se quiere identificar por algunos: la de quienes venían alternándose en el Gobierno desde el final de la Gran Guerra, la que había sido incapaz -se decía, igual que se dice ahora- de pensar en el pueblo en vez de en sus intereses partidistas. Fue en ese caldo y con ese discurso en el que surgió, se alimentó y creció imparable el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de Adolf Hitler. Desde el principio quiso distanciarse de los otros, los del régimen, los muy caducos y corruptos políticos de Weimar. Y a fe que lo consiguió.

En las elecciones de julio de 1932, el Partido Nazi resultó el más votado, con el 38% de los votos, aunque sin llegar a la mayoría absoluta en el Reichstag. Desde ahí, y con un aparente respeto exquisito a las leyes de la República, Hitler fue desmontando desde dentro esa misma democracia que le había legitimado hasta convertir Alemania en uno de los totalitarismos más infames de la Historia. Así que ni golpe de estado ni estado imperfecto. De una República democrática puede surgir igualmente la dictadura más feroz.

Un ejemplo casi tan vivo que no querer usarlo sí sería demagogia es el venezolano. Con diferencias, claro, porque allí el desmontaje de las estructuras democráticas no ha terminado aún. Pero un parlamento donde la oposición ha sido prácticamente borrada, una Justicia que encarcela sospechosamente a los líderes de esa oposición, una policía bolivariana que dispara a niños de 15 años y un Presidente cuyos discursos siempre claman contra Imperios antagonistas, suena demasiado a totalitarismo como para no serlo.

Y claro, también está el caso ruso, ecuación perfecta de la perfecta ingenuidad de quienes creyeron que la caída del muro bastaba para acabar con 80 años de casta revolucionaria. Allí, desde luego, sigue habiendo elecciones con la periodicidad marcada por la Ley. Y con esa misma periodicidad, allí ganan siempre los mismos que ya lo hacían cuando había un único partido.

Así que no es necesaria en verdad revolución alguna. No hace falta tomar las armas para acabar con nuestras democracias. Basta simplemente con que nos convenzamos de que nuestro voto puede ser entregado a quienes, por muchos adornos que les pongamos, quieren el poder legitimador de las urnas sólo para poder guardarlas en el armario o, en el mejor de los casos, para que en lo sucesivo no se puedan llenar si no es con lo que nos digan ellos, los cruzados de la moral política, los que quieren que seamos necios y nos creamos que cada una de sus mentiras son el único bálsamo frente a las de los que les precedieron.




viernes, 28 de noviembre de 2014

La sombra que nos sigue

Nuestras vidas se construyen a base de instantes rotos, instantes en que la continuidad se detiene y nos dejan, de repente, mirándonos por dentro. Entonces dejamos de ser gotas arrastradas por la corriente, granos de arena que el viento desplaza aquí o allá y podemos tomar consciencia de qué somos realmente y, lo más importante, qué queremos hacer con lo que somos.

Puede ser por cualquier causa: el cielo que rompe repentinamente a llover, una cara desconocida en la multitud que nos hace recordar algo que habíamos olvidado, el reflejo del sol en una pared... Cada día nos brinda distintas oportunidades. Normalmente nuestras permanentes ocupaciones las vuelven imperceptibles, indiferentes; pero a veces, sólo a veces, por razones desconocidas, el tiempo se detiene justo ahí, a punto de que salgamos del ensimismamiento del día a día y, como Saulos derribados por el rayo, oigamos esa voz interior que nos dice que somos más, mucho más.

Hoy ese relámpago ha iluminado el cielo justo frente a mí y me ha descabalgado. Ha sido efectivamente sólo un momento, apenas una nachapopiana décima de segundo, pero ha bastado. Porque nada más caer a tierra, del mismo golpe ha surgido la pregunta y la respuesta: ¿por qué corres si la sombra que te persigue es sólo eso? Y me he dado cuenta de que era cierto, de que la urgencia que me impongo en tantas cosas casi siempre carece de sentido, como lo hace preocuparnos por nuestra sombra.

Porque, vamos a ver, si la sombra es nuestra y nace de una decisión libre de avanzar hacia la luz, ningún sentido tiene que nos asustemos o agobiemos con ella. Y si la sombra no es nuestra, entonces no depende de lo que hagamos que se mantenga o no y, desde luego, dejará de seguirnos más pronto que tarde.

Sin embargo, nos movemos por la vida como si nuestra sombra fuera más importante que nosotros mismos. Miramos permanentemente hacia atrás para ver si ahí sigue. Lo que hicimos, los errores pasados e incluso los aciertos son referencia permanente a la que nos agarramos, olvidando que sólo quien se atreve puede equivocarse o acertar y que, como avisan las gestoras de fondos, aciertos pasados no garantizan éxitos futuros.

Supongo que la ciencia tendrá una explicación. Tal vez se trate de un instrumento evolutivo para evitar cometer los mismos errores, para aprender de nuestro pasado y no repetir lo que hicimos mal. Si es así, algo debe andar mal calibrado, pues por mucho que nos fijemos en nuestra sombra, la experiencia señala que hay errores que somos capaces de reproducir hasta la saciedad.

O quizás sea un marcador genético procedente de los tiempos en que aún no éramos los amos del planeta, cuando debíamos mirar constantemente hacia atrás para ver si nos acechaba algún depredador. De ser así, sólo habría que preguntarse qué leones, lobos y osos son los que hoy nos asustan.

De todos modos, tengo la impresión de que, sea cual sea la causa, correr perseguidos por nuestras sombras es algo que podemos evitar. Nos debemos mucho más de lo que hemos hecho, de lo que hemos sido. Nos debemos nada menos que el presente, el nuestro y el de quienes nos rodean, éstos sí de carne, hueso y alma y no meros contornos oscuros perfilados en el suelo sobre el que pisamos. Y en ese presente, correr no es en modo alguno la mejor opción, so pena de convertirlo a su vez en un pasado imperfecto que nos persiga allá adonde vayamos.

Así que, con Platón, Antonio Vega o Robin Williams, carpe diem, amigo, carpe diem... Y que el viento de este día sea propicio.



Madrid, 27 de noviembre de 2014.


jueves, 6 de noviembre de 2014

No hay flores ya para Amalia

Las letras de su nombre apenas se distinguen. Cuando me fijé en ellas por vez primera, sí se leían perfectamente. Con esa tipografía romántica propia de la época, en su lápida, con nitidez, se mostraba orgulloso y rotundo: "Amalia".

Es curioso que en apenas estas dos décadas hayan pasado a ser casi ilegibles. Prefiero no atribuirme ninguna responsabilidad en ello, pero es cierto que a veces no he podido evitar pisar su lápida para poder maniobrar mejor a la hora de colocar las flores que cada noviembre llevo a la tumba de mis padres. Ambas son colindantes y sin apenas separación, por lo que en ocasiones resulta necesario auparme sobre el sepulcro de Amalia. Tal vez con ello mis zapatos han depositado algún hongo o similar sobre la vieja piedra de su lápida. Lo cierto es que el mármol, que se veía aún claro tras enterrar a mi madre y que seguía prácticamente igual tres años después, cuando mi padre, ha ido tornando a un gris ceniciento y moteado en que se confunden espacios vacíos, letras y números. Hoy, de hecho, ya casi ni distinguía las fechas que daban cuenta de la corta vida de Amalia: 1868-1887. ¡Dieciocho años, diecinueve a lo sumo!

Por supuesto que no tengo idea de cuál fue la causa de su fallecimiento. Por no saber, no sé ni su apellido, que pareció no importarle a quien encargó aquella lápida. Quizá no hiciera falta. O tal vez sí. Os aseguro en cualquier caso que ningún apellido, por sonoro que fuera, tendría para mí tanta fuerza como el solo nombre de pila de aquella joven. “Amalia” se me aparece como el único posible. ¿Acaso habría otro más adecuado? Difícilmente.

Me la imagino conversando, de pie, con algún apuesto caballero, en algún baile de la época: elegante vestido verde oscuro, los hombros al aire, guantes largos de raso gris azulado y los dedos sujetando un abanico cerrado, mientras en la otra mano, su carnet de baile -un hermoso trabajo en marfil- se halla repleto de nombres.

Amalia sería sin duda hermosa. Tendría un largo cabello cobrizo perfectamente recogido en un moño alto, sujeto con varios pasadores de perlas, dejando libre media coleta lo justo para que su extremo curvado apuntase a su tentadora nuca desnuda. Y sus ojos, verdes y profundos como el valle tras la tormenta, mirarían vivaces en busca del joven que, al fondo del salón, aún no le habría requerido de baile. Ese joven que, con mal disimulo, la llevaba observando desde que entrara.

No sé si llegarían a hablarse finalmente. Ni si él le declararía su amor incondicional y eterno mientras de fondo se oía la música de la orquesta. Pero hoy me he imaginado que sí; que fueron inmensamente felices, aunque sólo fuera aquella noche, huyendo en la calesa juntos, ajenos a murmuraciones, dejando que el cochero les llevase por las sendas del buen parque del Retiro, despacio, mientras palomos, vencejos, sapos y ranas llenaban de sonidos la noche de aquella primavera tardía…

Luego he vuelto a este 2014, tan lejano, para advertir que en todo este tiempo nunca he visto flores sobre la tumba de Amalia. Ni sobre ninguna otra cuya última anotación empezase por 18. He visto incluso cómo algunos sepulcros, que en mis primeras visitas a mis padres estaban siempre llenos de crisantemos, claveles o dalias, han ido quedándose poco a poco en despoblado, a medida que iban a su vez perdiéndose -supongo- las memorias que los sustentaban.

Porque sin duda la tumba de Amalia en su día debió también estar cubierta de flores: las de la pasión arrebatada de aquel joven, las del dolor inenarrable de sus padres, las de todos o algunos de quienes la conocieron y amaron... Pero la memoria de los seres humanos es sólo un poco más larga que sus vidas, y hoy, irremisiblemente, de la de Amalia sólo queda la que apenas se distingue en la desgastada lápida de su tumba.



Madrid, 3-4 de noviembre de 2014. 


sábado, 11 de octubre de 2014

SIEMPRE

SIEMPRE


Y seguirás a mi lado, siempre,
cuando mire al cielo y te vea en cada estrella,
cuando cante el pájaro en primavera
o en la lluvia que me moje dulcemente;
tu aliento me envolverá con cada brisa
y tu voz restallará con cada ola;
sobre el mugir de la tierra te harás risa
y en todos los campos, amapola.
Y sonreirán los niños tu sonrisa;
no dejará tu sol de acariciarme;
te llenarás de blanco en cada luna,
y aún el silencio callará para escucharte
acunar una nana en cada cuna;
me mirarán tus ojos, dos luceros;
me abrazará tu amor en cada abrazo;
será tu paz la estrella de mi faro
y tu imagen, la cara de mi espejo;
no añoraré los días que se fueron,
pues viviré los sueños en presente,
dibujando con tus huellas el sendero
que proyecta tu semblante sonriente;
serás tren, árbol, lejanía,
horizonte de esperanzas renacidas,
roca frente al mar embravecida
o ternura amaneciente amanecida;
batirán tus alas tristezas y amarguras,
convirtiendo en remolinos mis derrotas;
atravesaremos juntos la espesura
y anidarán en tu pelo las gaviotas.
Y volverás a ser cada mañana,
cada tarde, cada noche, cada estela,
cada barco, cada cielo, cada vela,
cada parque, cada rincón, cada ventana;
me llevarás en volandas de la vida
y del amor a las praderas
donde serán razón nuestras quimeras
y brotará una flor de cada herida.
Hasta que un día, tal vez en primavera,
cuando mi tiempo haya colmado su medida,
me llamarán a tu encuentro las estrellas
y no habrá llanto, ni dolor, ni despedidas.
Y siempre te querré.

Eternamente.


De "El sembrador de sueños", Alfonso Trallero, ed. Bubok, 2010.


lunes, 28 de julio de 2014

¿H@Y ALGUIEN AHÍ? Creación y redes#PorAmorAlArte

La multiplicación exponencial de plataformas, canales y expositores que han propiciado en la última década las nuevas tecnologías y en especial internet ha permitido una importante difusión a cientos de miles de creadores, que en otro tiempo hubiera sido inimaginable. Hoy blogs, hashtags, posts, SMS, whats y demás encuadres digitales permiten transmitir instantáneamente casi cualquier tipo de obra y hacerlo a miles de destinatarios al mismo tiempo. Y todo sin la menor necesidad de invertir en costosas campañas publicitarias ni de desarrollar complejos planes de mercadotecnia.

Esa es, desde luego, la teoría, reforzada en ocasiones por noticias de alto impacto, como el encumbramiento repentino de tal cantautor vía Youtube o las millonarias visitas a la página de ese bloguero hasta ayer desconocido.

La realidad, sin embargo, no siempre es tan sencilla. Y a lo mejor no debe de serlo.
              
Ciertamente, varios son los problemas a que ha de enfrentarse este impresionante aumento de la oferta. El primero, el hecho de que la demanda, aunque también haya crecido de modo considerable, no lo ha hecho al mismo ritmo. Puede que hoy se lea más, se escuché más música y se contemple más obra gráfica, audiovisual y pictórica que nunca, pero aún no basta para absorber el volumen de creaciones por minuto que se vuelcan en el mundo digital. Si sólo nos dedicáramos al consumo cultural, puede que en algún momento se alcanzara un punto de equilibrio, pero como tenemos que repartir nuestro tiempo con otras actividades...

Por otra parte, el mismo crecimiento geométrico de las obras al alcance de todos, así como de la posibilidad de que todos accedan fácilmente a nuestras creaciones ha provocado un indudable efecto llamada. En esta sociedad escaparatista en que nos movemos, ver que otros hacen lo que tú también crees que sabes hacer, y que lo vuelcan en la red con tal facilidad, es sin duda un acicate de primer orden para que te lances confiado a ese vacío. De modo que, exagerando sólo un poquito, nos podemos estar dirigiendo a un horizonte en que haya tantos lectores como escritores, tantos espectadores como artistas anónimos de vídeos caseros, tantos pintores como paisajes y retratados y figurantes pueblan nuestro planeta. No es que eso sea malo -difícilmente puede serlo que los seres humanos desarrollemos nuestras inquietudes artísticas-, pero no cabe duda que dificulta que nuestra obra, indiferenciada de otras miles o millones, alcance una mínima difusión.

Así que estamos exactamente en el punto en que quizá debiéramos preguntarnos si la eclosión digital ha cambiado el paradigma; si de la unívoca cultura de masas hemos pasado a un escenario en que no es tan importante el número de personas que acceden directamente a nuestra obra, como la capacidad de que, a través de ellas, el hecho cultural prosiga en una suerte de creación colectiva y evolutiva. Y no es que se trate de algo definitivamente nuevo: siempre hubo escuelas, autorías conjuntas e influencia de unos creadores en otros; desde los bisontes de Altamira a los cubistas, pasando por los juglares del mester o los talleres sapi afroportugueses. El arte y la cultura, de hecho, son influjo, impresión y redefinición constantes; desde los albores de nuestra especie. La dimensión trascendental de toda creación puede verse así mejor colmatada, al pasar a formar parte de las nuevas obras derivadas.


La cuestión a plantear resulta pues otra: ¿cómo compatibilizar un espacio cultural tan amplio con una audiencia o difusión que en el 99% de las creaciones resulta irrisoria? Y su consecuencia: ¿cabe mantener el interés de los creadores si no existe eso que hoy llaman "visibilidad de resultados"?

Si lo formulamos en términos puramente mercantilistas, no creo que la respuesta sea satisfactoria. Pero si acudimos de nuevo a los orígenes, el asunto cambia. Porque nuestros ancestros, cuando se lanzaron a pintar bisontes en Altamira, no creo que pensaran en multitudes expectantes por contemplarlos, ni en derechos de explotación algunos. Y quien o quienes pasaron a la posteridad con el nombre de Homero, a la hora de contar la historia de Aquiles y Héctor y Ulises, tampoco son de imaginar buscándose un buen agente. Y a pesar de eso, ¡qué sería de todo lo posterior sin ellos!


Así que no nos perdamos entre tamaña maraña digital y sigamos pintando, escribiendo, esculpiendo, componiendo o rodando; por si hay alguien ahí afuera a quien le guste lo que hacemos. Y porque, lo haya o no, seremos sin duda mejores y más felices haciéndolo.

Madrid, 28 de julio de 2014

lunes, 23 de junio de 2014

DE VICTORIAS Y DERROTAS

La victoria y la derrota valen nada cuando se olvida que, un minuto antes de acabar, ninguno somos dueños más que de nuestras esperanzas y nuestra actitud ante ellas. Los hay que buscan en los arcones del azar las causas para su desconsuelo. Y quienes por el contrario sólo ven con la lupa gigante del entusiasmo recién recompensado y creen que todo lo alcanzado es gracias únicamente a su esfuerzo o al de su equipo.

Difícil no sentirse así, aunque sea sólo un momento. Ése en el que decenas de personas a tu alrededor -personas que podrías ser tú, o tu hermano, o tu hijo-, encuentran la alegría o el abatimiento que produce este deporte tan impredecible como intenso.

Hace ahora un mes, como madridista, viví en Lisboa la emoción y la inmensa alegría de "La Décima". Aunque la mayoría de los que me rodeaban eran también seguidores del Madrid, había también algún/alguna atlético/atlética. Nada más marcar Ramos el gol del empate, exploté de alegría, sí, y me abracé a unos y otras, como si nos conociéramos de siempre, como si aquel momento tan anhelado nos convirtiera para siempre en camaradas. Pero tras el júbilo inicial, miré a la aficionada atlética que tenía enfrente e intenté consolarla, animarla. Sabía cómo se sentía: todos los que amamos este deporte y vibramos con un equipo, lo sabemos. Y sabía que ese sentimiento que ella experimentaba, lo que debían estar viviendo la mayoría de seguidores del Atlético en ese momento, era muy muy parecido al que veníamos experimentando los madridistas hasta un minuto antes, justo hasta que Ramos se alzó sobre la defensa adversaria y cabeceó inapelable hasta el fondo de la red.

Comprendí en definitiva que en aquel instante, tan distinto para ella y para mí, éramos sin embargo más iguales que nunca. Y por eso su tristeza, envés puro de mi alegría, no me era indiferente. No podía serlo. Y con la de ella, la de todos los atléticos, amigos o no, conocidos o desconocidos...

Disfruté enormemente cada segundo que pasó a continuación. El segundo gol de Bale y el tercero de Marcelo. El penalti y la exhibición de abdomen de Ronaldo -por más que su competitividad y esfuerzo se lo pudieran merecer- sinceramente me sobraron. Después, durante algunas horas, siguió la fiesta en Lisboa y la incontenible euforia de lo vivido. Pero en mi corazón y en mi memoria, persistió la imagen del abatimiento de aquella aficionada; recordándome que la victoria y la derrota que cuentan son las que aprendemos, las que nos ayudan a ser mejores, las que nos permiten entender que en este deporte, como en todo, lo importante es no perder de vista la pelota; y seguir teniendo ganas de jugarla.

Hace cinco días, como español, tuve que aplicarme esa misma máxima tras la prematura eliminación de la selección en el Mundial de Brasil. Para entonces ya tenía casi ultimada esta entrada; pero el dios de las letras jugaba conmigo a que no me diera cuenta de que no podía publicarla todavía. O simplemente quería darme la oportunidad de que el círculo se cerrara y los ojos de aquella aficionada fueran efectivamente los míos.

Así que, ahora sí: sigamos teniendo esperanza y actitud, en la victoria y en la derrota. Porque es sólo un juego, desde luego, pero a todos, alguna vez, la vida nos pone a correr detrás de una pelota; así que mejor tener claro que lo importante es querer jugarla y hacerlo del modo más hermoso posible.

Madrid, 23 de junio de 2014

domingo, 27 de abril de 2014

¡HASTA QUE NOS ENCONTREMOS EN LA CASA GRANDE, MAESTRO!

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo... Aún recuerdo sin mucho esfuerzo el impactante comienzo de "Crónica de una muerte anunciada", de Gabriel García Márquez, la primera frase que leí de él y con que la que capturó para siempre mi atención.

Debía tener yo entonces 13 o 14 años y aunque no fuera un devorador de libros, sí había leído ya los suficientes como para desarrollar un mínimo criterio literario. Por eso aún soy capaz de revivir la turbación que aquellas palabras me provocaron. Nadie hasta entonces me había hecho ver tan claramente que el misterio y la tensión de una novela podían no ser tan importantes como el lenguaje con que estaba escrita y la potencia evocadora de cada oración.

Es cierto que, en mi inagotable ambición infantil y juvenil, en mi impulsiva ansiedad por conocer, ya me había atrevido con obras sin duda inadecuadas para mi edad, como "Las Bucólicas" y "La Eneida" de Virgilio o la "Orestiada" de Esquilo, pero para entonces mi principal objeto de consumo eran las novelas de misterio y aventuras, antiguas, modernas y contemporáneas. Y en ellas, la tradición más absoluta y unánime imponía desconocer el desenlace de la historia hasta el mismo final de la lectura. Por eso aquella osada ruptura de lo establecido con que principiaba la novela de García Márquez me provocaba tanto y, como a miles de lectores, me ponía frente a la misma cuaderna del artificio, invitándome a contemplarlo cual era desde el principio. Un mismo idioma para un lenguaje por completo nuevo.

Después vino ya "Cien años de soledad". Me sorprendo aún al recordar cómo lo hallé perdido en una de las estanterías de mi casa. No pregunté entonces -a esa edad las cosas que luego importan no lo hacen tanto- quién entre mis padres y hermanos lo había dejado allí, quién lo había comprado ni quién lo había leído. No recuerdo si ya estaba desencuadernado cuando lo encontré o acabó así tras pasar por mis manos, pero sí tengo fresca aquella portada de diseño finosesentero con rectangulitos azules -¿o eran morados?- sobre fondo blanco. Leí y leí sin parar y desaparecí del resto del mundo, visitando lugares que jamás hubiera pensado pudieran existir, descuadernando cada rincón de mi mente para dejar que la misma volara por entre los Buendía como si fuera uno más de ellos.

Cuando terminé aquel libro, pensé que nunca más podría leer ningún otro, ni escribir nada que pudiera tener algún sentido. Lo primero, afortunadamente, lo superé. De lo segundo intento aún recuperarme.

De hecho, poco tiempo después devoraba “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca” y “Los funerales de la mamá grande” y, convencido de que aquello no podía ser obra de un solo hombre, me lancé frenético a por todo lo que oliera a literatura hispanoamericana. Y llegué a Rulfo, a Borges, a Fuentes y hasta a Padilla.

Después, las aguas se calmaron. Me hice adulto, supongo, y con ello, las sensaciones trocaron en emociones y las emociones exigieron más tiempo para ser asimiladas, menos intensidad para no desbordar los límites de un corazón y un cerebro finitos. Y dejé de leer a García Márquez.

Por eso hoy no quiero llorar su muerte. Sería un plañir fariseo y antojadizo. Pero sí quiero recordar, porque sin García Márquez, probablemente, ni yo ni muchos otros seríamos como somos. Así que descanse en paz, Maestro, y, si puede, aparézcasenos de vez en cuando. Y si no, guárdenos un sitio bonito en la Casa Grande, junto a una ventana con vistas donde poder fumarnos una buena pipa y charlar mientras la tarde va cayendo.


Madrid, 27 de abril de 2014.


martes, 25 de marzo de 2014

DE HEROES Y PATRIOTAS

 


Dicen que ya no quedan héroes en España; ni patriotas. De hecho, dicen que ambos conceptos están desfasados, gastados por el abuso que de los mismos se hizo no hace tanto, derrotados por el sitio al que, de modo sistemático, han sido sometidos desde entonces. Dicen que hablar hoy de heroísmo, de patriotismo, queda sólo para los fachas recalcitrantes o para los abuelos y sus batallitas.

Pero España sigue necesitando héroes. Y patriotas. Todas las naciones vivas los precisan. Sólo los países extintos no los requieren. La Atenas de Pericles, la Roma de Trajano.... Los que tuvieron entonces, entonces se agotaron. Serán recordados y servirán de estímulo y ejemplo, pero para otras naciones; no para las patrias que forjaron sus caracteres. Por eso alguien dijo alguna vez: "desgraciada la tierra que necesita héroes"; porque es más fácil vivir en la memoria que ganarte el pan de cada día. Y en esta España que se quiere por algunos que se extinga, resulta a veces verdaderamente difícil aspirar a esa heroicidad cotidiana; la de ser simplemente lo mejor que podamos ser. Y la de estar orgullosos de intentarlo, dispuestos a levantarnos tras cada caída.

Por eso, y por los muchos errores que cada héroe español comete cada día, homenajear hoy a Adolfo Suárez, con todos sus defectos, con todos sus desaciertos, tiene pleno sentido, porque a menos que queramos dar la razón a quienes dicen que España ha muerto, seguirá habiendo héroes en nuestra vieja Nación. Y patriotas.

Madrid, 24 de marzo de 2014
 
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jueves, 20 de febrero de 2014

LOS RECUERDOS DESAHUCIADOS

LOS RECUERDOS DESAHUCIADOS



Vivir sin recuerdos, ¿qué sería?
¿Esperar la vida que ya fuimos
O trazar caminos que recorrimos
En la tarde silenciosa y opacada?
¿Dónde irían los besos que despertaron
Los momentos ya por siempre eternizados?
¿Cómo nos llamarían los amigos
Que dejamos atrás aquel verano,
Las amantes escondidas en los rincones
De aquella playa virgen y buscona?
¿Cuántos vinos vendrían a rescatarnos
De ese olvido asesino y malhadado?
¿Quiénes se beberían las lágrimas de azúcar
Con que abrimos las puertas del pecado,
Los días de dátiles allá en lo alto
Frente al Mervellé y Loquillo al lado,
O en el Parque del Oeste triste y solitario
Sin la última rubia
Que vino a probar
El asiento de atrás?
¿Cuál viento tensaría los obenques
Del velero aquél con que abordamos
El galeón perdido en el Mar de los Sargazos?
¿Cuándo decidiríamos celebrar
Nuestro vigésimo quinto aniversario?
¿Por qué nos iba a importar
Que lo olvidaras?
Y cada una de las vidas que regalamos,
¿Qué valdrían ya
Entre todos los recuerdos desahuciados?




Barcelona, 2 de febrero de 2014


viernes, 10 de enero de 2014

MAO Y TOJO: TANTO MONTA

Siempre ha habido categorías. Sin duda, también entre los tiranos, asesinos e hijos de puta en general. Los hay que se llevarían el premio al más despiadado y cruel, o simplemente al más fanático y pirado; los que en cualquier escalafón sorprenderían por su ascenso a la indignidad desde un entorno familiar razonablemente normal y los que llegaron a lo más alto del poder destructor partiendo de la nada; los infames a conciencia y los inconscientes de su infamia… Pero las diferencias, si bien se miran, son en la práctica irrelevantes. Unos y otros -Calígulas, Tamerlanes, Mussolinis, Hitlers, Stalins, Idiamines, Pinochetes, Kimjones y Fideles-, simplemente masacraban -y masacran- a quienes no les bailaban el agua y lo hacían –y hacen- sin temor a equivocarse; porque en su particular entendimiento, la única verdad era y es la suya y la única fuente de todo, su enfermiza o insana voluntad. Así que, en su mimetismo exterminador, todos se hubieran reconocido con facilidad fuera cual fuera la multitud que les rodeara.

Por eso me hace gracia -bueno, gracia, en realidad, ninguna- que todavía hoy haya quien se atreva a celebrar aniversarios como el del nacimiento de Mao y luego arremetan indignados contra quien rinde homenaje a criminales de guerra japoneses. ¿Con qué vara puede medirse al Sr. Mao si no es con la de eficaz eliminador de sus adversarios? ¿Qué matiz relevante hay entre los 40 millones de chinos que murieron en la gran hambruna provocada por el Gran Salto Adelante surgido de la ambición mesiánica del impagable Timonel y los millones de asiáticos asesinados por las tropas japonesas durante la expansión del Imperio del Sol Naciente? ¿Acaso la mera existencia del grotesco amigo del payaso Rodman que hoy gobierna Corea del Norte -nieto del discípulo aventajado de Mao que fue Kim Il Sung- no debería ser suficiente para mantener la boquita cerrada?

Y quien habla de Mao y de los generales del Emperador Hirohito, puede hacerlo igualmente de los crímenes del nazismo y de los del padrecito Stalin. O de los millones de asesinatos cometidos por ambos bandos en nuestra Guerra Civil. Porque pedir la demolición del Valle de los Caídos y seguir sin reconocer la infamia de Paracuellos es tan maniqueo como estúpido. Simplemente, porque las categorías -aunque haberlas, las haya- no suelen ser tan importantes como las realidades. Y la realidad es que Mao y Tojo, se mire como se mire, compartirán siempre una misma categoría en la historia de nuestro planeta: la de la ignominia; por mucha celebración que del uno se pretenda en la República Popular China y por mucho culto que se le rinda al otro en el templo de Yasukuni.


Madrid, 27 de diciembre de 2013

lunes, 18 de noviembre de 2013

ESA PEQUEÑA FRACCION

Los seres humanos somos así; siempre buscando ocupaciones, entretenimientos, espacios con que llenar el tiempo que se nos ha dado. Tanto, que a veces resulta difícil reconocer la diferencia entre esas interminables hileras de hormigas yendo y viniendo al hormiguero y cualquier calle importante de no importa qué ciudad; con sus muchedumbres ordenadas de hombres y mujeres deambulando frenéticos de casa al trabajo, del trabajo al supermercado y del supermercado a casa. Personas y hormigas, ciertamente, a veces somos difíciles de distinguir. O quizá sí: ellas son capaces de reconocerse incluso a distancia y reconocer la senda feromónica que otras trazaron; nosotros a veces no nos reconocemos ni a nosotros mismos y, desde luego, necesitamos señales y carteles y gepeeses para saber por dónde sigue el camino.

Está, sin embargo, claro, que no somos hormigas. Ni debemos aceptar resignados la duda o la comparación; por más que químicos y biólogos puedan señalar que los esquemas que guían e interactúan en nosotros son sólo una fracción más complejos que los de nuestras pequeñas amigas.

Una fracción sí, ¡pero qué fracción! En biología -eso, al menos, dicen los que saben- los cambios más radicales surgen de infinitesimales mutaciones. Así que, aunque en términos absolutos, el ADN del gusano de la mosca pueda ser casi idéntico al nuestro, si se utiliza la escala adecuada se comprobará que lo que cualifica son las diferencias entrambos.

Incluso para los que somos de Letras, la cuestión es bien elemental. Por mínima que sea esa diferencia, en ella está toda la música de Mozart, Verdi, Sibelius, Springsteen o Mumford & Sons, los cuadros de Botticelli, Velázquez o Valdés, el teorema de Pitágoras, la teoría de la relatividad, Heráclito, Aristóteles, Hegel o Kant y hasta Hawking y Higgs. En esa misma fracción, es cierto, también están las Guerras del Peloponeso y las que han sido antes y después, el ataque a las Torres Gemelas y todos los atentados terroristas que en el mundo han sido, los Hitler, Stalins y demás asesinos en serie de la Historia, cada traición, cada venganza, cada calumnia... Unos y otros aspectos son los que nos cualifican, nos distinguen como seres humanos. Para bien y para mal. Pero, sobre todos ellos, somos hombres y mujeres y no hormigas porque amamos, lloramos ante el sufrimiento ajeno y somos capaces de emocionarnos ante las cosas más sencillas y las más complejas al mismo tiempo. De algunos compañeros de planeta podemos aprender, sin duda, algunas de estas cualidades, pero ni el mayor defensor y conocedor de nuestros parientes animales -Francisco de Asís- tuvo seguro duda alguna de que nuestra inmensa suerte como seres humanos estriba en que podemos dejar de correr de casa al trabajo, del trabajo a la tienda y de la tienda a casa y pararnos, en cualquier momento, saliéndonos de la fila, a contemplar lo que nos rodea, sintiendo en la piel la brisa suave de la tarde y la belleza del instante, agradeciendo el simple hecho de existir, de ser.

Madrid, 18 de noviembre de 2013


viernes, 27 de septiembre de 2013

MARIA GLORIA




Fue sólo una mala jugada más de aquella enfermedad cabrona; pero su respuesta ante la misma definía muy bien lo que ella siempre había sido. María Gloria no podía creerlo y, de hecho, se negaba a hacerlo. Hasta estaba molesta; y visiblemente, lo que desde luego era muy infrecuente en ella, siempre humilde y llena de paz para con los demás. ¿Por qué entonces se burlaban ahora de ese modo tan cruel? ¿Cómo le insistían en que no debía preocuparse de hervir  la verdura y  hacer las tortillas con tan absurda excusa? ¿Acaso iba a olvidar algo tan evidente como que ya habían cenado una hora antes? Por eso, aunque su marido y su hijo le insistieran en que se sentase y descansara, ella se levantaba una y otra vez para ir a la cocina a prepararlo todo.

Siempre había entendido su vida como una entrega hacia los suyos; incondicional. No se consideraba una santa, aunque a los ojos de los demás fuera difícil apreciar diferencia alguna entre su comportamiento y el que cabía esperar de alguien verdaderamente grato ante Dios. Pero ella, incapaz de tomar distancia suficiente para darse cuenta de que la causa del efecto que producía estaba en su persona, no se representaba su valía como algo excepcional, ni percibía su generosidad como un don, sino como consecuencia natural de una simple necesidad: la de sentir que ayudaba a los que tenía a su alrededor, a quienes amaba.

Siempre había sido así. Desde pequeñita. Ser la única hija y además la mayor ya le imprimieron un profundo sentido de la responsabilidad, de que era su cometido cuidar amorosamente de sus hermanos y ayudar a sus padres. Si a eso le unimos los nueve años que tenía cuando estalló la guerra y cómo tuvo que quedarse con sus padres en Barcelona, mientras sus dos hermanos pequeños lo hacían con su tía en Sitges, para evitar que les incautasen la casa, se entenderá fácilmente lo que para ella suponía la palabra responsabilidad.

Después, a terminar el colegio y tal vez -si nadie la necesitaba-, a estudiar Bellas Artes, su pasión. Pero la vida, como siempre hace, tenía sus propios planes para ella. Y aquel apuesto médico aparecía en todos ellos.

Se enamoraron de inmediato. Y se casaron. Lo hicieron frente a viento y marea, a desdén de los 18 años de diferencia que se llevaban.

Su padre, al principio, no lo tenía nada claro. No era un hombre rígido, en modo alguno, pero tampoco tenía por qué conceder facilidades; así que les puso a prueba, vigilante. No dudaba de las intenciones del novio, ni de la realidad del enamoramiento de María Gloria, pero era su única hija y aún era muy joven. Deberían esperar.

Ella, sin embargo, estaba decidida. Era el hombre de su vida y se casaría con él. Y su padre lo aprobaría. Así que empleó toda su bondad y sencillez en hacerle ver que no quería esperar, que confiase en su juicio, y finalmente obtuvo su bendición.

Se casaron en mayo de 1947, apenas cumplidos los 20 ella, a punto de los 38 él. Las fotos de aquel día que vi muchos años después no hablaban sin embargo de esa diferencia de edad. Miguel se veía un hombre hecho y derecho, por supuesto, pero nadie le hubiera colocado un tres como primer número. Y María Gloria, aún en su inequívoca deslumbrante juventud y su radiante faz de estrella de cine de la época (su parecido con Grace Kelly era notorio), transmitía una serenidad que pocos hubieran anudado a la propia de su edad.

Pronto llegaron los hijos... Y a ellos se dedicó en cuerpo y alma; como antes se había dedicado a sus hermanos y padres; como seguiría dedicándose a su marido.

Fueron años felices y complicados, como suelen serlo todos los que se viven creando una familia. Y fueron a veces en verdad duros, sobre todo cuando a Miguel le diagnosticaron un cáncer de esófago. Su hija pequeña tenía entonces apenas 2 años; el mayor, 13, y en medio, otros tres de 11, 9 y 7. Y María Gloria no ingresaba cantidad alguna. Nunca lo había hecho. Hasta entonces no había habido necesidad y ella se había casado tan joven... Además, Miguel no tenía ningún tipo de pensión ni seguridad social. El futuro no podía ser más incierto.

Sin embargo, María Gloria no perdió nunca la esperanza. En su unamuniana religiosidad, rezó y rezó pidiéndole a Dios el milagro (a principios de los años 60 del siglo XX, sobrevivir a un cáncer, desde luego, lo era). Y se esforzó en seguir cuidando a sus hijos sin que le notaran la pesadumbre, la inquietud por su marido, por todos ellos.

Por suerte, Dios la escuchó y el milagro se produjo. Miguel fue operado con éxito y, al cabo de unas semanas, estaba recuperado por completo. El cáncer se había batido en  retirada. Entonces no sabía que le había visto la cara y que, como maldito diablo que es, volvería años después a por ella misma.

Yo nací pasado algún tiempo. Como si todo fuera un nuevo comienzo, mis padres se encontraron de repente con un bebé por completo inesperado. Al fin y al cabo, María Gloria había cumplido los 40 y Miguel los 58. Mi hermano mayor tenía ya 19 y la vida parecía que les daba permiso para empezar a liberarse de tantos compromisos. Pero, como de costumbre, las cosas no iban a ser como esperaban. Y de nuevo tuvieron que bregar con responsabilidades que creían superadas. Como la de empezar a contar desde cero calculando los años que aún me quedaban para ser independiente. Los que les restaban de crianza del último de sus seis hijos.

María Gloria siguió viéndolos pasar entregada en cuerpo y alma a su familia; a la que seguía quedando en casa, conforme se casaban mis hermanos mayores. La vi emocionarse, con la satisfacción del deber cumplido, cada vez que iban terminando sus carreras, encontraban trabajo y ponían fecha para su boda. Yo no tuve la suerte de darle esas satisfacciones a tiempo. El maldito cáncer se la llevó cuando estaba en el último curso de Derecho.

El día que nos dijeron, a mi hermana Gloria y a mí, que no había esperanza y que le quedaban como mucho dos o tres meses, lloré hasta vaciarme. Ella entonces ya no recordaba bien las cosas y olvidaba por ejemplo que habíamos cenado apenas media hora después de haberlo hecho. Y se angustiaba porque no entendía qué le pasaba. Por eso, porque mi padre entonces tenía ya más de ochenta años, pero sobre todo porque los médicos nos habían asegurado que sus funciones superiores se irían apagando poco a poco y que ni sufriría ni se daría cuenta de que se estaba muriendo, tomé en aquel momento una decisión que a mis 23 años era sin duda la más difícil que había tenido que adoptar nunca: me prometí que mientras estuviese a su lado -y era mi responsabilidad, pues mis hermanos hacía tiempo que se habían casado y sólo yo vivía con mis padres- jamás me vería triste ni compungido y que mi padre no padecería sabiendo que su querida María Gloria iba a dejarnos en pocas semanas. Así qué le engañé: nada más llegar del hospital, le dije que mamá seguía igual, que tenía un problema neurológico menor y que los médicos estaban buscando un tratamiento adecuado. Y a ella, la dije sin más que no se preocupara y que todo iba a ir bien. Lo hice con mi mejor sonrisa, con todo el amor que podía, con la fuerza que desde aquel mismo momento me otorgó Dios y que me permitió no derrumbarme allí mismo, la que me ayudó a hacer que en sus últimos días siguiera sintiendo que sus hijos y su marido eran felices y que, por tanto, ella también podía serlo.

Los médicos, por desgracia, acertaron plenamente y dos meses y medio después, el 11 de diciembre de 1990, mi madre fallecía. Desde días antes había perdido por completo el habla y era incapaz de comer, asearse ni hacer nada por sí misma. Pero sus ojos seguían llenos de vida y dulzura y sonreían al verme, al cogerle la mano o cuando le decía que estaba más guapa que nunca. Y siguieron sonriendo hasta el mismo momento en que expiró, en mis brazos.

Desde entonces no ha pasado un día sin que me acompañe el recuerdo de su semblante sereno y de cada una de las palabras que me decía, cuando niño y cuando hombre, sobre lo que verdaderamente merece la pena, sobre las dos o tres cosas que nos hacen mirar hacia atrás y saber si nuestra vida tiene sentido. Y desde ese Cielo al que nunca renunció, sé que sabrá que seguiré agradeciéndole, cada día que me quede, el inmenso regalo que me hizo.

Madrid-Morrojable junio-agosto de 2013.