domingo, 1 de septiembre de 2013

SEGUNDA DE TRES - ASESINATO EN EL FORO



Fue un grito seco y cortado, un solo sonido apenas audible en el bullicio. Aquella mañana el mercado estaba especialmente atestado, ante la proximidad de la fiesta de Ceres[1], y nadie entre los cientos de vendedores, compradores y curiosos que se movían enérgicamente entre los puestos, llegó a identificar aquel espasmo sonoro con el de alguien que estuviera perdiendo la vida. Nadie detuvo su marcha, nadie volvió la cabeza buscando la causa de aquel grito, que sólo cobró tal nombre en el entendimiento de los panormitanos[2] cuando se encontró el cuerpo degollado del infeliz Astiarco.

Lo hizo un comerciante de sal venido de Cirene, un par de minutos después del asesinato. Su estridente alarido sí paralizó inmediatamente la actividad de las tabernae[3] más cercanas. Y tras éstas, como un gigantesco dominó, fueron vaciándose una tras otra las demás, pues la noticia corrió de boca en boca tan rápidamente como suele hacerlo la curiosidad humana.

El cadáver, de hecho, estaba aún caliente cuando Quinto Aulio Vitelio pudo contemplarlo por vez primera. Sin embargo, y curiosamente, no se detuvo en ese detalle ni en la grotesca posición que presentaba: el cuerpo completamente doblado, sobre una de las letrinas, con la cabeza apoyada en el suelo en medio de un charco casi negro en que aparecía mezclada la sangre del propio fallecido con los detritus propios del lugar. Tales detalles -y otros muchos que después advertiría- no pudieron frente al fortísimo contraste de olores que desprendía el lugar, al unirse al propio del mismo el de la mucha sangre derramada, por un lado, y el muy perfumado que impregnaba la túnica y el cabello del fallecido, por otro. Aquella conjunción aturdía el sensible olfato del tribuno y le impedía entretenerse en otras observaciones, por lo que prefirió esperar a que se colapsase su pituitaria antes de seguir adelante.

No había aún terminado de asociar todos aquellos olores cuando alguien de aquella creciente multitud exclamó algo que, aunque no pudo escuchar del todo, contenía las palabras "asesino" y "allí". Este mismo entendimiento parcial debió llegar a gran parte de los congregados, que empezaron a moverse presos de una gran agitación tanto hacia el sitio del que procedía la advertencia como en sentido contrario. El valor de los decididos a enfrentarse a cualquier peligro junto al temor de los que no querían bajo ningún concepto toparse con el homicida consiguieron así algo que unos instantes antes semejaba imposible: dejar vacío el escenario  del crimen.

Vitelio pudo así al fin examinar detalladamente el horroroso cuadro que la muerte violenta siempre deja tras de sí. De hecho, por más que hubiera visto otros varios antes, nunca dejaba de repugnarse con estupefacción ante un asesinato, lo que no le impedía situarse de inmediato en estado de alerta para poder interpretar la escena del modo más racional posible. Era ésa su contradicción y su singularidad. Gracias a ella, había podido ascender rápidamente en la magistratura del imperio, a pesar de haber perdido a sus padres a los pocos meses de edad y de la precariedad económica que siguió a dicha circunstancia. Había crecido huérfano, sí, pero ya de niño había llamado la atención de sus preceptores, quienes le procuraron la atención que requería su inmensa curiosidad. Además, había tenido la suerte de vivir bajo el gobierno del más grande y generoso de los emperadores, el augusto Trajano, quien no había dudado en emplear parte de su fortuna personal para favorecer la educación de niños sin recursos como él. De este modo, gracias a unos y otros y particularmente a sus extraordinarias aptitudes, Vitelio logró ingresar en el cursus honorum[4], ascendiendo al rango de tribuno en el que ahora se hallaba y en el que realmente podía desarrollar mejor que nadie su innata capacidad para desentrañar crímenes como el que ahora se le presentaba tan cercanamente.

De todos modos, sólo la casualidad (o, lo que es lo mismo, la caprichosa y cambiante voluntad de los dioses) explicaba que se encontrara en el mercado aquella mañana. Había entrado en él casi inadvertidamente, mientras deambulaba por el viejo foro abstraído en pensamientos que nada tenían que ver con los productos que allí se vendían. Una carta recibida de  su querido maestro Ulpiano, en que le anunciaba su inminente llegada a Sicilia, tenía enteramente ocupada su mente cuando escuchó el chillido del mercader de Cirene, apenas a quinientos pies de donde se hallaba. Aquel grito, sin embargo, había activado instantáneamente sus sentidos, desvaneciendo toda imagen fuera de las que se desarrollaban a su alrededor, haciéndole intuir la presencia de un hecho violento y encaminándole seguro hacia el origen del mismo. Por eso llegó a las letrinas con la segunda oleada de curiosos, sin necesidad así de imponer su rango para situarse lo más cerca del cadáver y evitar que alguien pudiera moverlo o hacer desaparecer la valiosa información que necesitaba para averiguar lo que había pasado.

Ahora, tras la llamada a la persecución del asesino que alguien había realizado, podía ya observar todo el lugar en completa soledad, pues la turba lo había desalojado con la misma urgencia con que lo había llenado. Vitelio hubiera querido darle las gracias personalmente, por permitirle concentrarse en los hechos al margen de impertinentes preguntas, interrupciones y aportaciones de la plebe. Mientras no volvieran los perseguidores, tras haber dado alcance al asesino (o, de modo mucho más probable, a algún infeliz vagabundo, borracho, tartamudo o extranjero que no supiera dar inmediata cuenta de qué hacía allí donde lo encontraran), podía llenar su memoria con cada imagen y detalle que sus ojos pudiesen captar. Eso es lo que mejor hacía y lo que le llevaba a no pensar siquiera en apoyar al grupo perseguidor. Si éste acababa acertando y localizaba al asesino, él podría confirmarlo a partir de la observación que ahora empezaba a llevar a cabo. Si, como casi siempre, el apresado nada tenía que ver con el crimen, podría intentar evitar que le lincharan allí mismo. Por eso era preciso que, en el menor tiempo posible, reuniera cuantos datos pudiera, para con ellos llegar rápidamente a unas iniciales conclusiones provisionales sobre lo que había ocurrido y, lo que era aún más importante, sobre lo que en ningún caso había podido pasar.

Y a dicha tarea de escrutinio, recopilación y análisis se disponía cuando desde la misma puerta por la que había accedido a la sala ocupada por las letrinas, una potente voz se dirigió a él, en ese momento único ocupante de la misma:

-¿Qué diablos ha pasado aquí? -inquirió el recién llegado, en una mezcla de curiosidad, repugnancia y acusación velada hacia Vitelio.

-Eso es lo que intento averiguar -contestó el tribuno, todavía de espaldas a quien le había preguntado de modo tan insolente.

-¡Quinto Aulio Vitelio! ¿Por qué será que no me sorprende encontrarte aquí? -añadió la voz, cambiando su tono a uno claramente condescendiente.

-Lo mismo digo, Cato Sullio Máximo -respondió Vitelio, al tiempo que se daba la vuelta para saludar al recién llegado-. Y creo que te va a interesar mucho lo que aquí tenemos -añadió mientras apuntaba con el dedo al cuello desgarrado del cadáver.

Máximo era, desde luego, de aquéllos que no se arredran ante la sangre. Sus buenos seis pies de alto y su corpulencia ayudaban a imaginarle sereno y frío en casi cualquier circunstancia. Sin embargo, eran aquellas cicatrices que recorrían las partes visibles de su cuerpo –cara, brazos y piernas-, unidas a la mirada glauca de sus ojos y la firmeza serena de sus movimientos las que de modo definitivo permitían descartar que fuese a experimentar aprehensión alguna ante aquel pobre desgraciado. Quienes le conocían, sabían que años de combate en los frentes más duros le habían hecho estar demasiado cerca de la muerte para considerarla una extraña. Y Vitelio le conocía bien, aunque nunca hubieran coincidido en el campo de batalla.

El hombre se acercó entonces siguiendo la indicación que se le hacía y, rodeando la mancha oscura del suelo, se inclinó sobre el fallecido para observar mejor el perfecto corte que presentaba en la garganta.

-Un soldado, sin duda -exclamó, sin dejar de mirar detenidamente-. O un cirujano, si se advierte que tan diestro corte no parece el que nuestras águilas acostumbran a hacer en batalla.

-¿Y por qué no, sin más, un asesino vocacional? -preguntó el tribuno a Máximo, haciendo ver a éste que se trataba de una pregunta en verdad retórica, mero pie al que anudar la conclusión que ya había alcanzado y que se disponía a compartir con él.

Máximo, sin embargo, no tenía intención de ponérselo fácil:

-Otra vez con tus historias de asesinos vocacionales. ¡Pero si nadie sabe qué es eso! ¿Acaso no recuerdas ya el ridículo que hiciste en Augusta Raurica[5]?

Vitelio lo recordaba perfectamente. Tres años antes, en su primer destino como tribuno, tuvo que resolver el homicidio de la esposa de un rico comerciante. Todos los datos apuntaban al marido, quien había amenazado públicamente a la fallecida que la mataría si seguía viendo a uno de los centuriones de la guarnición. Podría haberse tratado también de un ladrón, pues de la domus[6] habían desaparecido varias joyas la misma tarde en que encontraron el cuerpo sin vida de aquella desgraciada.

Sin embargo, Vitelio atribuyó desde el principio la autoría a un asesino sin vínculo alguno con la fallecida y que se hallaría de paso en la zona. Ni siquiera cuando apareció el cuerpo colgado del viudo, junto a una nota de su puño y letra en que pedía perdón a sus hijos por todo lo que había hecho, cambió Vitelio de parecer ni se avino a reconocer su yerro. Aquel empecinamiento fue interpretado como orgullo mal disimulado y, aunque el asunto se dio por cerrado con la muerte del sospechoso -no obstante  las joyas siguieran sin haber aparecido-, Vitelio fue llamado a Mogontiacum[7] por el propretor y severamente advertido de que un servidor público no puede actuar de espaldas al entendimiento general.

-Entonces tenía razón, aunque no pudiera demostrarlo -replicó Vitelio finalmente a su amigo.

-Con razón o sin ella, el ridículo te lo llevaste igual.

-Sí, pero el ridículo es un precio muy bajo por mantenerte fiel a ti mismo –zanjó el tribuno-. En cualquier caso, si te atienes a lo que aquí vemos, convendrás conmigo en que nos hallamos ante un asesino que ha matado por matar, sin motivación especifica distinta.

Sin decir nada, Máximo mostró una media sonrisa y se dispuso a escuchar la exposición de Vitelio.

-Lo primero es el escenario. Por supuesto que no es la primera vez que acontece un crimen en las letrinas de un edificio público, pero la experiencia demuestra que suelen producirse tras algún tipo de discusión previa, usualmente de origen pasional, pues la familiaridad y el habitual tránsito que se dan en ellas las convierten en lugar poco adecuado para ladrones, vengadores o justicieros, que prefieren siempre mayor discreción para acometer sus planes. Por eso las víctimas que se encuentran en estos espacios públicos aparecen con heridas varias y signos evidentes de haber peleado o forcejeado con sus agresores. Frente a ello, en el presente caso la víctima fue degollada sin previo aviso, sin que pudiera siquiera imaginar que iba a ser atacada. Así se deduce del hecho de que sus brazos y manos no presenten herida ni erosión alguna, lo que permite colegir que no tuvo oportunidad de defenderse, a pesar de que el ataque se produjo de frente, vista la homogeneidad del corte y el que la víctima estuviera sentada en la letrina y allí permanezca aún.

-¿Y por qué no pudo ser colocado el cuerpo a posteriori en la letrina por el asesino? -inquirió Máximo, más por demostrar que seguía el hilo del razonamiento que por considerar seriamente como plausible tal alternativa.

-De haber sido así -señaló Vitelio como si Máximo fuese su hijo y quisiera poner en valor el hecho de que hubiese formulado una hipótesis, aunque fuera errónea- habría restos de sangre en el suelo en ese otro lugar o evidencias de haber sido la misma limpiada. Nada de eso aparece aquí. La mucha sangre que hay se concentra a los pies del fallecido y ha manado directamente del corte en su garganta; luego tuvo que morir donde se encuentra. A esa misma conclusión se llega observando la piel en torno al corte homicida. Si alguien hubiera movido el cuerpo, el desgarro del cuello se habría acrecentado por el peso de la cabeza apenas unida al tronco. La herida se muestra en cambio definida y se explica perfectamente con un solo aunque vigoroso tajo.

-Bien -objetó Máximo-, pero eso únicamente apunta a que el ataque se produjo con el fallecido sentado donde aún se halla y de modo inesperado para él. ¿Cómo saltar de ahí al hecho de que el asesino le escogiera aleatoriamente?

-No he dicho que le escogiera al azar, sólo que no se conocían y que no había ninguna causa aparente para matarle.

-Pero… si no se conocían y el asesino no tenía motivos... ¿por qué lo hizo?

-Amigo mío, motivo sí había. Siempre hay un motivo; incluso ante el hecho más absurdo o inasequible a nuestro entendimiento. Lo que digo es que, en este caso, ese motivo no tiene nada que ver con los que habitualmente creemos como únicos que permiten explicar un acto tan abyecto. Privar de la vida a otro, salvo que se trate de un deber guerrero o del ejercicio del imperium[8], hiere tanto nuestra conciencia de ciudadanos civilizados que necesariamente hemos de buscar una razón que nos permita asimilar el crimen. Y de ahí que pensemos comúnmente  en venganzas, odios, envidias, pasiones de la carne o simples robos. No es que estos móviles nos parezcan aceptables, pero al menos nos parecen humanos.

-¿Pero pueden existir otros distintos a ésos?

-Por supuesto. E incluso motivos puramente aleatorios, como aquí creo que ocurre… De hecho –mudó el tono a uno más solemne-, si me dejas seguir, tal vez consiga explicártelo y lograr que dejes de mirarme con esa cara de absoluta incredulidad… -era un golpe bajo y Vitelio lo sabía, pero le preocupaba más que los perseguidores capturasen a un inocente antes de que pudiera demostrarles que lo era y necesitaba cuanto antes convencer a su amigo para que le apoyara después frente a la muchedumbre excitada.

-De acuerdo, señor -repuso Máximo con semblante serio-; no se preocupe, que no volveré a molestarle -añadió remarcando el distanciamiento derivado de la jerarquía que existía entre ellos a pesar de su amistad.

Vitelio le observó un momento, apenado por no haber sido capaz de evitar aquella reacción. Pensó en qué decir para disculparse, pero algo llamó su atención a la espalda de su amigo, algo en lo que no había reparado hasta ese momento, absorto como estaba en el cadáver y su entorno inmediato, algo que desde la distancia parecía extraño encontrar en un lugar como aquél y cuya presencia le resultaba especialmente perturbadora ante el hecho de que hubiera sido asesinado un hombre a escasos quince pies[9] de aquel objeto...



[1] Festividad romana que tenía lugar entre el 12 y el 19 de abril.
[2] Palermo era denominada en época romana Panormus. Sus habitantes eran así denominados panormitanos, gentilicio que sigue usándose hoy en día junto al de palermitano.
[3] Nombre con que los romanos designaban las tiendas o establecimientos comerciales que daban directamente a la calle.
[4] Carrera o progresión que en Roma se seguía según se iba accediendo a los diversos cargos públicos.
[5] Augusta (o Colonia) Raurica, era el nombre de una ciudad romana situada cerca de la actual Basilea (Suiza), que alcanzó su máximo esplendor en los ss. I a III de nuestra era; fue capital de provincia e importante foco comercial, llegando a tener una población de cerca de 20.000 habitantes.
[6] Casa prototípica unifamiliar romana de cierto nivel.
[7] Nombre de la actual Maguncia (Alemania), que desde Domiciano fue capital de la provincia de Germania Superior, a la que pertenecía Augusta Raurica.
[8] Término que puede traducirse hoy como “jurisdicción” y que ostentaban los magistrados romanos, incluidos aquéllos que podían condenar a muerte o ejecutar directamente al reo.
[9] El pie romano equivale a 29,62 cm.

domingo, 18 de agosto de 2013

Los monos de Gibraltar ya no vuelan en Iberia

Digamoslo sin rodeos: lo de Gibraltar nos va en el carácter. Claro que tenemos razón, porque lo del tal Fabián Picardo -que ya de entrada gasta nombre de chulo de barrio- tirando bloques de hormigón al mar como quien suelta chinitas en el estanque, no admite ni medio pase. Y claro, si el señorito -junto con otros 6.000 de sus paisanos- resulta además que en verdad reside, o veranea, o pela la pava en un bonito inmueble en San Roque -ya saben, de donde el perro sin rabo- comprado en este todo-en-venta en que hemos convertido nuestra costa, pues ¡cómo no cabrearse y ponerse a revisar hasta el calzón del orto de cada fulano que entra en nuestra piel de toro procedente de ese peñón lleno de monos y monas! Porque a ver si nos enteramos: ese territorio, precisamente por ser una colonia (de las que desaparecieron del resto del planeta -y particularmente del resto de Europa- hace mucho) no pertenece ni al espacio Schengen ni a la madre que lo parió. Es decir, que no existe ni libre circulación ni leches en vinagre. Y que lo que se quiera introducir en nuestro país desde aquel ejemplo de economía sostenible, debe pagar los royalties que correspondan.

Si a eso le adjuntamos -que decimos ahora de tanto email que escribimos- la suerte de filibusterismo ambiental de que hace gala el repetido Picardo -que bien podría también ser el nombre del capitán de algún barco pirata de época-, pues lo dicho. Y es que desde tiempo inmemorial, si en algo hemos sido eficaces los españoles es en darle bien por saco a quien nos buscaba las pelotas. Que a buenas, somos amigos, pero a malas...

Ocurre empero que al final, todo eso no nos cambia demasiado la vida. Vamos, que podría resultarnos por completo indiferente. Como el color de las bragas de su Serenísima Reina (¡Dios la guarde muchos años!) o el número de cromosomas de la chinchilla roja del Amazonas. Si no nos tocara los huevos, ni siquiera nos parecería noticia en este agosto tan repetitivo. 

Tema distinto es lo de Iberia. Aquí la cosa sí que tiene, además de guasa, tono francamente preocupante. Porque uno no acaba de entender cómo una compañía que llevaba años dando beneficios y con tres mil millones de euros en caja, en menos de un lustro y coincidiendo justo con la fusión con British, ha pasado a ser simplemente la
niña tonta de las aerolíneas, la low cost más cara que uno pueda imaginarse y en definitiva, un auténtico cachondeo volante. No es que te cobren por pegarte las rodillas contra el de enfrente -incluso cuando el vuelo dura algunas horas-, que no puedas facturar on line cuando has pagado con tarjeta -a pesar de que hayan pasado tres meses desde que sacaste el billete y, por tanto, la pasta la tengan en su poder desde entonces-, ni que te tengas que tragar colas interminables para poder soltar las pocas maletas que puedes llevar sin dejarte el sueldo de un año en el intento, sino que además va el super cool del Consejero Delegado de IAG -un tipo muy listo, según dicen- y te suelta que como Iberia sigue siendo poco rentable, los nuevos aviones que compre el grupo van a ser para... ¡Vueling!... y, si queda alguno, para British Airways. Todo eso, con acento muy english, aunque el señorito sea irlandés.

Y digo yo: los citados tres mil kilos de la caja de Iberia, ¿qué fue de ellos?; ¿se puede asegurar que ni uno se empleó en tapar el agujero del fondo de pensiones de British? Y los miles de millones de coste de la T4, ¿nos los gastamos todos los españoles para llenarla de aviones de British  Airways o, simplemente, para desviar las rutas hacia América en favor de otras compañías?

Claro, debe ser que para nosotros el turismo es poco relevante y no necesitamos apoyarlo con una compañía española de bandera con 80 años de historia. Y que asegurar las conexiones con aquel continente tan poco relacionado con nuestro país es menos importante que el que los monos de Gibraltar sean españoles.

O, en definitiva, que Mr. Walsh no nos ha tocado las narices lo suficiente. Pero no se preocupen, que todo se andará. 

jueves, 1 de agosto de 2013

PRIMERA DE TRES - EL CUADERNO ROJO




Verás, estimado lector, no sé si por influjo del pertinaz siroco que en los últimos meses ha soplado en mi existencia o por pura testarudez en resistirme al mismo, pero lo cierto y verdad es que al final no hay una, sino tres distintas historias en ciernes con aspiración de llegar a novela. Como irás comprobando de su sucesiva publicación en este cuaderno de bitácora, cada una es por completo distinta a las demás y se desarrolla en épocas absolutamente dispares. No me preguntes por qué ni cómo llegaron a mí, pues no sabría responder, pero las tres están ahí y reclaman su derecho a crecer y desarrollarse, así que las opciones se acrecientan y la importancia de tu opinión también. Por eso te pido que te manifiestes, que no dejes que lo hagan otros por ti y que, de entrada, me digas cuál de los tres inicios que propongo te atrae más, cuál en definitiva te gustaría ver completado o, simplemente, sobre cuál de ellos te agradaría seguir leyendo.

Y nada más; empecemos sin más demora con la primera de las tres propuestas.


EL CUADERNO ROJO

 

Por fin lo había encontrado. Existía. El ya lo sabía; siempre lo había sabido. Pero tenerlo delante y poder contemplarlo representaban la culminación de una secreta esperanza y, por ende, de una incierta ansiedad. Sólo entonces se dio cuenta: los que sueñan siempre esperan y en la espera, incluso el más paciente experimenta tarde o temprano el desasosiego de no saber si aguarda en vano. Y él no era, desde luego, ejemplo alguno de paciencia.

Lo había imaginado de otro modo. Quizá más grueso, más grande también el formato, pero lo que le llamó más la atención fue sin duda el intenso color rojo de la cubierta. En sus sueños, él siempre se lo había representado encuadernado del modo más discreto: los diarios no pueden llamar la atención desde sus tapas -era obvio-. Sin embargo, aquel rojo pasión, ahora, también le parecía una buena idea: ¿acaso los animales más inofensivos no se visten con colores chillones para asustar a sus depredadores?

Tocó apenas la superficie y se asombró al comrobar que, a pesar de su aspecto aterciopelado, era más bien rugosa. Y lo abrió, sólo para cerciorarse de que había algo escrito en su interior, de que no se trataba de un falso sueño, de un espejismo al que su obsesión le hubiera podido arrastrar. Resolló de satisfacción cuando vio todas aquellas hojas llenas de palabras. El tesoro más preciado que tanto había buscado estaba efectivamente allí. Podía, pues, por fin, aprehenderlo. Se sentó y se dispuso a leer. Abacó los dedos y folgó en las hojas que le llamaban como niños pequeños y risueños. Y tuvo por fin a Yaiza.

Leyó con parsimonia, como si el futuro ya sólo le perteneciera a ella, como si el tiempo no contara más que para saber de ella. Se detuvo primero en cada letra, asombrándose de la hermosa caligrafía; de los bucles, levógiros y dextrógiros; de las cúspides, óvalos, hampas y jambas... No había que ser un perito para comprender que aquel cuaderno había sido escrito con amor, con infinita dulzura, y que lo había hecho alguien con una habilidad escritural muy apreciable. La inclinación, levísima pero observable hacia la derecha, junto a la limpieza de los trazos, ya decían mucho. La armonía, sin embargo, procedía de modo principal de la elegancia intrínseca de cada signo, de la belleza de cada letra, de su capacidad para evocar épocas pasadas en que la escritura, la caligrafía, eran en verdad un arte, y no precisamente menor. Definitivamente, en este presente devaluado por el mecanicismo y la tecnología, leer aquel diario suponía un inmenso regalo, un placer difícil de describir.

Siguió leyendo. No buscaba nada en particular, pero se descubrió repentinamente intrigado, casi ansioso por averiguar todo lo que aquel diario podía contarle de Yaiza. Se sintió como cuando de niño se ocultaba a oscuras en su habitación y escudriñaba los movimientos de aquella muchacha -cuyo nombre nunca supo-, que vivía en el edificio al otro lado de su calle. Como aquella vez en que comenzó a desvestirse cerca de su ventana, la que él espiaba, hasta que bajó la persiana y le privó de contemplarla en toda su belleza. Aquellos instantes, aquel breve sueño, su anhelo, estaban de nuevo allí, frente a aquel libro rojo que cada vez leía con más ansiedad, confiando en que esta vez nada le impediría conocer la belleza interior de su amada, esta sí con un nombre.


Madrid, 29 de mayo-31 de julio de 2013.

miércoles, 5 de junio de 2013

¿Qué tal si escribimos juntos?



Escribo porque no encuentro otra manera más precisa de vivir. Los que de natural somos inconstantes, con tendencia al caos y al aquí y ahora tenemos estas cosas: la vida nos puede desbordar puntualmente, pero sin esa sensación de que todo puede suceder en cualquier momento, de que la sorpresa y la belleza se esconde detrás de cada recodo del camino, nos asfixiaríamos; el aire se nos volvería infinitamente pesado y nos aplastaría. Será complejo de Peter Pan o será disociación-madurativa-imperfecta-hedonista-compulsiva (léase, por favor, con acento porteño, que es fundamental para estas cosas), pero la ortodoxia vital nos aterra, la rutina nos concome y la paciencia nos supone un esfuerzo descomunal. O sea, que somos cuarto y mitad de imperfectos. O más.

Por eso escribo. Porque cuando lo hago, encuentro la constancia que le niego a las demás cosas y mi imperfección se vuelve útil. Porque ordenar  letras, sílabas y palabras para explicar a alguien a distancia cómo de maravilloso, espantoso o simplemente insólito resulta tu mundo es para mí la mejor terapia para evitar que te creas que es el único posible y/o te encierres en él. Parece un contrasentido, pero cuanto más vivo en las palabras que pienso más sentido tiene salir a buscar otros universos distintos y llegar más allá de la puerta de Tannhäuser para, desde allí, mirar hacia atrás y describir el viaje.

Pero ocurre que no siempre resulta fácil -nadie dijo que vivir lo fuera-. Y es que escribir sin saber si realmente tus palabras tienen sentido al margen de tu autoterapia, y hacerlo sistemáticamente y con vocación de completar una historia que aspire a ser auténtica como la vida puede convertirse en un laberinto sin salida, un escenario de pesadilla en el que acabes encontrando los fantasmas que tú mismo has creado. Y, además, puede acabar acentuando tu inconstancia, al llegar a ese punto de incertidumbre a que toda obra literaria mínimamente extensa te conduce en algún momento.


Por eso me gustaría pediros, amigos lectores, un pequeño favor, una suerte de crowfunding anímico, de colaboración y de crítica -constructiva, si es posible- para en definitiva conocer si debo seguir esforzándome o si mejor dedicar el tiempo a otros menesteres.

Es sencillo: hace unos meses empecé a escribir, sin grandes pretensiones pero con ánimo e ilusión, una historia con vocación de novela. Los primeros capítulos, como si sólo estuvieran esperando a ser descubiertos, agazapados en alguna lámpara mágica, brotaron casi del tirón. Me sorprendió la facilidad (era -y espero llegue a ser- mi primera novela -pues algún experimento previo de primerísima juventud no merece desde luego tal calificación- y por ello siempre me la había imaginado una tarea colosal) y me alimenté de ella. Las imágenes surgían como por ensalmo; las palabras nacían ya adultas; los diálogos -siempre he pensado que nada hay más difícil que dialogar con tus personajes- parecían en verdad auténticos. Todo encajaba de un modo extrañamente sencillo. La historia se desarrollaba conforme avanzaba, a velocidad a veces vertiginosa. Escribía y me documentaba; leía y seguía escribiendo. En un hotel, en casa, en el metro... Y así, sin darme cuenta apenas, me planté en unas sesenta páginas casi convincentes para considerarlas como la estructura nuclear de la novela.

Y entonces, la dispersión apareció de nuevo. Y las dudas. Y la pereza… Y la dichosa inconstancia reclamó de nuevo su lugar, haciéndome saber que esta vez no pensaba dejar que me creyera capaz de vencerla.

Pero tras  meses de parón, el otro día se me ocurrió la idea que aquí os traigo: ir publicando lo que voy escribiendo, compartir ese animal en desarrollo. Y buscar vuestra complicidad y vuestra participación (o sea, vuestro apoyo). Que os parece una chorrada de argumento... pues me lo decís. Que tal personaje cojea en este o aquel aspecto... lo mismo. Que os gusta la disección por el protagonista de la escena del crimen en el mercado de Palermo... ¡por favor, no dejéis tampoco de comentarlo! Y si en uno u otro sitio se os ocurren planteamientos alternativos, paralelos o intrahistóricos, pues mejor. Se trata de ver hasta dónde nos lleva el viaje, pero, sobre todo, de disfrutar de cada uno de sus paisajes; o de cambiar de destino si no nos gustan. Y se trata de vencer al fantasma de lo inacabado.

Espero que la idea os atraiga. Si no es así, decídmelo también, pues aunque el sentido del ridículo hace tiempo que lo tengo un poco desajustado, es de suyo que, sin cómplices, la idea no tiene gracia alguna.

Bueno, pues el reto ya está planteado. Si hay nihil obstat por vuestra parte, prometo lanzar ya el comienzo de la novela en la siguiente entrada de este blog, que ésta ya ha quedado un poco larga.

Y lo dicho: a escribir, que de eso se trata al final.

Alea iacta est.


Madrid, 5 de junio de 2013

domingo, 12 de mayo de 2013

CULPABLES



Tal vez me cueste algunos lectores -y desde luego no lo deseo-, pero exponer lo que piensas, aunque pueda no gustar, va con lo que acertada o desacertadamente entiendo también es deber impuesto por la coherencia. Y si pretendo conservar alguna, debo ahora poner negro sobre amarillo (que es el color del fondo de la aplicación de mi móvil en la que suelo escribir últimamente) lo que bulle en mi cabeza desde hace tiempo.

Una segunda excusatio previa es necesaria, en cualquier caso, antes de grabar en la losa mi epitafio bloguero. Porque sí, sin duda me es aplicable aquello de la "deformación profesional" -qué pena que los palabros más feos sean habitualmente los que triunfen-. Al fin y al cabo, desde que decidiera dedicarme a la defensa penal, es obvio que el contacto permanente con este tipo de situaciones lo he tenido desde el lado contrario, desde la orilla a la que nunca suele mirarse por los medios y, en consecuencia, por la ciudadanía. Y eso tiene sus derivadas, claro; principalmente, la del vínculo humano con los actores de los autos sacramentales en que -y ya estoy en la tesis que quiero defender- ha convertido nuestra sociedad determinados procedimientos judiciales.

Así que quien desde aquí continúe leyendo ya está advertido: no encontrará en lo que sigue ninguna complacencia ni asentimiento con esa abrumadora mayoría de medios que, cada vez que surge un caso relevante, se apuntan a la facilona tarea de hablar de presunción de inocencia al tiempo que machacan sistemáticamente al acusado. Ni con quienes se hartan de insultar al imputado ajeno y luego piden respeto para el acusado compañero de partido. Ni, por supuesto, con todos los hijos de puta que llaman ladrón o chorizo al vecino detenido por corrupción o fraude y luego pegan a sus mujeres e hijos hasta sentirse los más machos del lugar.

Ninguno de ésos, la verdad, me importa una higa. Lo que me preocupa es el inmenso resto de la ciudadanía, gente de bien que, agobiada por la terrible crisis -económica y moral- que padecemos y legítimamente harta de verse rodeada de inmundicia, se agita nerviosa ante la noticia de tal o cual presunto delito del político o empresario de pro, queriendo dudar sin conseguirlo de que las acusaciones realizadas sean ciertas. Pues bien, me parece inadmisible que a todas esas personas se nos impida dudar y que incluso se nos quiera imbuir la convicción de que da igual lo que diga el Juez al final del camino, porque está claro que el denunciado es culpable. Si quien lo alimenta es encima un ex Magistrado, ex Fiscal o ex lo-que-sea-que-se-supone- que-era, más aún. Los corifeos de la progresía o los maricomplejones de la derechona tienen demasiado donde mirarse como para que a sus voceros seso-profesionales los fichen entre los restos de serie de la decadencia judicial. Claro, que no sé si es peor aún esa suerte de tertulianos-refugio que tan de moda están últimamente y que siendo teóricos compañeros de profesión –a algunos, desde luego, poco ejercicio profesional se les puede asociar-, parecen sin embargo haber olvidado cosas tan elementales como el derecho a la presunción de inocencia y la independencia del Abogado, con tal de plegarse a las exigencias de audiencia del medio que les paga.

La verdad: en términos comparativos y teniendo en cuenta que se supone que estos dos mil años debieran haber significado algo, no veo la diferencia entre cómo se ajusticia hoy a estos acusados en la opinión pública y cómo se les arrojaba entonces a los leones en el anfiteatro Flavio para regocijo de la plebe . Que alguien me lo explique, por favor: las brujas quemadas en Salem por los puritanos de su Graciosa Majestad, ¿eran más o menos inocentes cuando ardieron que todos los que hoy en día, antes de ser juzgados, ya se ha decidido por la mal llamada opinión pública que cometieron el delito? Y los Sócrates, Juanas de Arco, Servets, Tomases Moros y Cía., incluso con procesos judiciales mediante, ¿podrían hoy siquiera presentarse contra ellos las acusaciones por las que fueron ejecutados?

Vale, las comparaciones son odiosas; y más con el transcurso del tiempo. Y además, como ya dije, mi posición desde luego no es neutral, sino que está impregnada hasta las cachas de las horas compartidas con algunos de esos condenados sociales. Ambas objeciones las acepto sin rechistar. De hecho, sin ellas como premisa, a lo mejor tampoco hubiera osado adentrarme en estas procelosas aguas, o a lo peor hubiera temido no sólo que no se me entendiera, sino que incluso se me condenara a mí también a arder en la pira junto a alguno de mis defendidos.

Pero lo bueno de haber nacido en tiempos del glorioso Augusto es precisamente eso: que uno ya ha visto demasiadas hogueras como para dejarse impresionar. Así que, con antorchas amenazantes o sin ellas, simplemente os digo: que nunca a nadie se le ocurra que sois culpables de algo y dos o tres medios se enteren de ello, porque entonces, amigos míos, no necesitaréis llegar a juicio para saber de qué os hablo.