domingo, 11 de noviembre de 2012

¡VIVA ZAPATA!



Tomadura de pelo sin complejos. Dos películas seguidas y recientes, una de puro estreno y otra casi, y con las dos se me ha quedado la misma cara de asombro, de casi ganas de agarrar al productor-director-guionista y amarrarlo a la butaca, con camisa de fuerza y pinzas en los párpados al estilo “naranja mecánica”, y obligarle a ver una y otra vez el producto que nos ha vendido. A ver si así entiende lo que digo y lo que siento.

Porque pase que una película sea mediocre o simplemente olvidable -de ésas tiene que haber suficientes, para que cuando llegue una verdaderamente buena, puedas deleitarte con ella-, pero lo que no tiene perdón de Dios, ni de Freud, ni de la madre de espectador alguno es que te perfore las pupilas y el tímpano para llenarte el cerebro de pura nada. Y eso es lo que tienen en común, a mis particulares ojos, los dos envases vacíos que acabo de adquirir en la feria permanente del cine: “Los juegos del hambre” y “Hotel Transilvania”.

Vamos con la primera… Sí, reconozco que la culpa es mía, porque con ese título ya debía imaginarme lo que venía detrás. Pero ya se sabe: noche víspera de festivo y los adolescentes de casa sin plan, así que había que aprovechar el momento, y acudir a una de las películas recientes más vistas no parecía tan mala elección. Y a partir de ahí, y una estética de inicio mínimamente interesante por orwelliana, el germen se autoinoculó y arraigó tan fuerte que me llevó hasta el final mismo de la historia esperando que en algún momento se nos redimiera de aquel espanto. Pero en vez de eso, el guión y la realización y los actores se empeñaron hasta el último instante en dejarme hundido en el sillón, con la boca inmensamente abierta de puro pasmo, incapaz de creer que era cierto que alguien hubiese podido poner en las salas de cine de todo el mundo miles y miles de copias de aquello.

La historia pretende ser absurda; y lo consigue desde el primer momento: en un futuro requeteconsumista y ultratecnológico, una docena de poblaciones malviven sin apenas comida ni recursos como castigo por haberse levantado en armas contra el Estado. De cada una de ellas, año tras año, se elige por sorteo a un chico y a una chica adolescentes para participar en un concurso televisivo en el que sólo puede quedar vivo uno de ellos para proclamarse vencedor. Y así a estos pobres cobayas –que como nuevo ejemplo de la indigencia mental del guión, se les denomina “tributos”-, se les ve correr, trepar a los árboles o acuchillarse unos a otros –esto último, afortunadamente, se ve menos-. Y el resto de la sociedad, que es el público que sigue atento el desarrollo del concurso –absurdo hasta el paroxismo en sus peinados, vestimentas y forma de expresarse-, emite grititos de excitación, alegría o enfado en función de lo que contempla.

Pero lo peor es que, junto a tales elementos –de por sí suficientemente patéticos, como puede verse-, el elaborador de la receta tampoco se preocupa de introducir la más mínima emoción ni sentido, ni de enmascarar ese absurdo con algún que otro detalle estético. Los protagonistas –la pareja de uno de los distritos- no se sabe si está buscando la hormona que desconocían tuvieran o simplemente una lentilla que se les ha caído en mitad del bosque. Los malos –que son todos y no sólo en sentido figurado- dan más pena que gloria. Y los efectos especiales son de videoclip de los ochenta. Vamos, una delicia que encima dura y dura como el conejito aquél del anuncio... Por eso cuando por fin acaba, el alivio no impide que te sigas preguntando una y mil veces quien ha hecho posible tal engendro y te propones firmemente buscar el momento en que vengarte de él -o ella- como se merece.

Respecto a “Hotel Transilvania”, debo ser más indulgente. Al fin y al cabo, se dirige a un público esencialmente infantil. Y la idea tiene algo de gracia: el pobre Conde Drácula se ha quedado viudo y cuida amoroso a su hijita hasta que ésta llega a la mayoría de edad de los vampiros -que como todo el mundo debiera conocer, se alcanza a los 118 años-. Y mientras le construye un bonito castillo al que acuden a hospedarse otros amigos monstruosos que pueden así esconderse y descansar de los despiadados humanos. Con ese argumento y la ilusión que siempre produce llevar al cine a tu hijita –ésta sí real-, allí que me planté, aún dolorido por los estragos de la película del día anterior.

Dos horas después, aún seguía buscando una risa sincera en mi interior. Mira que es difícil que unos dibujos animados sean inanimados, que parezcan no sólo artificiales, sino insulsos. Porque si algo se le presume a un dibujante, que no tiene por qué encorsetarse ante los límites de nuestra realidad tridimensional, es que puede recrear a su antojo cualquier cosa, estirarla o engordarla hasta hacer que resulte graciosa, tan ocurrente como un sapo en calzoncillos que vuelve a convertirse en el príncipe del cuento o en un ogro gruñón y bienintencionado que golpea con su inmensa tripa gomosa a los guardias del malvado de turno. Pero en “Hotel Transilvania” todo es medible, aprehensible, precedible, rutinario. Drácula se enfada cuando toca. Y cuando es tierno es tan tierno como un palo de algodón de azúcar ya chupado. Los monstruos son tan aburridos que se quedan dormidos frente a su imagen en el espejo y la trama se diluye antes de haber sido construida. Así que, ¡por favor, si queréis a vuestros hijos, sometedlos a una sesión de güija antes que llevarlos a ver ese anodinamiento absoluto! Ellos no lo entenderán al principio, pero os lo acabarán agradeciendo cuando crezcan un poquito.

En cualquier caso, la reflexión es inevitable: ¿qué hemos hecho para merecernos estas películas? ¿Dónde perdimos el norte y permitimos que nos vendieran unos productos tan deficientes? Con todos los medios y recursos de que se dispone hoy en día, ¿cómo se explica que puedan salir estos exabruptos baratos y vergonzosos? Y, sobre todo, ¿cuál es la razón de que puedan reproducirse como cucarachas las copias de estas películas y proyectarse por todo el planeta sin que nadie nos advierta de que ni siquiera llegan a la categoría de entretenimiento?

Quizá la culpa sea nuestra. O seguro. Porque al fin y al cabo lo que importa hoy en día es que en la sala puedas comerte un perrito-dos-salsas, o unas palomitas-sabor-jamón-ibérico, o que la pajita del refresco sea lo suficientemente larga para no tener que agacharte a absorberlo. Y nos hemos olvidado de que al cine le reservaron las musas el número mágico de las artes, igual que Dios creó el domingo al séptimo día para apreciar la belleza de su Creación.

Por eso, cuando la próxima vez alguien os intente atravesar la pupila y el tímpano con una película absurda y repugnante, levantaos y gritad bien alto “¡Viva Zapata!” y arrojad el perrito y las palomitas y la pajita telescópica contra la pantalla, hasta que el fundido en negro sea lo suficientemente multicolor para que Cukor y Hawks y Visconti se levanten de sus tumbas y os aplaudan a rabiar.

Madrid, 11 de noviembre de 2012

jueves, 18 de octubre de 2012

LAS GAFAS DE BEN FRANKLIN




Por completo diferente y, al tiempo, tan extrañamente familiar... Esos son los dos calificativos con que la mayoría de las veces el viajero describe de inicio su visita a los Estados Unidos. Todo distinto e inusual, descomunal y exuberantemente único, sí, pero con una sensación de déjà vu y de estar en la casa de un primo al que conocemos bien y en la que ya estuvimos en algún momento de nuestro pasado. La explicación más aceptada del fenómeno suele encontrarse en el cine: allí ya has visto en repetido los lugares que ahora pisas. Las calles, las carreteras, los puentes, los aeropuertos, los barrios, las casas, los coches, los restaurantes, los tipos humanos no nos son desconocidos desde el momento en que nuestra memoria puede acudir a decenas de escenas de películas para recuperarlas. En Nueva York o Los Ángeles, en Washington o en Dallas, en algún remoto pueblito de Nueva Inglaterra o en la inmensidad de una carretera de Arizona, siempre algún momento importante de la historia del cine, de nuestra historia del cine, nos situará allí, conectándonos con ese backstage de nuestro ayer y nos hará sentirnos de nuevo en la casa de nuestros recuerdos...

Ocurre, sin embargo, que cuando en el viaje se busca precisamente la raíz de ese recuerdo cinematográfico, muchas veces se ve la tramoya y la trampa. ¿Cómo no hacerlo si son tus pies los que caminan la distancia que el protagonista recorría en apenas unos minutos y comprueban que necesitan seis o siete veces más en completarla? Y cuando visitas tal monumento, ¿cómo no darse cuenta de que allí es imposible quedarse un segundo a solas para investigar ni descubrir nada oculto, como hacían los héroes de aquella otra película, sin ser inmediatamente avasallado por la siguiente oleada de turistas o por algún amable pero exigente guardia de seguridad que nos invita a seguir el recorrido?

La magia del cine precisa de estos recursos. La vida real los echa de menos. Por eso, cuando entras en Tiffany's, en la Quinta, aunque sepas que no la encontrarás, inconscientemente buscas a Audry y su eterno cigarillo. Y en Philadelphia, te quedas a posta rezagado del grupo de visita que te ha tocado para poder saltar el cordón de seguridad y subir a la torre del Independence Hall a buscar las gafas de Ben Franklin que te guiarán al tesoro de los templarios. Y si finalmente no lo haces, sólo es en la duda de que pueda ser un delito federal y en la certidumbre de que serás inmediatamente interceptado por un amable pero inflexible ranger.

Cuando el viajero emprende el camino de vuelta, la sensación es consecuente. Y, aun consciente de que vuelves a tu hogar y a tu auténtico mundo, te envuelve una melancolía que oculta una verdad cierta e inexorable: la de alejarte de ese lugar maravilloso que construyeron tus ojos a lo largo de tantas películas y la de regresar al que realmente habitas, con sus noches y sus días de absoluta cotidianeidad. Y es en ese momento cuando sólo de ti depende darte cuenta de que tu historia, el guión de tu vida, sigue pendiente de ser escrito y de que tú tienes la pluma y las cuartillas para llenarlas de aventuras maravillosas.

sábado, 6 de octubre de 2012

Goodbye Catalonia, Goodbye!



Yo creía que España era otra cosa. Un gran país, por supuesto. El primer Estado moderno de Europa. La primera nación llamada a identificarse como tal en la Historia. Tanto, que pudo salir a descubrir medio mundo y dotarlo de infraestructuras, de escuelas, de puertos y ciudades, de mercados y plazas, cuando otros seguían enfrascados en las fronteras feudales de antaño. Pero, sobre todo, un país nacido de un entendimiento: el de que su historia común exigía un futuro común como aspiración de un futuro mejor.

Sin embargo, quinientos años juntos, hoy, parece que no bastan para decidir qué dirección es la adecuada. Y la duda se formula rodeada, casi sitiada, por altas murallas de angustia derivadas de una situación de crisis económica que no recuerdan ni los más viejos del lugar.

"Me estás quitando demasiado y yo ahora lo necesito para mí", viene a ser, en el fondo, el planteamiento que subyace en las algaradas soberanistas del Sr. Mas y los que comparten pancarta. Luego está todo lo demás: la nación, la historia, la lengua y el huevo de Colón. Pero de primeras dadas, a lo que suena es a pura y dura renuncia a la solidaridad, a queja de hermano rico que quiere seguir siéndolo aunque el resto de la familia se haya quedado en el paro. Y claro, eso queda feo en cualquier foto, máxime cuando otros hermanos tanto o más ricos siguen dispuestos a ayudar a toda costa, aunque eso les suponga pasarlo peor.

Sería absurdo, en cualquier caso, desoír esa protesta; olvidar que el puñetazo en la mesa que se quiere dar por algunos, por más indebido que pueda parecernos, sigue siendo un puñetazo y no un repiquetear con las yemitas de los dedos. Porque despreciar los hechos e ignorar las realidades es demasiado peligroso cuando se juega algo verdaderamente importante. Y quinientos años de historia parece que no son una cuestión insignificante. Y menos si, como decimos, sin esa historia común difícilmente se entendería la de una parte muy importante de nuestro planeta.

Lo preocupante, sin embargo, es comprender que la sensación de hastío empieza a ser bidireccional. O termina de serlo. Porque cuando uno oye constantemente que si estás abusando de mí o que si tú eres un vago y yo soy el que trabaja o que no me entiendes ni respetas pero me importa una higa lo que tú seas, resulta justo y necesario y perfectamente lógico que se te hinchen las narices y quieras mandar a quien te dice tales lindeces a algún lugar cacofónico y lejano. Y zanjar ya de una vez el tema para que puedas seguir compartiendo mesa y mantel con alguien que sí quiera seguir disfrutando de tu compañía.

Y de ahí hay poco a salir tú también a la calle con una pancarta bien grande que diga "Goodbye Catalonia, Goodbye!".

Pero flaco favor nos haríamos unos y otros si aceptáramos esa solución. Como poco, nos quedaríamos sin ver jugar al Barça en la liga, lo que ya de por sí es una pena... Y el Ave Madrid-Barcelona habría que repensarlo, sin duda, al menos en cuanto a las frecuencias y a si es necesario algún tipo de parada en la frontera, para que se note que se cruza. Y qué decir de los que tenemos tantos apellidos catalanes pero nacimos y vivimos en el resto de España (bueno, en ese supuesto ya no sería "el resto", sino simplemente España)... ¿Tendríamos la doble nacionalidad por ius sanguinis o seríamos apátridas allí y aquí?

En fin, las preguntas se agolpan sin respuesta, como lo hacen cuando te encuentras en un cruce de caminos y decides –o te deciden- nada menos que romper el mapa y empezar de cero, como si todo lo ya recorrido no sirviera para nada; como si el destino ya no importase porque, de repente, tenemos varios en mente. Por eso, que en esta hora inquieta nadie nos nuble ni nos agite aún más de lo que estamos y que las pancartas se queden por una vez en casa y salgamos sin más tranquilamente a pasear. De la mano –que siempre es más tierno- o por libre y sin mirarnos a la cara… Pero que nadie venga después a quejarse, porque nada de lo que dejas atrás es indiferente a tu futuro.


sábado, 22 de septiembre de 2012

The Big Sun



I thought it was you who loved. I thought it was me who cared.

Life was going by and one day, in Winter, I saw an incredible big orange sun over the hill, beyond our home. It was really the most beautiful sun I've ever seen, the most beautiful sun whoever could see.

I stomped out and I began to run towards it. I run and run, excited, astonished, wondered at it, like a child, feeling the morning wind in my face and the grass under my feet. I run despite the fact that I knew that I will never reach it. But it didn't matter.  I was just a jumping box in a huge jumping world. And I was running.

However, time was to conclude. I had had a fully Era for me. For us. Years for love and happiness, Autumns with sad introspectiveness, crazy weeks going after a hidden place appeared in a dream, Sundays with or without faith, months amazingly different, hopes, doubts, risks, clouds...

All those moments had now already been and the great big orange sun was the prelude of its end. I did not realize yet, but something inside me knew it perfectly and was preparing the way to assume that end.

But while seeing you besides me, your lovely eyes closed, nothing could beat us. At all. We were protected. Our love was strong enough to defeat any risk, to arise before any hazard, to destroy any potential enemy. We were together. We were for long.

That was my great mistake, because nothing longs as much as your fate. And our fate had arrived with that big orange sun.

martes, 14 de agosto de 2012

El aire que te llene los pulmones

Alienta el aire que te llene los pulmones
Como el cielo que nos cubre te conceda
Pues en todos los lugares que hoy encuentres
Hallarás lo que otros ya no esperan
El recuerdo que en sus sueños solo queda.

Hoy es viernes, venidero y bienvenido.
Es Otoño, Verano y Primavera.
Como todos los pájaros que trinan
Como todos los amantes que se besan
El Invierno aún no tiene la respuesta.

Los susurros sólo sirven como imagen
Del regalo de estos muros y estas piedras
Foto alegre de quienes las hicieron
Paseándolas en aquella vez primera
En que fueron lo que ya por siempre fueran.

Tal murmullo inaudito aletargado
No quebranta el presente enamorado
En que nos mecemos impacientes
Ni reata los cabos desnudados
Que al viento del estío hemos lanzado
Jarcia arriba, corazón pudiente.

Todo ese ayer es aquí aún lejano
Y no eterno recuerdo encadenado.
Es risa imaginada o recreada
Y no resoplar de polvo viejo y olvidado
De corazón de terciopelo ajado
De poeta de luna enamorado.

Mas vendrá el día en que serás también pasado
Y luchará tu voz en las esquinas
De los muros que besaste y te besaron
De los vientos que bebiste y te lanzaron.

Y ese día serás todo sin ser nada
Mas que eco recogido y resonado
Foto alegre de este hoy que te es donado
Luz, murmullo, punto innominado.

Llena, pues, el aire que te quepa en los pulmones
Y que el viento de este viernes sea propicio.

Yale, 11 de agosto de 2012.




sábado, 4 de agosto de 2012

El día en que América no rezó hacia La Meca

La Historia, con frecuencia, tiene estas gracias. Un día, un país se dispone a ser una cosa y, ¡zas!, llega la Gran Señora y lo pasa al extremo opuesto. Vamos, que como en la famosa teoría del péndulo, los vuelcos en este tema son radicales o no son. De todos modos, este apotegma tampoco es patrimonio único de los pueblos, sino más bien extensión a estos del eterno juego del azar con nuestras vidas (¡qué bien visualizado por Wood Allen en la secuencia del anillo y la barandilla en Match Point!).

Porque, ¿acaso hay alguien entre nosotros que pueda decir que nunca ha influido la aleatoriedad en cuestiones trascendentales del devenir de su vida? ¿Alguien que no haya conocido a su pareja, por ejemplo, de pura casualidad? ¿Alguien que pueda explicar que fue siempre consecuencia perfectamente lógica de los acontecimientos precedentes cómo encontró su trabajo o por qué sus amigos son los que son?

Pero volvamos a la historia colectiva y a cómo un hecho puntual puede cambiar el futuro de pueblos enteros desde la raiz. Ejemplos aquí hay los que quieras: los 300 de las Termópilas -poco fidedigna, pero estupenda, por cierto, la película de Snyder- resistiendo contra pronóstico al mastodóntico invasor persa, Aníbal a punto de entrar en Roma que se vuelve a casa inesperadamente, César y su alea jacta est poniendo la puntilla a la República romana, la victoria de Constantino en el puente Milvio, Covadonga y Don Pelayo... ¡Y tántos otros! A veces -como puede verse-, es un continente entero el que cambia de destino. Y no sólo por hechos ocurridos en su suelo o próximos a él, ni siquiera durante el escaso periodo de tiempo que media entre un punto y otro de la caprichosa espiral del tiempo. No; hay ocasiones en que el devenir de todos los pueblos de un gran continente queda duraderamente forjado por acontecimientos puntuales ocurridos a miles de kilómetros de distancia, cientos de años antes de todo lo demás.

Dando un paso más, es perfectamente entendible que en España nos sintamos orgullosos de haber reunificado la historia del viejo y del nuevo mundo, hasta entonces corriendo en paralelo, prácticamente desconocidos el uno del otro -sí, Erik el Rojo puede que llegara a las costas del actual Canadá, pero no lo hizo para quedarse ni desde luego le importó una higa lo que después pasara con los habitantes de aquellas tierras-. Que los barcos, capitanes, pilotos y marineros que acompañaron a Colón en su primer viaje fueran también producto genuinamente made in Spain, que tras ellos llegaran miles más de compatriotas que explorarían toda América y que la Corona española dedicase ingentes recursos para la colonización, explica sin duda que hoy se hable español en la mayoría de los países del continente, entre otras muchas cosas.

Pero que con aquella bandera y aquellos hombres llegara igualmente la Cruz y no la media luna, y que por tanto hoy los americanos recen en Iglesias y no mirando a La Meca, no se debe sólo a los colonizadores que cruzaron el Océano o a la Reina Católica de Castilla que financió aquella empresa. Sí, ellos resultaron los agentes definitivos, pero casi tres siglos antes, en un pequeño enclave de Andalucía, otros hombres y otros reyes fueron quienes evitaron que la historia futura de América se conjugase en árabe.

El pasado 16 de julio, de hecho, se cumplieron 800 años de aquel momento decisivo para ambos mundos, el hispano y el americano. La batalla de las Navas de Tolosa fue realmente el punto de no retorno de la Reconquista por los cristianos, que, tras siglos de inexorable avance, habían visto como el Imperio almohade no solo les había detenido, sino que les había hecho retroceder de nuevo. En tal tesitura, las fuerzas coaligadas de Castilla, Navarra y Aragón, junto a un puñado de cruzados procedentes de otros reinos europeos, se enfrentaron y derrotaron al más numeroso ejercito del califa Al-Nasir, produciéndole tal volumen de bajas que los almohades jamas se recuperarían de ellas. De hecho, en las siguientes cuatro décadas, los cristianos acabarían reconquistando la practica totalidad de la Península, salvo el reino de Granada, que subsistiría doscientos más gracias a los tributos que satisfacía a Castilla, principalmente.

Aquella mañana de lunes, la historia se levantó de la cama y decidió que España, una España que ni siquiera entonces tenía ese nombre, sería definitivamente cristiana o no sería y que por muchos miles más que fueran los combatientes almohades, la gloria sería para los reyes de Castilla, Navarra y Aragón. Y por eso aquel día se decidió que América no rezara mirando a la Meca y que fuera exactamente lo que es hoy.