En todas las
ciudades pasa lo mismo. Empezó como legítima búsqueda de mayores ingresos y
riqueza a través del aprovechamiento de sus paisajes, sus monumentos, su
historia, sus gentes y su carácter. “Ven a Requeteguápolis, donde la historia
la escribes tú” -dijeron-; “Cojonudandia está viva: ¡descúbrela!” -afirmaron
sin remilgos-. Luego, en perfecta simbiosis, las tiendas locales llamaron a
otras a instalarse y complementarse, desde los consabidos recuerdos de viaje a
las últimas novedades de tal o cual marca de calzado o joyería. A continuación,
las cadenas de comida rápida y no tan rápida, conviviendo en aparente armonía
–“Tenemos públicos distintos”- con los restaurantes estrella-Richelín. Y
finalmente, los vuelos baratos meta-todo-en-un-bolso-de-viaje, con sus bocas
gigantes capaces de devorar miles y miles de viajeros cada día.
Y así, paso a paso, con mucho cariño y entre todos, nos cargamos los centros
históricos de nuestras ciudades. Las casas, bares, plazas, parques y farolas
que habían resistido guerras varias -de independencia, civiles, religiosas o
mundiales-, incendios y hasta terremotos y que habían visto y amado a
generaciones de parisinos, romanos o madrileños, pasaron así a formar parte de
un mismo y homogéneo parque temático, con sucursales y franquicias repartidas
por toda la vieja Europa. Daba igual Barcelona o Stuttgart, Lisboa o
Atenas: siempre las mismas masas moviéndose al unísono en calles con idénticos
carteles, logos y escaparates, atendidos por personal que ya has visto en la
ciudad anterior y que te seguirá hasta la siguiente. Y en todas, las mismas
perspectivas fotográficas, casi señaladas con cruces blancas en el suelo, para
agilizar las colas de turistas cámara de 500 megapíxeles al hombro. Y las
mismas rutas de paseo, sin flechas indicadoras por innecesarias, pues los
humanos, como las hormigas, ya sólo tenemos que preocuparnos de avanzar
siguiendo las muy visibles estelas feromónicas de nuestros congéneres.
La globalización empezó ahí, en los destinos turísticos tradicionales, antaño
auténticos generadores de recuerdos imborrables e inconfundibles y hoy
batidoras de memorias confusas –“¿Dónde comimos aquel pescado envuelto en hojas
de lechuga?”, “¿Tú te acuerdas de qué iglesia es la de esta foto?”, “¿Ah, pero
no estaba en Cefalú?”-. Pero, como la historia precisamente demuestra, los cambios
suelen morir cerca de donde comenzaron, por lo que será también allí donde la
inidentidad colapsará, el día en que algún héroe -anónimo como los únicos que
verdaderamente lo son- se niegue a cobrar la entrada al parque temático y
convierta su portal, su terraza y su calle en territorio libre de “Royal
Burguers”, “World Shopping Centers” y puntos “haga-aquí-la-foto”. Y ese día,
sin duda, Madrid volverá a ser Madrid, París ya no se quedará más en una postal
tridimensional y rugosa y Roma, la vecchia,
olerá sólo a sí misma; a lo que quieran los romanos; los de ahora y los de
siempre.